Coyuntura crítica en Arabia Saudí

Por Said K. Aburish, escritor y biógrafo de Saddam Hussein. Autor de Nasser, el último árabe. Traducción: José María Puig de la Bellacasa (LA VANGUARDIA, 22/04/06):

La crisis que amenaza la estabilidad de Arabia Saudí ha adoptado tintes más sombríos que hace un año. Las expectativas en el sentido de que doblando los precios del petróleo y teniendo un nuevo rey el país afrontaría mejor sus problemas políticos, económicos y sociales no se han concretado.

El principal país productor de petróleo del mundo y hogar de los lugares más sagrados del islam se está tornando inmanejable. El factor aglutinante del país – la familia real- se halla más dividido internamente que nunca, de modo que a los años de parálisis vividos bajo la figura del rey Fahd ha sucedido la incapacidad del rey Abdulah a la hora de actuar. El rey Abdulah lidera la tendencia progresista de la familia: además de mostrarse partidario de que la ciudadanía participe más en los asuntos del reino, promueve soluciones pacíficas en Palestina e Iraq, así como un pacto a largo plazo con los países consumidores de petróleo. La oposición conservadora a Abdulah cree en el poder absoluto de la familia saudí y se muestra renuente a ceder la más mínima porción de él a elementos extraños. Suscribe una postura militante árabe-musulmana en Palestina e Iraq y su política petrolera es aún más agresiva.

Las disensiones constantes entre las ramas de la familia saudí han restado vigor a la tarea de gobierno. Una facción puede bloquear los planes de la otra, pero sin que una de ellas pueda proceder por sí sola. Poco se ha hecho para afrontar los problemas del paro (20% de la población total, sin incluir la femenina), el empeoramiento de los niveles de asistencia sanitaria y el sistema educativo insuficiente. No se controla el delito, que en su faceta violenta aumenta un 15% anual. Naturalmente, a la familia reinante nunca se le ha pasado por la cabeza moderar su estilo de vida y sus excesos.

El equilibrio de poder entre ambas facciones sigue derroteros de problemático cambio de rumbo. Abdulah cuenta con el apoyo de la mayoría de sus hermanos y primos, pero sus oponentes representan una fuerza más compacta en torno al núcleo principal, compuesto por los cinco hermanos del difunto rey Fahd. Controlan las carteras de Defensa, Interior, el aparato de seguridad y a la mayoría de gobernadores de las provincias, así como a un buen número de generales y de embajadores.

Estados Unidos, además, ha apoyado a los conservadores y a sus líderes: el príncipe heredero y ministro de Defensa, príncipe Sultan; el ministro del Interior, príncipe Nayef, y el responsable de la seguridad nacional e hijo de Sultan, príncipe Bandar. Tal opción favorable a los conservadores obedece a una razón de fácil explicación: Estados Unidos ha dejado de apoyar un programa de talante democratizador, pues teme que alentaría a los grupos antiamericanos (estilo Hamas), y la Administración Bush considera que los conservadores pueden aportar con mayor probabilidad a Arabia Saudí el factor que necesita: estabilidad.

Para comprobar los prostrantes efectos de los antagonismos familiares sobre el país basta examinar sus consecuencias sobre el proceso sucesorio. A partir del inicio de la reunificación en 1903 el país pudo contar con un rey y su príncipe heredero, circunstancia que sin embargo no se ha dado tras la muerte del rey Fahd en mayo del 2005 por falta de acuerdo sobre el candidato. Los designados por Abdulah han topado con el veto de los conservadores, cuyos favoritos se han visto asimismo rechazados por el primero. Si se repara en que Abdulah tiene 84 años y su estado de salud es frágil, y el príncipe heredero tiene 82 años y padece cáncer, habrá que convenir en que la coyuntura es crítica.

La naturaleza del Consejo Consultivo otorga a Abdulah el derecho de nombrar a su príncipe heredero y segundo en la línea sucesoria, pero cabe calificarlo de mera figura decorativa si se tiene en cuenta, por ejemplo, que la firma de un acuerdo multimillonario de defensa por parte del ministerio del ramo se ha estampado sin su formal asentimiento.

La cierto es que las disensiones familiares han adoptado un tono pueril e incluso rudo. Los príncipes Sultan, Nayef y Bandar, líderes del sector conservador, no le hablan a su majestad y, arrogantes, han llegado a negociar directamente con Estados Unidos. El sector conservador, en justa correspondencia al apoyo estadounidense al nombramiento de Nayef o Bandar como príncipes herederos, le ha ofrecido hacerse cargo de la seguridad del país. Hasta ahora se había denegado a los estadounidenses la consulta de los archivos, ya que podía dar pie a la detención y juicio de musulmanes y porque “un infiel no puede ocupar el lugar de un creyente”. De todos modos, la difícil situación dio luz verde en su día a una refriega generalizada entre los aspirantes al trono, entre los que figura el jefe de las fuerzas armadas, príncipe Khaled Bin Sultan; el príncipe Baudar, el multimillonario príncipe Al Walid Bin Talal y otros. A menos que se actúe para clarificar la situación, se corre el peligro de que el instinto beduino de los miembros de la familia saudí derive en ruido de sables y conflicto civil.

La situación ha reforzado las tendencias fundamentalistas islámicas, cuyos adalides no sólo acusan a la familia saudí de derrochar cientos de miles de millones de dólares durante los embriagadores años de la crisis petrolífera, sino también de incompetencia e incapacidad a la hora de introducir reformas. Blanco de sus críticas es el despilfarro en gastos de defensa y el creciente recurso al tesoro por parte de la monarquía reinante, cuyos miembros masculinos aumentan a razón de 65 al mes. Y los fundamentalistas se ven reforzados por la elite académica, la prensa clandestina y últimamente por un sector de negocios marginado por la codicia familiar.

Entre tanto, Estados Unidos, ciertos movimientos islámicos organizados y otros países con intereses creados en el futuro de Arabia Saudí se dedican a respaldar al candidato de su elección según el caso. Factor, por cierto, que presta credibilidad a los rumores en el sentido de que determinados miembros de la familia real transfieren de hecho millones de dólares a Ossama Bin Laden y sus huestes.