Crepúsculo en el Mediterráneo

A menudo, el encanto del Mediterráneo nos ha seducido, incluso a veces nos ha cegado. En más de una ocasión, los que lo despreciaban nos han humillado y ofendido. Esa es la razón por la que nosotros mismos hemos querido esconder algunas cosas sobre el Mare nostrum o evitar ciertos interrogantes implicados en su destino. Una poetización, a menudo discutible, nos ha servido de escudo o de pantalla. A nuestros libros, textos e intervenciones sobre ese asunto se han incorporado nuevas reflexiones que quizá nos permitirían insertar esa problemática en un nuevo contexto, un tanto insólito o inesperado. Por lo que respecta al que suscribe, autor de un Breviario, debo reconocer que semejante confesión resulta penosa y entristecedora.

Después de la caída del Muro de Berlín se ha construido una Europa separada de la “cuna de Europa”. Las decisiones relativas a la suerte del Mediterráneo se han tomado sin contar con él: eso ha generado frustraciones y fantasmas. En el horizonte se perfila un pesimismo histórico, un crepuscularismo literario. Quizá el único héroe resucitado tras la II Guerra Mundial haya sido Sísifo, y con él su mito.

En 2008 el presidente francés Nicolás Sarkozy propuso la institución de la Unión Mediterránea. De entrada, la propuesta no fue acogida con entusiasmo por la UE. Se produjo igualmente un cambio de la propia denominación: Proceso de Barcelona-Unión por el Mediterráneo y finalmente Unión por el Mediterráneo.

Las modificaciones antedichas reflejan no solo las diferencias de puntos de vista de las que se derivan, sino también una relativa resistencia al proyecto. Se trata de un programa que en sustancia es positivo, pero que llega en un momento poco oportuno: tras el fracaso de la Conferencia de Barcelona y la crisis en la que se ha precipitado el mundo entero.

¿Quién podía prever que el capitalismo financiero iba a golpear de modo tan grave al propio capitalismo? ¿Que el neoliberalismo iba a debilitar determinadas formas de libertad en las relaciones económicas, sociales y políticas? ¿Que el sistema bancario iba a volverse tan despiadado con los propios bancos? ¿Que del “marxismo ya sepultado” iba a retornar a la superficie la teoría marxista de la crisis cíclica? Y así sucesivamente. En una coyuntura de este tipo, la Unión por el Mediterráneo tendrá que contentarse con planes modestos y menos costosos. Lo cual no hará más felices a los socios de la ribera meridional del Mediterráneo, que sobre todo requiere ser ayudada. Algunas formas de cooperación podrán parecer más creíbles y reales, mientras que los procesos de integración parecen carecer de perspectivas. Ninguna tentativa de someter las normas y preceptos de la cultura religiosa y jurídica musulmana a las tradiciones europeas será nunca acogida positivamente. La crítica de determinados regímenes totalitarios, como por ejemplo el libio, seguirá siendo considerada una intolerable intromisión en los asuntos ajenos. La política de vecindad o al menos la de partenariado tendrá que hacerse más funcional y operativa.

En todo caso sería necesario desarrollar operaciones adecuadamente preparadas y establecer modalidades jerárquicas de intervención y de presencia. Distintas tentativas y exigencias hace tiempo que requieren ayuda: las cuestiones ambientales, desde la ecología a la contaminación; las intenciones de volver a dotar de agua a determinados espacios o de salvarlos de la desertización; y, junto a ello, también los modos de introducir normas relativas a la pesca y sus limitaciones; y no se pueden aplazar los acuerdos sobre emigración en el ámbito de la colaboración entre el sur y el norte del Mediterráneo. Se podría introducir igualmente, sin mayores gastos, un adecuado sistema de intercambios culturales (y no solo simposios circunstanciales). Así como sería bienvenida una red de televisión mediterránea común o al menos un determinado tipo de transmisiones.

Se ha dicho ya todo sobre este “mar primario”, sobre su unidad y su división, su homogeneidad y su disparidad. Concepciones históricas o políticas sustituyen a las concepciones sociales o culturales, sin llegar a coincidir o a armonizarse. Las categorías de civilización o las matrices de evolución propias del Norte y del Sur no se dejan reducir a denominadores comunes. “Elaborar una cultura intermediterránea alternativa”: la puesta en acción de un proyecto semejante, cuasi utópico, que hemos oído o leído tantas veces, no parece un objetivo inminente. “Compartir una visión diferenciada” resulta más realista, a pesar de no ser siempre de fácil realización. Tanto al abrigo de los puertos como en mar abierto, “las viejas maromas sumergidas”, que la poesía se proponía volver a encontrar y reanudar, muchas veces han quedado rotas o arrancadas por la intolerancia o la ignorancia. El vasto anfiteatro, al que se asemeja nuestro mar, ha visto sobre la escena durante demasiado tiempo el mismo repertorio, hasta el punto que los gestos de sus actores son a menudo previsibles. Sería necesario replantearse las nociones superadas de periferia y de centro, las viejas referencias de distancia y proximidad, los significados de las rupturas y de las integraciones, las relaciones de las simetrías frente a las asimetrías.

La “patria de los mitos” ha sufrido con las mitologías que ella misma ha generado o que otros han alimentado. Este espacio rico en historia ha sido víctima de los historicismos. La tendencia a confundir la representación de la realidad con la realidad misma se perpetúa: la imagen del Mediterráneo y el Mediterráneo real no se identifican en absoluto. En las ciudades de nuestro mar, una identidad del ser, fuerte y profunda, eclipsa o rechaza a una identidad del hacer, escasa e irregular.

El 11-S de 2001 emergió una crisis de desconfianza de dimensiones planetarias, con el consiguiente empeoramiento de las relaciones entre Occidente y el mundo árabe e islámico. La situación se precipitó y tocó fondo tras los sangrientos atentados de Madrid y Londres. Los acontecimientos de los tiempos recientes han acabado por incrementar el clima de tensión en la cuenca mediterránea, debilitando los ya frágiles vínculos entre Estados, entre culturas, reduciéndolos por lo general a acuerdos episódicos y formales, cada vez más difícilmente factibles. El Proceso de Barcelona, iniciado con entusiasmo tras los acuerdos de Oslo (1993) que prometían resolver pronto los conflictos en Oriente Próximo, fue víctima de esta trágica coyuntura.

La exhortación a la Alianza de Civilizaciones del jefe de Gobierno español, Zapatero, fue casi un grito. Frente a una situación casi desesperada, sabemos bien que cualquier alianza puede parecer hoy más o menos utópica. Sin embargo, no debemos olvidar que existen utopías productivas e incluso concretas. Algunas de ellas parecen a veces próximas a su realización, si bien con un ritmo irregular o ralentizado: incrementar la seguridad, disminuir la tensión, reducir o desbloquear las crisis, reglamentar los procesos de inmigración-emigración, imponer un sistema ecológico eficiente, suministrar mayor ayuda a los indigentes o a los enfermos.

Los proyectos para la Alianza de Civilizaciones representan una viva reacción al choque de civilizaciones, según la bien conocida fórmula utilizada por el profesor norteamericano Samuel Huntington en su libro El choque de civilizaciones y la transformación del orden mundial. Esta teoría requiere de una aproximación particularmente crítica. No se trata de un choque de los componentes culturales de una civilización, de culturas en cuanto tales. Lo que chocan son las expresiones de las culturas alienadas y transformadas en ideologías, las que operan no ya como contenidos culturales, sino como hechos ideológicos. El peligro se conoce desde hace tiempo: una parte de la cultura nacional se ha transformado, a lo largo de diversas épocas y en diversos lugares, en ideología de la nación.

Esperamos una nueva cultura que nos sostenga. Estamos esperándola impacientes. No sabemos si la literatura, si sus diversos modelos, géneros y discursos podrán realmente ayudarnos. Quizá con ella resulte al menos más fácil esperar. Entretanto seguimos escribiendo. A lo largo de 17 años transcurridos entre asilo y exilio, a causa de las guerras balcánicas, una pluma frágil y un tema evanescente, el del Mediterráneo, me han salvado.

Predrag Matvejevic, escritor croata y profesor de Estudios Eslavos en la Universidad de Roma. Traducción del italiano de Juan Ramón Azaola.