Corrupción y moralidad

Los españoles, esos humanos que viven en el norte, centro y oeste de la Península Ibérica están desconcertados. Su país se ha llamado España desde los lejanos tiempos de Roma pero hay, sin embargo, conciudadanos que discuten el concepto. Geográficamente los límites de su patria llevan centenares de años sin modificarse, pues bien, existen también compatriotas que desean enmendarlos. La situación es tal que los españolitos no saben si son de aquí o habitantes de Marte. Por si fuera pequeña la desazón entre reconocerse hispánico o alienígena, últimamente se ha añadido otra fuente de trastorno ante la corrupción en cargos públicos denunciada por el poder judicial. Aunque esa denuncia demuestra la buena salud del sistema, algo muy tranquilizador, no deja de inquietar a todos los espíritus que quienes rigen la sociedad prefieran hacerlo en su provecho que en el de todos. Y se han alzado voces exigiendo castigos ejemplares y profundas reformas.

Algo parecido ocurrió hace casi cien años; después de una guerra sangrienta que había dividido al mundo, los vencedores presentaron a los vencidos como ejemplo de un poder sin límites lindante con la tiranía, que situaba a los vencedores con un aura de santidad gracias a una democracia atenta a la opinión de los ciudadanos. La victoria bélica se había obtenido por sus instituciones y por los principios que las sustentaban. Esa propaganda seguía imperante cuando se abatió sobre la ciudad alegre y confiada una crisis económica como no se recordaba en el mundo occidental desde Felipe IV de España, y la gente empezó a dudar de los sistemas tan ensalzados y de las doctrinas que los avalaban.

Entretanto, en los países derrotados y vejados por unas paces inmisericordes –Trianon y Versailles– se había alzado una voz que ofrecía restaurar la dignidad menospreciada y el orgullo herido y no hizo falta más: sin profundizar en la doctrina que la respaldaba multitudes sin esperanza se adhirieron al nuevo Mesías. El nacional-socialismo alemán se convirtió en panacea y no solo allí donde había nacido, también en las sociedades de países vencedores en la Gran Guerra como Italia, Bélgica o Inglaterra, que vieron surgir partidos exigiendo reformas profundas y deseosos de regímenes autoritarios que fueran capaces de domeñar la crisis económica y encauzar a sus naciones.

Igualito que ahora. La Historia se repite, aquella situación de los años treinta del siglo XX se ha actualizado a principios del XXI.

En España, nuestra querida España, también. Si los hombres fallan es porque no funciona el sistema, y como muerto el perro se acabó la rabia hay que cambiarlo todo, borrar lo anterior y construir de nuevo sin el peso de lo que había y ¡ay! sin los cimientos previos.

Se exige honradez a los políticos y se habla de un código ético al que todos deben sujetarse olvidándose que nuestra sociedad ha abandonado la moral que informaba la vida de los españoles. ¿En aras de qué ideas, de qué principios se va a redactar ese código? La moral o ética si se prefiere –ignoro por qué el griego tiene mejor aceptación que el latín– es la norma a la que se sujeta la actividad de las personas en función de una ideología, ¿existe ahora esa ideología?

El asunto es de mayor calado que un debate en televisión o que las proclamas de los vocingleros callejeros, necesita una reflexión profunda para conocer las causas de tan perniciosos efectos y no poner remedio a las consecuencias sino a los fundamentos que las produjeron. Nuestra sociedad se ha instalado cómodamente en el relativismo, que inhibe de tomar decisiones siempre complicadas y muchas veces costosas e impide buscar la verdad y sujetarse a ella. Pero esa postura acomodaticia tiene el precio de que al igualar verdades con errores, propicia que se escojan interesadamente los segundos.

A la religión se la ha condenado a la esfera privada y las sanciones morales ya no corresponden a la sociedad con el aislamiento del culpable por una repulsa general; en el nuevo orden quedan en la esfera de la conciencia particular. Y si escandaliza que se robe no hay que olvidar que se ha relegado al séptimo mandamiento como antigualla de la religión cristiana, una doctrina que no debe interferir en el paso solemne del Estado moderno.

Quizás sea un momento oportuno para recordar que la Constitución de los Estados Unidos de América (anterior en el tiempo a la Revolución Francesa y sin contaminación de rechazo al cristianismo), tiene a Dios muy presente en su texto, y que todos los actos públicos terminan habitualmente con las palabras: «con la ayuda de Dios». Y EE.UU. es la primera potencia política, cultural, económica y militar del mundo, además de un ejemplo para todos los demócratas.

Marqués de Laserna, correspondiente de la Real Academia de la Historia.

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