Cossío, los toros y Miguel Hernández

«La verdad, cuya madre es la historia», escribe Cervantes en Don Quijote, y la verdad de la historia constituye sin duda la mejor respuesta ante el veto que han pretendido imponer dos de los tres grupos políticos que ejercen el gobierno municipal en Alicante, Ganar y Compromiso, al cartel de la Feria de Hogueras 2017, cuyo centro comparten Miguel Hernández, algunos de sus versos y un toro.

Por eso, por la verdad, conviene recordar a ciertos sectarios desmemoriados que así en la época esperanzada de su llegada y asentamiento en Madrid, cuando fueron contadas las puertas que se le abrieron, como en los momentos agónicos, con el poeta oriolano a punto de fusilamiento, y en la agonía de las cárceles, siempre estuvo a su lado, incondicionalmente, don José María de Cossío, santo y seña de esa pasión taurina que los unió y que maravillosamente late en los versos del autor de poemas tan cargados de evidencias como «Llamo al toro de España».

Es sabido, hasta el punto de que ni siquiera los censores de turno podrían negarlo, que Miguel Hernández, «el pastor poeta» que desesperadamente pidió una oportunidad laboral desde las páginas vanguardistas de «La Gaceta Literaria», consiguió hacerse sitio en Madrid gracias a Cossío, quien le contrató para su histórico «Tratado», pero quizás sea menos conocido que también fue don José María quién evitó su fusilamiento en una noche de infarto por él y sólo por él afrontada en capitanía general. Cossío y Vicente Aleixandre se la jugaron por Miguel Hernández, y lo hicieron, además, desde el primer momento hasta el último, cuando interceder por un rojo, y nada menos que por un rojo tan señalado, voluntario del Quinto Regimiento y comisario político en la brigada de El Campesino, poeta y dramaturgo de las trincheras, conllevaba peligros que únicamente ellos (en especial Cossio) se atrevieron a encarar, lo cual está sobradamente documentado, porque se conocen los casos de escritores que, habiendo prodigado favores de riesgo en el Madrid «popular», luego se encontraron abandonados, nadie los conocía, antes los tribunales de la Victoria. Toreando al rencor por derecho, se impone reconocer que Cossío pisó de lleno el territorio de las cornadas.

Y fue el primero en pisarlo porque así lo quiso el propio poeta, que acudió a él sabiendo que no le fallaría a pesar de haberle ocultado algunos aspectos muy comprometedores de su actuación durante la guerra incivil, los cuales, evidentemente, se apresurarían a echarle en cara, recriminándoselo posiblemente con amenazas, los jerarcas del Nuevo Régimen ante los cuales se atrevió a interceder. Miguel Hernández se lo reconoce en una breve nota, sin fecha, pero obviamente al comienzo de la posguerra, cuya literalidad no admite réplica: «Querido Cossío: Hoy, que puedo, le escribo para advertirle de mi situación de miliciano. Perdóneme por no haber pasado a decírselo, pero me lo impidieron muchas causas…». Con motivos para dar un paso atrás, Cossío, sin embargo, siguió de frente y por derecho, sin reparar en percances que en aquellos momentos únicamente podían resultar de mucha consideración.

Miguel Hernández lo llamaba una y otra vez: «Querido tío José María», escribe el 7 de junio desde la cárcel de Torrijos, convirtiéndolo en tío por exigencias del guion (los reclusos únicamente podían cartearse con familiares) «tengo ganas de que vengas a verme de nuevo, si te encuentras con ánimo, con más ánimo de ayudarme», prevención que respondía a una discusión sostenida días antes en el locutorio de dicha prisión, cuando Cossío, abrumado por la gravedad de las circunstancias, se aventuró a sugerirle un gesto de arrepentimiento o, incluso, la afiliación a Falange, imposible en el que volvería a insistir más adelante, al visitarlo en compañía de Carlos Alfaro y Rafael Sánchez Mazas. Ahora bien, por encima de tales desencuentros coyunturales, Miguel Hernández sabía y sentía a su lado a Cossío, «el de los toros». El reconocimiento es palmario: «Al fin y al cabo, nos entendemos perfectamente y nos sabemos heridos por todos los motivos de nuestra vida».

En el cartel de la Feria de Hogueras, en el que nada sobra, quizás falten la imagen de don José María y, entre los versos, alguna frase de estas cartas, con la expresión, por ejemplo, del «sentimiento verdadero de cariño que conocemos del uno para el otro», hermanados en la poesía y en los toros al margen y por encima de izquierdas, derechas, guerras y cárceles. ¿Conocerán esos políticos municipales al menos un verso de «Citación fatal», la elegía de Miguel Hernández a la muerte de Ignacio Sánchez Mejías?, que no es el «Llanto» de Federico García Lorca ni el «Visto y no visto» de Rafael Alberti, pero que ahí está, estudiada por José María Balcells y primorosamente editada por la Unión de Bibliófilos Taurinos ¿Les sonaran las octavas que principian «A la gloria, a la gloria toreadores» de su primer libro? ¿Tendrán noticia de la «Elegía media del toro»? ¿Se les alcanzará algo de «El torero más valiente»? ¿Se barruntarán su romance de ciego «A la muerte de Joselito»? De enterarse lo mismo, quién sabe, se les pasa por la cabeza prohibir esas composiciones.

¿Censuras a estas alturas? Además, si los familiares del poeta han aceptado el homenaje taurino que les ofreció Nacho Lloret, otorgando con alegría el permiso que en exclusiva ostentan porque en derecho los corresponde, quiénes son los munícipes de Ganar Alicante y Compromiso para oponerse. Pues no acudirán a los toros, tal vez pudieran emplear el tiempo de las corridas en leer lo que ignoran. Enseguida llegarían a la conclusión de que ni ellos están a su altura ni Miguel Hernández hizo nada para merecércelos.

Gonzalo Santonja, escritor.

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