Creencias, pecados y delitos

Tengo en las manos una revista académica con una interesante monografía sobre el islam. Repasa los momentos estelares de la cultura islámica, referidos a grandes logros en astronomía, medicina, arte, literatura, arquitectura, incluso jardinería. Son espléndidos, pero pertenecen al pasado, todos son anteriores al Renacimiento. Podría concluirse que se trata de una cultura medieval. No sería exacto, claro, pero tampoco falso. Parece que el pensamiento islámico no ha entrado en la modernidad, o lo ha hecho muy tímidamente. En realidad, ¿pueden los universos culturales basados en creencias precientíficas devenir actuales?

El catolicismo y el protestantismo se salvaron en parte de esta limitación cuando admitieron su derrota. El pensamiento renacentista, el movimiento ilustrado y sobre todo la ciencia los pusieron en evidencia. A partir del siglo XVIII resultó intelectualmente imposible sostener según qué. Los sectores conservadores resistieron numantinamente, aún lo hacen, pero el fluir de la historia les pasó por encima.

El ala lúcida se percató de la salida: volver a ser cristianos (a Dios lo que es de Dios y al césar lo que es del césar). En efecto, la práctica totalidad de la inconsistencia del catolicismo residía en la doctrina de la Iglesia, no en el mensaje evangélico. Es decir, para ser de verdad cristiano había que, en cierta medida, dejar de ser católico. O calvinista. O lo que fuera.

La última encíclica del papa Francisco, Laudato si’, franciscana incluso en la denominación, denuncia los excesos del capitalismo, clama contra la inequidad y se inquieta por el cambio climático; es una reflexión cristiana. Pero ni una sola de sus 172 citas documentales hace referencia a textos científicos: todo es patrística, menciones bíblicas o documentos eclesiásticos; es una exhortación católica. Esta dualidad resulta incómoda para los espíritus libres, pero permite a la Iglesia católica transitar (a trompicones, bien es verdad) por el siglo XXI. El problema del pensamiento islámico y de la cultura que de él se deriva es, creo, que no ha dado todavía este paso: el pecado es delito, y es pecado lo que deciden los intérpretes del Corán (quienes, pues, se erigen en jueces civiles).

Las enseñanzas de Cristo (el Nuevo Testamento, escrito por sus seguidores en la segunda mitad del siglo I), las de Mahoma (compiladas en el Corán por sus discípulos directos y definitivamente fijadas durante el califato de Uthman ibn Affan, 15 o 20 años después de la muerte del profeta, en 632) o las de Buda (el Tripitaka, escrito en el siglo VI aC) son hijas de su época, claro.

El compendio más reciente, el Corán, tiene 14 siglos. En los tres hay muchos contenidos espirituales de carácter intemporal, pero no puede haber instrucciones para gestionar la realidad del mundo tecnocientífico del siglo XXI, es obvio. De ahí la insostenibilidad del catolicismo conservador o el odio del Estado Islámico hacia la ciencia y la tecnología (con la que están hechas sus armas, por cierto).

El islam bebió directamente del judaísmo; por eso es fundacionalmente vengativo: ojo por ojo. El cristianismo no mejoró el judaísmo: lo contradijo; por eso es caritativo por principio: ama y haz lo que quieras. El catolicismo, con los siglos, adulteró el cristianismo, y de ahí tantos movimientos neoevangélicos, como el franciscanismo (que estuvo a un paso de convertirse en herético, aunque ahora inspire encíclicas y nombres de papa) o las propias iglesias reformadas iniciales. Todo ello ayuda a entender la confusión de los tiempos que corren, fundamentalismos y guerras santas incluidas.

Guerras santas ha habido un montón. Las cruzadas, por ejemplo. El fundamentalismo islámico actual no hace nada que no hicieran los católicos en algún momento: quemar herejes o perseguir inquisitorialmente Galileos de todo tipo. Algunas iglesias reformadas estadounidenses niegan la evolución biológica mientras claman contra los excesos islamistas: no se pueden perder más los papeles. En definitiva, el problema es que, en nombre de la religión, demasiada gente se aferra a prejuicios y sólo busca legitimidades reveladas.

Los kemalistas crearon la Turquía moderna, un Estado laico en un país musulmán, tal como la Revolución francesa separó la Iglesia del Estado y redimió a los cristianos ‘malgré eux’. De igual modo, el baasismo propugnó un panarabismo laico en Siria, Egipto e Irak, pero debido a su izquierdismo los estados occidentales le volvieron la espalda. Ha resultado de ello la residual Siria de Bashar al Asad y la consolidación del salafismo yihadista.

La mezcla de espiritualidad y creencia, la supeditación del orden civil al prejuicio religioso, el mantenimiento del estatu quo de los poderosos y la diacronía cultural hacen estragos. Nos costará salir del atolladero.

Ramon Folch, socioecólogo. Presidente de ERF.

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