Crédito y esperanza

Por Aurelio Martínez Estévez, presidente del ICO (EL PAÍS, 15/01/07):

Amanece otro día en Dhaka, capital de Bangla Desh, con su acompañamiento de ruido ensordecedor de bocinas, contaminación, polvo en suspensión, enjambres de rickshas que te asaltan por cualquier rincón, miles de pequeños negocios y tenderetes, bullicio de millones de personas por las calles, a pesar de que apenas se ven mujeres en las mismas, trabajo duro y pobreza.

La pobreza se ve, se palpa, se oye, se huele, casi se mastica en el ambiente, es una pobreza que absorbes con los cinco sentidos. Pobreza de generaciones, reposada capa tras capa en su capital, que, a pesar de los logros recientes, acumula un fuerte deterioro por la presión de la población, de la contaminación, de los ciclones y la ausencia de recursos para restaurar y reparar lo que las inclemencias deteriora día a día. No en vano estamos hablando de uno de los países más pobres de Asia con algo más de 1.000 dólares de renta per cápita.

En un marco tan dramático, llama la atención la vitalidad, el dinamismo de base, la actividad de los estratos más bajos de la población. El crecimiento en los últimos años ha estado por encima del 6%, inferior al de sus poderosos vecinos (India y China) pero sin duda importante, que le ha permitido reducir los niveles de pobreza a una tasa del 1,8% durante el presente decenio. Es un crecimiento basado en las exportaciones, como el resto de economías asiáticas, con un crecimiento superior al 30% en los últimos trimestres, un sector público reducido a su mínima expresión, mano de obra baratísima, ausencia de cualquier tipo de cobertura social y muchas horas de trabajo.

En esta economía de subsistencia, donde la economía irregular debe superar ampliamente el 50% del PIB y el Estado ha tenido el dudoso privilegio de haber sido clasificado durante seis años como el más corrupto del planeta, ha surgido una idea poderosa con una amplia capacidad de transformación. De la mano de Muhammad Yunus en 1974, año de la gran hambruna que asoló el país y se cobró la vida de un millón de personas, se crea el Grameen Bank, destinado a prestar a los pobres, sobre todo los que viven en las 60.000 aldeas que configuran ese mundo rural, pequeñas cantidades de dinero (10 o 20 euros máximo), sin garantías, para poder llevar adelante pequeños negocios con los que subsistir.

¿Qué tipo de negocios florece con esos montantes? Necesariamente negocios sencillos, como hacer tortitas de maíz con miel, descascarillar arroz, comprar un teléfono móvil y alquilarlo al resto de miembros de la aldea, adquirir una máquina de coser, utensilios para bordados a mano, comprar una vaca o unas gallinas y vender sus productos, etcétera. Se trata de economía irregular, centrada en el trabajo a domicilio, fuera de los circuitos oficiales, de subsistencia, basada en condiciones extremas, que, con este aparentemente insignificante empujón, permite mejorar a sus receptores. Los microcréditos operan con los segmentos ignorados por los circuitos financieros tradicionales y explotados por los usureros con tipos diarios entre el 20% y el 50%. El microcrédito supone abaratar los costes financieros y, sobre todo, darles independencia para vender sus productos en los mercados locales, regionales o en las grandes ciudades. El cambio en las condiciones de vida es radical.

Son actividades acometidas por toda la unidad familiar. Es verdad que son las mujeres las que se hacen responsables de los créditos, pero no es menos cierto que el producto de su trabajo suele ser distribuido por los hombres y los niños en los mercados y colaboran directamente en la propia producción.

El trabajo es muy duro. Justo con la salida del sol, se ven en todas las aldeas hileras de hombres con canastas en las cabezas, repletas de productos agrícolas, hacia los mercados locales. Y multitud de niños, alineados en hileras de hermanos de todos los tamaños, con cestas que abultan más que ellos, cuyo rasgo más impactante no es otro que la mirada de unos enormes ojos llenos de curiosidad, miedo y alegría cuando les dices que te dejen hacerles una foto. Gente sencilla, acogedora, honesta y trabajadora, que te acompaña por donde vas, que sonríe cuando les saludas, que intenta comunicarse contigo, que no ha visto un extranjero en años (dado el reducido número de turistas que viene a este país) y que te agradece que visites sus aldeas, sus casas, sus actividades diarias.

Las mujeres, casadas mediante arreglos familiares siendo niñas (entre 11 y 15 años), están recluidas en sus casas o recintos formados por la agrupación de unas pocas chabolas, y sólo pueden moverse con permiso de sus maridos. Esta forzada reclusión no les impide manifestar y desarrollar todo su enorme potencial de trabajo, de capacidad de gestión, de planificar el futuro de sus hijos, de aspirar a un modo de vida mejor y poner todo su esfuerzo para conseguirlo.

Éste es el caldo de cultivo en el que ha crecido la cultura del microcrédito. Una idea que les ha permitido sentirse empresarias, corresponsables de la gestión económica de la familia. Resulta esclarecedor comprobar cómo en las reuniones semanales de los grupos de prestatarias, impulsados por el Banco Grameen como metodología de trabajo, te cuentan con orgullo cómo empezaron con un microcrédito hace 22 o 23 años para comprar harina en mayores cantidades (un saco), cuatro años más tarde compraron una vaca que se autofinanciaba con la venta de la leche. Cuatro o cinco años más tarde adquirieron un puesto donde vender productos alimenticios y, finalmente, con el cuarto microcrédito, en unión de otro vecino, compraron una furgoneta para hacer el transporte de pasajeros entre su aldea y la ciudad. Esta ambición colectiva de futuro es lo que te seduce.

El banco, antes de darles un microcrédito, imparte unos cursos de instrucción en los que les transmiten toda su filosofía y principios. Primera premisa: disciplina, unidad, coraje y trabajo duro. Las restantes articulan todo un modelo de vida: no dilapidar recursos, sembrar y comer verduras todo el año, plantar cuantas semillas sean posibles, mantener unas familias pequeñas, educar a sus niños, limpiar la casa y los niños, construir y usar letrinas, hervir el agua antes de beberla y purificarla del arsénico, no dar ni tomar dotes en las bodas, no cometer injusticias, ayudar al que lo necesite, tomar parte en actividades sociales.

De entre todas, tal vez la educación sea la base de su futuro, por lo que el banco obliga a las familias a que lleven a sus niños a la escuela y les da becas para que los más brillantes lleguen a la universidad. Te encoge el corazón de ternura ver cómo esas madres adolescentes te cuentan cómo entre sus aspiraciones más profundas se encuentra la de que sus hijos sean doctores y vuelvan a las aldeas a trabajar.

Éste es, a mi juicio, uno de los logros de los microcréditos. Devolver la esperanza a los más pobres y necesitados de la misma. El reciente premio Nobel de la Paz recordaba en su discurso algo tan importante como que la paz va asociada al desarrollo de los pueblos. Y, me atrevería a añadir, a la esperanza en un futuro mejor. Esto es, precisamente, lo que ha traído Yunus a su país, a los pobres y a las mujeres, la esperanza de que un futuro mejor es posible y está al alcance de todos los que trabajan para conseguirlo.