Cosmopolitismo insuficiente, nacionalismo obsoleto

Por Joan Subirats, catedrático de Ciencia Política y director del Instituto de Gobierno y Políticas Públicas de la UAB (EL PAIS, 26/06/05):

El cosmopolitismo como discurso político y social ha ido circulando por el mundo como una especie de “tercera vía” entre la rampante globalización y un nacionalismo visto como algo del pasado. Desde posiciones cosmopolitas se han denigrado los elementos étnicos, tradicionales o religiosos como algo obsoleto o reaccionario. La mención de dinámicas de autodeterminación nacional se perciben como peligrosas para la autonomía individual en un mundo que se quiere accesible de manera indiferenciada, y perturban por lo que implican de reclamación de autogobierno en un escenario cada vez más interdependiente. Por otro lado, y como decía Ulrich Beck en estas mismas páginas, algunos de los espíritus más cultivados y mejor formados se aferran a la fe en los estados-nación, y sostienen que sin ellos la posibilidad de que exista democracia es escasa. Europa se nos presentaría así como una construcción de unidad en las diferencias, no exenta de peligros tanto desde el punto de vista nacional como desde el punto de vista democrático. El debate sobre la incorporación del concepto de nación en el nuevo redactado del Estatuto de Autonomía de Cataluña debe, desde mi perspectiva, situarse en ese contexto.

Los teóricos de la democracia cosmopolita tienen razón cuando señalan la creciente multiplicidad de conexiones que existen entre las personas, y que embrionariamente permitirían hablar de sociedad civil transnacional, generando identidades múltiples y compartidas en un mismo individuo o colectividad. Pero también es cierto que necesitamos complementar la tradición liberal e individual de derechos con otros aspectos que nos expliquen los lazos que siguen uniendo y vinculando ciertos individuos con otros, a partir de elementos (no siempre coincidentes) como la lengua, la tradición compartida, un territorio común, la religión, o la voluntad repetidamente manifestada de pertenencia. No tiene por qué ser una situación estática, ni resistente a la modernización o a la contaminación cosmopolita como a veces se argumenta. Esas ideas, valores y sentimientos compartidos, varían y se modifican, generando mixturas y ensamblajes muy variados, pero no por ello forzosamente disolventes. En muchos casos, como argumentó Manuel Castells, sólo desde esa identidad percibida y sentida toma significado el cambio global. La idea abstracta de sociedad no puede separarse de la realidad concreta de un territorio-nación en el que conviven personas y grupos, y en el que se desarrollan entramados de relaciones e intereses. Un sentido cívico de nación puede combinar categorías abstractas de identidad con concretas redes sociales, potenciado así la participación individual y colectiva en un mundo muchos más abierto, destribalizando la comunidad.

Si volvemos al debate actual en España, la frase “una sociedad, una nación, un estado”, tan vinculada a la idea tradicional de estado-nación, no es ni posible ni deseable. La forma convencional de estado-nación entendida como un contenedor que incorpora un sistema social completamente autosuficiente ha perdido su razón de ser en el mundo contemporáneo. Creo que Cataluña (y otras “naciones internas” en Europa) son más realidades que deben ser “entendidas” como naciones, que naciones-sin-estado que buscan su consecución. En España, sea por problemas de diseño normativo originales, sea por visiones rígidas, estrechas y restrictivas del sentido de “patria común”, sabemos de las limitaciones del modelo autonómico para abordar y enmarcar la pluralidad nacional española y la voluntad de mayor autogobierno de algunas comunidades expresada reiteradamente en las urnas. La denominación “nación” es una nueva forma de expresar ese proceso de búsqueda de mejores acomodaciones. La formación de identidades es hoy un proceso siempre abierto, que se manifiesta de diversas maneras, según los roles de cada quien y las diversas circunstancias en que se expresa. En este sentido, es más un problema de proyecto que de pasado claramente definido, basado en elementos distintivos que ayudan a imaginar esa comunidad, a hacerla viable, a ampliar su capacidad inclusiva. Es cierto que todo proceso de identidad parte de definir con mayor o menor precisión quiénes somos nosotros y quiénes son ellos. Pero lo cierto es que tenemos muchos “nosotros” y los “ellos” son cada vez más. Ese sentido de pertenencia básico y natural, que tiende a que nos reconozcamos miembros de un grupo o colectividad, y que se complementa con otros individuos que no forman parte de esa identidad asumida, es hoy mucho más compleja de ser ejercida sin contradicciones, sin la existencia de espacios transfronterizos. Mis nosotros no acaban en una pertenencia única. Salvo en situaciones dramáticas, todos nos encontramos inmersos en un cruce de pertenencias múltiples. Octavio Paz nos dio su versión de la “otredad”. Para el poeta la aceptación de que vida y muerte son inseparables, y se explican la una con la otra, es precisamente la mejor manera de expresar esa unidad de contrarios, sin la cual ninguno de los dos extremos tiene pleno sentido. En determinados momentos de nuestra historia, que acostumbran a ser los más frecuentes, las relaciones entre España y sus “naciones internas” se han visto marcadas por la no aceptación de esa otredad.

Hoy sabemos, con Isaiah Berlin, que no hay una sola manera de ser racional y ser moral, ni en España ni en ninguna otra parte del mundo. Y esa pluralidad debería ser respetada siempre, con más negociación y con más reconocimiento. La realidad plurinacional española no debe ser percibida como un problema molesto en nuestra democracia, sino como un valor a proteger y acomodar para hacer más fuerte e inclusiva esa misma democracia. Hay un nacionalismo populista, tanto aquí como en otras muchas partes, que pretende que la nación es algo apolítico, fuera de los debates económicos y sociales que atraviesan hoy de forma muy significativa nuestras sociedades. Necesitamos una teoría crítica de la nación (como de los estados y de la europeización) que discuta no sólo esencias, sino también las situaciones de injusticia y de desigualdad que se extienden por Europa y por el mundo. Una España y una Europa que reconozcan las diferencias no ponen en peligro su existencia, sino que renuevan, transforman y abren su proyecto en una perspectiva cosmopolita y emancipadora.