Cotilleo, famoseo y chismes varios

Pensaba que vivíamos una era de obsesión generalizada por el cotilleo, en la que las revistas del corazón sobreviven bastante bien a la debacle de la prensa de papel y las cadenas de televisión han creado parrillas completas dedicadas de una manera u otra al comentario de la vida ajena. Sin embargo, dicen los historiadores que esta fascinación por el cotilleo es tan antigua como nosotros mismos y que incluso nuestros parientes los primates, a su modo, practican la observación de las costumbres de los demás.

Por lo visto, no está tan lejos nuestro interés contemporáneo por el chisme del que los antiguos griegos sentían por las leyendas de los dioses del Olimpo. Las divinidades, como Bustamante y Echevarría, como Carolina de Mónaco y su hija Carlota, también se casaban, se separaban, eran infieles y tenían hijos fuera del matrimonio. Hoy en día, en ausencia de lo sagrado, que ya perdió todo su halo, rellenamos los casilleros que los dioses y la autoridad dejaron vacíos con los personajes célebres de la televisión. De allí pasan a las revistas del corazón y a las webs, incluidas las de los periódicos serios, que antes no se hubieran dignado incluir la crónica social y ahora la destacan en portada. Y es que nos sigue interesando, a falta de La Ilíada y La Odisea, el relato del ascenso y la caída de los dioses, aunque los dioses sean naturales de San Vicente de la Barquera y tengan nombres tan corrientes como David y Paula.

Pero ¿por qué? Según los estudios, cotillear es innato al ser humano porque es una valiosa herramienta para la supervivencia social. Digámoslo claro: no solo las peluqueras y los tertulianos de Antena 3 y Tele 5, también los intelectuales cotillean. Y los médicos en los hospitales. Y los aparejadores en las obras. Y los economistas en las consultoras. Y los pescaderos en los mercados. Nos gusta comparar nuestra vida con la de otros, lo necesitamos, de ahí que el interés por lo que les acontece sea central en el afán del escritor o del cineasta y que grandes obras maestras se nutran de la minuciosa anotación de ese vaivén vital ajeno. En busca del tiempo perdido navega en las mismas tramas y personajes que una gacetilla social, la diferencia es que Proust, poniendo bajo su inteligente lupa hábitos, conflictos y conductas, convierte la minucia de la vida ajena en relevante para nosotros: nos reconocemos y extraemos lecciones para nuestra propia vida.

Según sociólogos y psicólogos, cotillear es observar cómo hacen las cosas esos a los que les va mejor que a nosotros. Analizando sus conductas, podremos manejarnos con más habilidad y medrar en nuestro entorno social. También es un medio para escapar a la rutina y la insatisfacción de nuestras propias vidas. Nos evadimos leyendo en Twitter los dimes y diretes sobre fulano o mengana. Nos ahorra pensar en nuestras propias miserias, obteniendo además el premio de consolación de saber que a unos que se las prometían muy felices les va tan rematadamente mal como a nosotros. Los psicólogos, mediante rigurosos experimentos que deben ser muy divertidos de realizar, constatan que segregamos una notable cantidad de placer cuando oímos tragedias que afectan a algún (hasta entonces) afortunado y que nos complace ver a los grandes en zapatillas y bata para poder decir «son como cualquiera». Subimos y bajamos del pedestal a los que admiramos, y no es malsano porque constituye una especie de pegamento que nos permite establecer alianzas con extraños de manera expeditiva. Todos sabemos cuánto une poner verde a un tercero.

En ese sentido, es mejor, o al menos más saludable, el tabloide a la revista de moda. En las revistas femeninas se proponen estilos de vida a los que deberíamos aspirar y, con un poco de esfuerzo (y dinero), obtener. Normalmente, en el proceso de lectura de una revista para mujeres pasas de la ilusión esperanzada y el entusiasmo ante sus fórmulas para ser mejor, vivir mejor y encajar mejor, a la depresión profunda cuando cierras la última página y tu autoimagen está por los suelos. Durante cien páginas te comparaste con sus modelos y no eres ni tan joven, ni tan estilosa, ni tan bella. La poca seguridad que tuvieras, la perdiste de un plumazo. Por el contrario, tras mirar una revista de cotilleo lo que sientes es euforia. Tu vida no es tan mala como pensabas: las mansiones de los ricos son recargadas y agobiantes; sus vidas, jalonadas de desgracias, traiciones y altibajos, y cuando tienen un bebé, ponen la misma cara de bobos que nosotros cuando fuimos padres.

De todos modos, aunque quizá sea menos dañino de lo que yo suponía entregarnos al chismorreo y la murmuración, como cualquier otra actividad resulta preocupante si se convierte en obsesión excluyente. No sé si un país entregado a los tabloides y la crónica social es un país que piensa en el futuro que quiere construir o simplemente se evade.

Ángeles González-Sinde, escritora y guionista.

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