Costes exteriores de la independencia

Los firmantes queremos aportar nuestra experiencia, como catalanes que hemos tenido la responsabilidad de ser embajadores de España, al debate sobre una hipotética secesión de Catalunya. Tras más de 40 años de servicio, en los que hemos defendido los intereses de Catalunya como parte de los de España, creemos contar con una perspectiva internacional que nos permite calibrar lo que supondría una ruptura de Catalunya con España.

No pretendemos entrar en los fundamentos de todo tipo (históricos, políticos, jurídicos, económicos, culturales) de la postura soberanista. Nuestro objetivo es más modesto: intentar arrojar alguna luz –desde una perspectiva profesional– sobre las consecuencias de una eventual secesión en la imagen e intereses de Catalunya en su dimensión exterior.

No podemos obviar la siguiente pregunta: los objetivos de la secesión, el reconocimiento de la identidad, el blindaje de competencias incluida la financiera, la defensa de nuestras especificidades culturales y lingüísticas, ¿quedarían mejor protegidos en un marco unitario, por supuesto con las mejoras que democráticamente deberían pactarse, o en uno de separación con los innegables costes, muy en especial de carácter exterior, que entrañaría?

Nos parece evidente que la pertenencia de Catalunya a España ha beneficiado, desde una óptica internacional, a Catalunya y, a través de ella, con su dinamismo, al conjunto de España.

1. La evolución de España en las últimas décadas ha representado para Catalunya un marco de estabilidad para el desarrollo de la convivencia y la prosperidad.

2. Desde finales de los años 70 España es una democracia constitucional, evidentemente perfectible, pero es indudable que el proceso democrático español ha servido de modelo a otros países en proceso de transición en varios continentes. España es, además, uno de los países más descentralizados del mundo, y sus comunidades autónomas, Catalunya en particular, disfrutan de unas competencias no superadas por otras autonomías europeas. Esta realidad es conocida y admirada en el exterior.

3. España es una potencia regional con intereses globales. Es un actor relevante en el contexto europeo (quinta economía), en Iberoamérica y el Mediterráneo. Disfruta de lazos especiales en Oriente Medio, Israel –piénsese solamente en los sefardíes– y Estados Unidos. Cuenta con un peso institucional significativo en el Consejo y el Parlamento europeos. España, por otra parte, goza de una presencia permanente en el G-20, ámbito fundamental de influencia en los últimos años, y acaba de conseguir un puesto de miembro no permanente en el Consejo de Seguridad de la Organización de las Naciones Unidas. España, además, dispone de una importante dimensión atlántica por su labor en la OTAN y por sus relaciones con Estados Unidos y Canadá. España, en suma, tiene un peso específico propio que interesa y beneficia a Catalunya y al que una Catalunya independiente no podría aspirar.

4. Conviene subrayar, por su enorme trascendencia, cuanto se refiere a la Unión Europea. En el marco de una secesión Catalunya saldría automáticamente de la Unión Europea sin una perspectiva temporal garantizada de entrada y, por tanto, de recuperación del acervo comunitario.

En lo económico, las consecuencias supondrían la pérdida parcial del mercado español, separado por fronteras y aranceles; una disminución importante de las exportaciones catalanas al mercado de la Unión Europea, integrado por 28 estados miembros con 500 millones de habitantes, al tener que superar, por su carácter de país tercero, los obstáculos arancelarios y extraarancelarios de la Unión; la previsible deslocalización de empresas, catalanas y extranjeras; la pérdida del “paraguas” del Banco Central Europeo para las instituciones financieras catalanas; dificultades de financiación ante la prima de riesgo de la deuda catalana, previsiblemente alta ante la percepción de fragilidad que tendrían los mercados exteriores, por la necesidad de pagar en moneda propia y nueva una deuda en euros; disminución paralela de la inversión extranjera por la misma desconfianza; la pérdida de la libre circulación por la Unión Europea de personas, mercancías, servicios y capitales; el abandono por Catalunya de la Unión Económica y Monetaria y del euro como moneda común, así como de la Unión Bancaria y de la Unión Fiscal en marcha. Perdería Catalunya, finalmente, los beneficios que obtiene a través del presupuesto comunitario por varios conceptos, tales como la Política Agraria comunitaria, el Programa marco de Investigación y Desarrollo Tecnológico, la Política de cohesión, el Programa de garantía juvenil, etcétera.

En lo político, la salida de la Unión Europea supondría la marginación de Catalunya del proceso hacia la unión política y hacia la integración de la política exterior y de seguridad común, indispensable si Europa ha de ser una gran potencia capaz de influir en los destinos del mundo. Fuera de Europa el peso de Catalunya en el mundo sería insignificante. Los catalanes perderían la ciudadanía europea, así como los avances logrados por los acuerdos en materia de Interior y Justicia; y de coordinación y complementación en los ámbitos de la protección y mejora de la salud, la industria, el trabajo, la cultura, la educación, la formación profesional, juventud y deporte, la protección civil y la cooperación administrativa.

5. El tema del reconocimiento de una eventual Catalunya independiente es extremadamente delicado y debe considerarse muy detenidamente a la luz del derecho internacional, especialmente en el caso de una secesión declarada unilateralmente y sin respeto a la legalidad vigente. Catalunya podría verse obligada a atravesar un periodo plagado de incertidumbres.

Un activo que perdería una Catalunya independiente lo constituye la red de 130 embajadas, casi un centenar de consulados y más de 100 oficinas y agregadurías económicas y comerciales, que no sería realista pensar que Catalunya pudiera llegar a desplegar, sin un gran esfuerzo económico, por lo menos a corto plazo.

La gran mayoría de los catalanes se han sentido a gusto en el marco de la Constitución de 1978 hasta hace pocos años. Constatamos que hoy no es así. Este hecho debe movernos a todos a una profunda reflexión. Nos parece necesario recuperar el consenso constitucional, utilizando, en su caso, los mecanismos previstos en la propia Constitución para las adaptaciones que se consideren oportunas, de modo que pueda seguir proporcionando a Catalunya y al resto de España largos años de paz y de prosperidad.

Raimundo Bassols, Fernando Perpiñá, Eugenio Bregolat y Eudaldo Mirapeix.

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