Crimen de los Urquijo: ‘Rafi’, joven, guapo y culpable

Rafael Escobedo cumplía condena de 53 años por el asesinato de sus suegros, los marqueses de Urquijo, pero terminó suicidándose en su celda. EFE
Rafael Escobedo cumplía condena de 53 años por el asesinato de sus suegros, los marqueses de Urquijo, pero terminó suicidándose en su celda. EFE

Rafi Escobedo se pudría en prisión. Los ciudadanos también se ponían toga entonces pero sin tanto aplomo ni suficiencia, y prudentemente: en el portal de su casa o en la barra del bar. Los medios nunca dieron el caso por cerrado. Mucho más después de que en 1987 huyera Javier Anastasio, presunto autor material y amigo de Rafi. Tampoco gozaba de simpatías Myriam, la hija de los marqueses de Urquijo, asesinados en su casa, mientras dormían, el 1 de agosto de 1980. Cuando en abril de 1981 Rafi Escobedo fue detenido, Myriam aseguró que él la había amenazado “esta vez muy en serio” con “hundir a sus padres”. Escobedo se declaró culpable y luego inocente. La prueba definitiva fueron unas balas del mismo calibre encontradas en los alrededores de la casa de sus padres, cerca de Cuenca.

El periodista Matías Antolín, amigo de Rafi, investigó el crimen hasta donde pudo: algunas preguntas siguen pintadas en el aire y forman parte de la memoria colectiva de nuestra Historia. Los ricos también lloran. Y sufren y matan. Fueron Rafi y Javier. En la trama aparecen también el administrador de la finca, Diego Martínez Herrera, que huyó a Londres; y Mauricio López, otro amigo de Rafi, condenado por encubrimiento. En 1987 Rafi, consumido por las drogas, se suicidó. Cuatro días antes lo había entrevistado Jesús Quintero en El perro verde. La entrevista es un hito de la televisión, el asunto decayó en la prensa. Entonces ya nos chiflaba Falcon Crest.

Nunca subí por el olor de la sangre

RAÚL DEL POZO

Desde que los ciegos cantaban romances y coplas, y después vendían los iguales, a los españoles les apasionan los crímenes y la lotería. No sólo a los españoles; Hitchcock pensaba que a cualquiera le gusta un buen crimen siempre que no sea la víctima. Corría el año 1980 y un asesinato con mayordomo, marqueses, gigolós, banqueros y pijos no sólo enganchó a los ciudadanos que se iban a la playa sino que los transformó en maderos y ropones que protagonizaron la recién estrenada libertad de expresión. Antes de que Rafi Escobedo fuera acusado, en los bares, en las peluquerías y en la espera de los dentistas, cada cual tenía su móvil y su culpable. Se sospechaba de los criados, de los hijos, de los buitres del dinero y de mercenarios o sicarios. El folletín tenía todo el morbo de un drama en la clase alta con cuernos, huidos y una teoría de la conspiración que persiste. El mayordomo se vistió de luto antes de que se descubrieran los cadáveres. Los criados, los escritores de novela negra, los parientes y los cómplices escribieron textos truculentos con móviles y coartadas inverosímiles. Se hicieron películas y series de televisión y se inició en España una paranoia colectiva entre el amarillismo y la justicia paralela que se disparó con el tiempo. Aún se dice que el asesino no se ahorcó, sino que lo ahorcaron en la cárcel del Dueso. Lo probado es que los marqueses fueron asesinados la noche del 1 de agosto de 1980 en su chalé de Somosaguas. Él, caballero del Santo Sepulcro, de un solo tiro; ella, la que llevaba el título de marquesa y grande de España, de dos. Los mataron mientras dormían, en habitaciones separadas. El principal sospechoso fue Escobedo, un señorito de la zona nacional que dio el braguetazo al casarse con la hija de los marqueses. Parece que actuó en un ataque de cuernos porque ella se fue con un yankee o quizás porque ya no se lo llevaban a veranear en Marbella. La hija y esposa Myriam de la Sierra pasó de víctima a ser señalada con el dedo. En su libro ¿Por qué a mí? confiesa: “Nunca subí al piso de arriba. Nada más poner el pie en el primer peldaño el olor a sangre vuelve a apoderarse de mí”. Esas palabras recuerdan a Macbeth, pero Myriam se enfrentó a la chusma como la bruja al gran jurado de matronas-tricotosas que tejieron el perfil de una asesina. Los jueces sentenciaron que Rafa Escobedo, solo o en compañía de otros, entró en el chalé y mató a los suegros.

La calle de la Ese

LUIS MARÍA ANSON

La calle de la Ese enlazaba Serrano con la Castellana y en ella o en su entorno estaban, allá por los años 50, las casas de Fagalde, de Romanones, de Marieta Urquijo y el chalé de Radio Nacional. En él trabajaba Victoriano Fernández Asís, que había colocado sobre la puerta de su despacho este cartel: “No me cuente nada. Estoy enterado de todo”. No había cumplido yo los veinte años y a veces acudía al palacio de Romanones a recoger a Natalia Figueroa para ir al Museo del Prado. Ella tenía la cara llena de ojos azules y era una adolescente de invencible vocación literaria. Vivía por entonces, creo recordar, en el entorno de la calle de Castelló, pero yo acudía a buscarla a casa de su abuelo, muy próxima al edificio de ABC y al palacete de Marieta, que se casó por aquellas fechas con Manolo de la Sierra y a la que tuve ocasión de visitar en su residencia, desaparecida hoy como la de Romanones, la de Fagalde, el chalé de RNE y hasta la misma calle de la Ese, convertida en paso elevado sobre la Castellana y en Museo al Aire Libre. Viví de cerca el asesinato de Marieta y Manolo, primero en la agencia Efe y luego en mi despacho del ABC verdadero. Recibí las confidencias de Myriam Urquijo, la admirable hija de los marqueses, asesinados en su nueva residencia de Somosaguas, y de Jorge Trías Sagnier, el inteligente abogado que la aconsejaba. Almorzamos y cenamos en numerosas ocasiones. Aquel crimen tiene más connotaciones de las que reveló el juicio, sentenciado por el juez Grande-Marlaska, pero jamás he violentado yo lo que profesionalmente he podido saber off the record. El suceso conmocionó al pueblo español. Fue tremendo. A Lourdes de Urquijo, a mi querida Marieta, le pegaron un balazo en la boca que le quebró los dientes. La remataron de un tiro en la cabeza a bocajarro. No iban a por ella sino a por Manolo, el marido. Marieta se levantó al oír ruido en la casa. Era una mujer sencilla y encantadora, tímida y reservada, muy religiosa. Guardo de ella, como de su hija Myriam, un vivo recuerdo de afecto. Y temo que, tras el suicidio de Escobedo, nunca se esclarecerá el fondo de aquel horrendo crimen. Por cierto, la calle de la Ese tenía nombre: Martínez de la Rosa, el presidente que no quería conflictos, como Rajoy, y al que el pueblo madrileño llamaba Rosita la Pastelera.

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