Così fan tutte

Wolfgang Amadeus Mozart escribió, después de arrebatársela a su íntimo enemigo, Antonio Salieri, una ópera, como mínimo misógina, titulada Così fan tutte ("Así lo hacen todas", en traducción libérrima). Se estrenó en 1790 y es una de las obras musicalmente más celebradas del genio austriaco.

El argumento es insultantemente simple: las mujeres son inconstantes y volubles en el amor y en el compromiso y sucumben fácilmente a las tentaciones. Lo ofensivo es que lo que es supuestamente criticable en ellas es, a menudo, objeto de admiración en ellos. Y en el mundo de la ópera eso es especialmente evidente. Pero, en fin, no voy a reivindicar la lucha feminista a estas alturas, sino que, al hilo del título mozartiano de este artículo, deseo hablarles de economía.

Porque muchas de las actuaciones ante la gravísima crisis económica global que ha vivido y vive nuestro pequeño y complejo planeta se han fundamentado en ese principio tan manido de que todos los demás también lo hacen. Así se justifican, por ejemplo, ingentes y poco meditados programas de estímulo fiscal, rebajas o aumentos impositivos, planes de apoyo a la demanda en ciertos sectores, o inyecciones de liquidez a los sistemas financieros y crediticios. Così fan tutte…

Bien. Porque es cierto que ante situaciones de una gravedad y de un alcance desconocidos e inciertos en sus consecuencias, la aplicación de lo que llamamos "método de prueba y error" parece inevitable. Y, a priori, nada nos dice que puede ser mejor no hacer nada. Es más; ante la inusitada crisis financiera global que hemos vivido, no hacer nada hubiera sido literalmente catastrófico, dado que el sistema financiera internacional se hubiera hundido. Después de la quiebra de Lehman Brothers, estuvimos, y ahora todo el mundo lo reconoce, al borde del abismo.

Y así, gracias al activismo desenfrenado de gobiernos y bancos centrales, el colapso se evitó. Otra cosa son los llamados efectos colaterales de sus medidas, en términos de deuda, excesos de liquidez, tipos de interés e inflaciones futuras, desequilibrios comerciales y de tipos de cambio y un largo etcétera, a nivel macroeconómico, y de equidad y no discriminación de las condiciones competitivas, a nivel microeconómico. Y que la acumulación de déficit públicos, deuda, desequilibrios de todo tipo, o de situaciones anómalas en economías de mercado tales como la nacionalización o pseudonacionalización de entidades financieras, requieren de claras y transparentes estrategias de salida, bien asumidas y comprendidas por los agentes económicos y por los mercados. Este es un tema crucial y que ya tratamos en su día en estas mismas páginas.

Pero ahora quisiera volver al hilo argumental de este artículo. Porque no sólo ha habido mimetismo en las políticas macroeconómicas aplicadas en los diferentes países. Sino que lo ha habido, aunque menos, en las políticas destinadas a apoyar la liquidez y la solvencia de nuestros sistemas bancarios.

Sé muy bien que no es lo mismo los diferentes y sucesivos planes Paulson (¿quién se acuerda de ellos a estas alturas, aunque nos pareció dramático y gravísimo su rechazo, en su momento, por el legislativo norteamericano?), que el plan Geithner, o lo que han implementado los gobiernos de Europa occidental en defensa de sus bancos y entidades financieras. Pero todos tienen un elemento en común: garantizar la liquidez y la solvencia de unas entidades con serios problemas de caja y de balance, para, así, asegurar el retorno del flujo de crédito al sector privado de sus economías, a corto, medio y largo plazo. Y, para ello, posibilitar, a través de diferentes mecanismos más o menos ingeniosos y originales, la reevaluación del valor real de los activos contabilizados en los balances de las entidades de crédito, después del cuestionamiento general de los mismos. Y así, evaluar el grado de solvencia de esas entidades financieras, y saber sus necesidades reales de recapitalización. De nuevo, così fan tutte… ¿Y en España? Desde luego, hemos imitado algunas de las medidas aplicadas en otros países. Yno siempre bien. Confundir planes de estímulo fiscal con disparates como el Plan E es un buen ejemplo de lo que no hay que hacer, salvo que sólo preocupe el impacto electoral y político a corto plazo. O subir impuestos indiscriminados sin recortar con credibilidad y rigor el gasto. O pensar que derechos sociales y "no dejar a nadie en la cuneta", en palabras de José Blanco, es centrar las medidas en lo paliativo y olvidar que lo más social es aplicar medidas que eviten la destrucción de empleo y no resignarse a la misma.

Pero quisiera ir un poco más allá. Y hablar de lo que se ha hecho en el ámbito de nuestro sistema financiero y crediticio.

Y debo hacerlo con la máxima prudencia, porque el tema es especialmente delicado. Pero entra en la óptica de la responsabilidad no mirar hacia otro lado cuando uno tiene la impresión - y la certeza-de que hay todavía mucho por hacer en el terreno del saneamiento real de los balances de nuestras entidades de crédito. Con grandes diferencias entre ellas, sin duda. Se ha convertido en un tópico afirmar que la política de supervisión y de provisiones genéricas del Banco de España nos ha puesto a cubierto de muchos disgustos. Es cierto. Pero, ¿estamos seguros de que ha sido suficiente? ¿Estamos seguros de que, con instrumentos como el FROB, nos basta?

Hemos hecho algo más que los demás en el pasado. Y bien está. Algo más que lo que fan tutte.Pero, honestamente, ¿va a ser suficiente? Algunos intuimos que no.

Josep Piqué, economista y ex ministro.