Covid-19: sobrevaloración del riesgo

Todo el mundo se sirve de heurísticas, formas de razonamiento práctico y rápido, a veces muy útil con mínimo esfuerzo cognitivo. En situaciones de evaluación complicada el atajo heurístico casi siempre conduce al error.

Los errores que cometemos al evaluar heurísticamente las probabilidades provienen, al parecer, de lo que los sicólogos llaman «probabilidades subjetivas» para describir intuiciones erróneas, justificadas evolutivamente ya que estimulaban la prudencia o desconfianza del Homo sapiens en un entorno hostil. Resulta más prudente suponer que una serie negra oculta una relación entre los eventos -peligrosa si la subestimamos- que intuirla fruto del azar. Ha sido crucial para nuestra supervivencia como especie la capacidad de anticipar situaciones potencialmente graves asociándolas a signos precursores de peligros. Probabilidades subjetivas erróneas, en este contexto, y sobrevaloración del riesgo son, simplemente, poso evolutivo.

Covid-19 sobrevaloración del riesgoEn lo que concierne a la salud pública, la sobrevaloración del riesgo hoy día no debe interpretarse como prudencia sujeta al principio de precaución sino grave incomprensión de la situación objetiva, exacerbando la tendencia de algunos profesionales a practicar la «medicina defensiva» en previsión de ser acusados de negligentes. Gerd Gigerenzer, en «Risk Savvy» (2014), cita un estudio (García-Retamero y Galesic, 2012) apuntando al desfase, con parecido diagnóstico, entre el tratamiento que dispensan los médicos a los pacientes en España y el que se aplican a sí mismos o a sus familias, menos agresivo e igualmente eficaz. Caso de manual de medicina defensiva en evitación de litigios. A todo ello hay que añadir el conflicto de intereses entre una medicina virtuosa y la maximización del beneficio que lleva a sobreactuar en el sistema sanitario. Así se prescriben excesivamente medicamentos, exámenes, intervenciones quirúrgicas, etc., despilfarrando recursos y perjudicando al paciente. Que nadie dude, por tanto, de la obligatoria prescripción de antivirales y vacunas contra la Covid-19 llegado el momento. Quien se niegue a vacunarse no podrá salir a la calle.

Gigerenzer da el siguiente ejemplo de sobrevaloración del riesgo, efecto colateral del 11-S. Al analizar estadísticamente el aumento del tráfico rodado, EE.UU. (2001), se constataron 1.600 muertos en accidentes que no se habrían producido si los viajes hubieran sido en avión. Los atentados hicieron creer a muchos estadounidenses que el automóvil era más seguro que volar. Evaluaron mal el riesgo. Por otra parte, según Gigerenzer, los médicos están mal preparados para comprender lo que es el riesgo/incertidumbre y menos aún para evaluarlo probabilísticamente. En tanto ilustración de «anumerismo» (concepto popularizado por el matemático John Allen Paulos en «Innumeracy» (1988), Gigerenzer considera que el 80% de médicos son incapaces de entender verdaderamente el significado de un test de detección en su propia especialidad. Generalmente confunden riesgo absoluto y relativo, falso positivo y falso negativo, prevalencia e incidencia, etc. Ante un test de diagnóstico frecuentemente sobrestiman la probabilidad de que el paciente esté enfermo y la intensidad de la enfermedad. Un millón de escáneres innecesarios se prescriben anualmente a niños en EE.UU., induciendo número importante de cánceres al ser los tejidos de las criaturas muy vulnerables.

Por lo que respecta a la Covid-19, considerar imprudencia relajar algunas medidas de distanciamiento social es muy sintomático de los escasos recursos mentales que tenemos los humanos para evaluar probabilísticamente el riesgo/incertidumbre. Las lastimeras peticiones de los pediatras para que los niños entre 0 y 6 años no vuelvan a guarderías y escuelas este curso, en aras de proteger su salud, es como ir a la playa con paraguas en previsión de que llueva. El confinamiento ha sido nefasto para la salud de la población (niños incluidos) habida cuenta del demoledor impacto físico, síquico y económico. Otras consideraciones aparte, el 1% de aumento del desempleo dispara el 2% de enfermedades crónicas en el medio plazo. Más importante, si cabe, si el pico de fallecimientos diarios se dio el 1 de abril (950 muertos), el pico de infecciones diarias (reales, no reportadas) tuvo que producirse entre el 5 y el 10 de marzo (quizás el 8-M en Madrid) al restar la media de días que tarda en fallecer una persona infectada. No se necesita ningún modelo matemático para calcularlo backward-induction, con la simple aritmética llega. Dicha media se sitúa entre 23 y 26 días (cuatro o cinco para la incubación y entre diecinueve y veintidós días desde que se manifiestan los síntomas). Sucede que, arrancando el confinamiento el 15 de marzo es evidente que el punto de inflexión que marca el fin del crecimiento exponencial de la infección diaria (casos reales) se produjo con anterioridad gracias a que la población empezó a tomar sencillas medidas de higiene personal (lavarse las manos, por ejemplo) y distanciamiento a principios de marzo. Al hilo de lo dicho, en una sencilla función de Verhulst (o Gompertz) se observa perfectamente el punto de inflexión que marca el fin del crecimiento exponencial de infecciones. Toda vez que con crecimiento exponencial el número de infectados doblaba cada cinco o seis días, la mitad de infectados reales, antes del 15-M, tuvo que producirse dentro de la semana anterior al confinamiento.

Con los anteriores datos en mano, el «arresto domiciliario» draconiano fue y es inútil epidémicamente y letal económicamente. Razón por la que gobiernos más competentes que el español, y menos necesitados de mostrar implacable autoritarismo, no aplicaron drásticas medidas de distanciamiento social: por innecesarias epidémicamente y devastadoras económicamente. Quiere decirse, si en España el Gobierno hubiera desarrollado cierta pedagogía inculcando concienciación de la situación y asunción de responsabilidades individuales se habría minimizado el cataclismo económico en curso. Por si fuera poco, el confinamiento no impide que eventualmente se produzcan rebrotes de menor alcance.

El alarmismo propagado conscientemente es fruto de la incompetencia y sobrevaloración del riesgo por un gobierno que ha aterrorizado a España entera -oposición incluida- sin haber protegido a quienes más necesitaron amparo. También es cierto que han contado con la complicidad necesaria de un sistema de salud que practica sin sonrojo la medicina defensiva y estimaciones de modelos matemáticos tremendamente coactivos -verbigracia, la chapuza del Imperial College- pero que fallan más que escopetas de feria.

Juan José R. Calaza es economista y matemático.

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