Corrupción y antipolítica

En 1981 el concejal socialista en Madrid Alonso Puerta denunció en los juzgados a dos miembros de su partido por cobro de comisiones ilegales. La respuesta fue inmediata y brutal. Le expulsaron del partido y le arrebataron el escaño. Todavía dos años después un editorial de EL PAÍS – Tartufo y el enfermo imaginario, 16/1/1983, redactado con el sello inconfundible de Javier Pradera – denunciaba que RTVE había vetado un programa televisivo para impedir que Puerta apareciera. Ahí laten ya, incólumes hasta hoy, los dos elementos fundamentales de la mancha de la corrupción en nuestro país.

Primero la extensión, que es partidista. Dado que RTVE dependía de Moncloa, el hedor de una corruptela originada en una contrata de basuras municipal atravesó todo el PSOE hasta llegar al Gobierno. Esa extensión orgánica hace que, en vez de expulsar al corrupto, el partido actúe como cualquier entramado caciquil: protegiendo al manchado, lapidando al mensajero, azuzando el “y tu más” y envileciendo por el camino todo el entramado institucional. ERE y Gürtel demuestran hoy que nada ha cambiado.

Segundo la esencia, que es antipolítica. Una antipolítica compuesta de tres podredumbres: de mentira, de disonancia y de silencio. Mentira, en primer lugar, porque los directamente involucrados se ven obligados a engañar. Y a hacerlo tanto públicamente, a la prensa y a la ciudadanía, como internamente, a sus propios militantes, a los que bajo ningún concepto pueden decir la verdad.

Disonancia, en segundo, porque el discurso que la corrupción genera a su alrededor se contradice a sí mismo conforme se profiere. Hace poco se destapó que un diputado en ejercicio cobró 354.000 euros de una empresa constructora. El Presidente del Congreso afirmó raudo que «ser diputado es incompatible con todo, menos con llevar tu propio patrimonio y dar clases sin cobrar en la Universidad”.

Cualquiera entendería esas palabras como una confirmación de que cobrar de una constructora es algo que no puede hacer un diputado. Pero no, esas palabras fueron dichas para argumentar que , que no había problema. No intenten entenderlo, no es un discurso pronunciado para tal fin. No busca clarificar, busca confundir.

Y, por último, silencio. Un silencio espectral que marca la gran diferencia entre nuestro diseño institucional y el diseño de otras democracias. Un silencio que, por definición, no podemos oír. No estamos entrenados para ello, carecemos de oído. Es una música que se nos ha negado.

¿Por qué aquí no dimite nadie? Es la gran pregunta, y esta es la gran respuesta: porque en ningún lado los políticos dimiten por lo que diga o grite la oposición. Los políticos dimiten cuando es su propio partido el que les obliga a ello. O entendemos esa verdad elemental, o todo seguirá idéntico a sí mismo, con los diputados corruptos en su sitio y con el silencio atronador de su propio partido protegiéndoles frente a toda evidencia.

De los servicios prestados por el diputado Trillo no hay ni rastro, ni un miserable informe, pero la versión que mantienen al respecto 185 diputados de su partido es… ninguna. Solo habla el portavoz. Los otros 185 “representantes”, amén. En otros lares un caso así hubiera sido inmediatamente denunciado por todos los compañeros de partido. Porque en otros lares en el interior de los partidos hay política, no silencio. Por ello, Trillo (y su compinche, cuyo nombre, como dijo alguien, no pronunciaré aquí) hubieran dimitido ipso facto.

¿Y aquí? Aquí silencio. Si, micrófono en mano, contactamos con esos 186 “representantes”, personas todas ellas adultas y en sus cabales, todos afirmarán creer que una empresa pagó 354.000 euros a un diputado a cambio de consejos dictados en una cafetería. Disonancia en estado puro. Lo que realmente piensan lo dirán off the record. Estremece entenderlo: en el Parlamento – que viene de parlar – nuestros diputados callan, y solo en privado pueden hablar. Es nuestro sistema el que les obliga a enmudecer, a ser antipolíticos.

“Quien tiene un qué encuentra casi siempre un cómo”, afirmaba Nietsche. Yo quiero creer que buena parte de la sociedad española ha encontrado, por fin, el cómo para este terrible qué en el que se ha convertido nuestro sistema representativo. Por encima de sus diferencias ideológicas, todos los nuevos partidos – UPyD, Ciudadanos, Podemos – comparten algo. Todos piden una reforma electoral profunda y todos funcionan internamente de modo democrático. Todos quieren poner el parlamento al servicio de los electores y los partidos al servicio de los militantes. Su qué es más política y menos silencio. Su cómo, las urnas.

Jorge Urdánoz Ganuza es profesor de Filosofía del Derecho de la Universidad Pública de Navarra.

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