Creyentes y creíbles

Como creo que segundas partes pueden ser también buenas me dispongo a completar lo dicho en otra reciente Tercera, titulada Creyentes no practicantes (20-V-2012), con el propósito de ayudarles a corregir esa dañina incongruencia. Hoy extiendo mi atención a los sedicentes cristianos cumplidores, de misa, sacramentos y buenas costumbres, pero que no les echan cuentas a los que no son así, o incluso defendiéndose de ello.

En España y en Europa durante este ya largo periodo de entresiglos ha ido ganando terreno, a ritmo alarmante, una apostasía silenciosa de muchos cristianos anónimos, sin defensas de formación ante el pensamiento laicista, la paganía de las costumbres y el deterioro de la familia. Nuestros abuelos fueron educados por sus padres en la fe y la vida cristiana, y ellos hicieron lo propio con sus hijos; pero éstos ya no lo hicieron con los suyos, que tendrán hoy unos veinte años. Si multiplicamos ese proceso por miles de familias, nos encontramos hoy con una sociedad de «incultura posmodernista» en la que Dios no encuentra sitio y sus adoradores son considerados como una minoría retrógada en vías de extinción. El futuro, les dicen, no será vuestro.

Pero, ¿es eso toda la verdad? No, por supuesto. Se equivocan de medio a medio los que tal piensan o dicen, ignorando u olvidando el historial de modas ideológicas, culturales o sociales, bajo el «Todo pasa» de Heráclito, y quisieron eternizar su presencia y mensaje, pero apenas sí tuvieron tiempo de asomarse a la historia. Así el existencialismo, el mayo francés, el marxismo universitario de los 70, el movimiento hippie y los posteriores escepticismo y nihilismo. Hicieron mella algunos en las masas iletradas, sumisas al halago y soñadoras de un igualitarismo cuesta abajo. Pero que igual cambiaban de postura cuando se les abrían los ojos.

Aunque, lo que más nos afecta, es el preocupante fenómeno de la mayoría silenciosa, que mantiene sus valores y creencias, pero atenaza el disimulo y el respeto humano, y tiene ideas confusas sobre las luchas de religión y la libertad religiosa.

Ese es nuestro desafío. Se impone averiguar con humildad el interior de la propia Iglesia — Ecclesia adintra, del Concilio— y cada uno el de sí mismo, si estamos en forma para anunciar con fuerza y hacernos escuchar la buena Noticia de Cristo Salvador al mundo descristianizado, que acabo de describir. El reto no es mío sino de la Iglesia católica como tal, por boca de su Pastor supremo, Benedicto XVI, con palabras firmes y decisiones de primera magnitud que acreditan a ojos vista que la cosa va en serio.

Acaba de convocar la XIII Asamblea general del Sínodo de los Obispos sobre la Nueva Evangelización para la transmisión de la fe cristiana, que tendrá lugar del 8 al 28 de octubre próximo; así como también la Institución del Año de la fe, por la Carta apostólica Porta fidei, conmemorativa del cincuenta aniversario de la apertura del Concilio Vaticano II, que durará hasta noviembre de 2013.

Como anticipo de estos eventos y para su eficacia posterior, el Papa ha creado en el último año, como instrumentos jurídicos para esos quehaceres, el Consejo Pontificio para la Nueva Evangelización, que ya está operativo a cargo del dinámico Arzobispo Rino Fisichella; al par que el Consejo Pontificio para la Cultura, que preside el intrépido cardenal Gianfranco Ravasi, ha puesto en marcha una nueva sección denominada el Atrio de los Gentiles, recordatorio del Templo de Jerusalén, que fomenta y realiza unos encuentros internacionales de diálogo, entre intelectuales independientes de renombre y personalidades de la Iglesia. La experiencia de media docena de encuentros en ciudades punteras de Europa y América auspicia grandes progresos en el porvenir. El binomio Fe-evangelización es como dos cabos de la misma cuerda y dos pilares del mismo puente, con un antes y un después como el del huevo y la gallina. El evangelizador es un creyente y el creyente un evangelizador, más si lo primero se da por descontado, lo segundo se considera por muchos como hipotético y voluntarista.

Todo nace del paupérrimo concepto tradicional de la fe como creer en lo que no se ve, sin considerarla don de Dios, encuentro personal con Cristo, vivencia profunda de nuestro Credo e injerto por el bautismo en la fe de la Iglesia. Es por naturaleza expansiva, y se multiplica dándola, la fe nos lleva instintivamente a las buenas obras y éstas nos conducen a la fe. No olvidemos nunca que la fe es una virtud teologal por lo que el creyente auténtico está siempre inmerso en la presencia divina y en la inhabitación del Espíritu. En la preciosa Carta apostólica Porta fidei de Benedicto XVI sobre el Año de la Fe —teológica, didáctica y espiritual— sale mas de diez veces la palabra alegría al descubrir la experiencia de la fe.

Confrontando las luces y las sombras de la comunidad católica en la Europa y España actuales, el Papa Ratzinger, muy conocedor de ambas, puesta su confianza en Dios y en los efectivos actuales de la Iglesia, afronta a pecho descubierto el Sínodo de la Evangelización y el Año de la Fe, con sus aditamentos, magna empresa pontificia a la que ningún católico consciente puede substraerse; es también la réplica de la Iglesia a la tremenda crisis moral, social y antropológica que aqueja a nuestro mundo.

¿Quiénes serán los evangelizadores y quienes los evangelizados?, los pastores, los hombres y mujeres consagrados, las instituciones católicas de la educación, la cultura y la acción caritativa y social, nada tienen que inventar sino ser auténticamente lo que son. Nos asedian el cansancio de los mayores, la escasez de vocaciones y la indiferencia o la hostilidad del ambiente. El Papa con su palabra y ejemplo nos estimula y empuja, la atonía, personal o colectiva, no convierte a nadie. Las crisis históricas sacuden nuestra conciencia. Pero, abiertos a la esperanza, hay que contar en España, entre los diez a quince millones de fieles cumplidores con la Iglesia, que en vez de dejarse arrastrar por sus conciudadanos descuidados o conformistas, creyentes no practicantes, se afiancen en la ejemplaridad personal, familiar, profesional, social y religiosa de hombres y mujeres con entrega generosa a propios y extraños. Creyentes, practicantes y creíbles.

La gente de hoy es reacia a proselitismos de todo tipo que van desde comerles el coco a quedarse con ellos. Dicen que el pelmazo es alguien que te quita soledad y no te da compañía. En cambio, el apostolado conserva todo su valor, proponiendo sin imponer, practicando más que haciendo, y siendo en todo lo que es. Dice el cuarto Evangelio, que hubo un hombre enviado de Dios llamado Juan, «venido al mundo para que todos creyeran por él»; no por lo que decía ni siquiera por lo que hacía sino por lo que era en sí mismo. Dice San Pablo a los Corintios: que «Dios nos alienta en nuestras luchas, hasta el punto de poder nosotros alentar a los demás en cualquier lucha repartiendo con ellos el ánimo que nosotros recibimos de Dios. Y añadimos el testimonio de Santa Teresa en el Libro de su vida: «Si algunos han habido ruines, más resplandecerán los buenos, plega al Señor los tenga de su mano y los ayude para que nos ayuden». Para Él cuentan todos, los que anuncian y los que reciben su Palabra, con la puerta abierta a los restantes.

Antonio Montero Moreno, arzobispo emérito de Mérida.

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