Crimen en nombre del islam

El atentado perpetrado en Estrasburgo ofrece la oportunidad de analizar los riesgos y amenazas que hoy plantea lo que Assaf Moghadam y Colin Clarke han definido como “el movimiento yihadista global”. Sus conclusiones en un reciente trabajo -Mapping Today’s Jihadi Landscape and Threat- complementan las de otro iluminador análisis del Center for Strategic & International Studies y permiten destacar cuatro factores distintivos en la evolución del terrorismo yihadista.

En primer lugar, permanece el potencial de movilización terrorista mediante la apelación a una ideología basada en una interpretación fundamentalista del islam que fomenta el victimismo en algunas comunidades musulmanas y la deshumanización de quienes los yihadistas salafistas estigmatizan como “infieles” y “apóstatas”. En segundo lugar, el importante debilitamiento del Estado Islámico no se ha traducido en su completa desaparición obligando a mantener una estrategia multifacética que incluye la acción militar en diferentes regiones fallidas. En tercer lugar, ese declive se ha complementado con el reforzamiento de Al Qaeda, organización terrorista que muchos analistas erróneamente consideraban desaparecida. Sin embargo, como Bruce Hoffman advirtió tiempo atrás, ha actuado con “paciencia estratégica” compensando los reveses sufridos estableciendo alianzas con grupos en diversas regiones del planeta. En cuarto lugar, el movimiento yihadista global muestra una descentralización estructural que permite diferenciar hasta cuatro tipos de actores amenazantes: Estado Islámico; Al Qaeda y organizaciones afiliadas; grupos sin vinculación con los anteriores pero que comparten su adhesión ideológica al salafismo que inspira el terrorismo yihadista; así como redes y actores inspirados en esa ideología pero sin adscripción a ninguna de las estructuras citadas.

Crimen en nombre del islamEs en esta última categoría donde parece encuadrarse el terrorista de Estrasburgo. También, posiblemente, los autores del atentado en Barcelona en 2017, pues si bien inicialmente algunos observadores asumieron la propaganda del Estado Islámico al reivindicarlo, las investigaciones policiales hasta la fecha no han podido determinar dicha autoría de forma fehaciente, aunque sí, sin duda, su inspiración. También ahora la propaganda del IS se ha atribuido el crimen sin que aún haya evidencia de esa conexión con el grupo.

El atentado de Estrasburgo expone otro rasgo relevante en la morfología del terrorismo de inspiración islamista: su relación con la delincuencia común. El asesino, Chérif Chekatt, fue condenado en múltiples ocasiones cumpliendo pena de prisión por sus delitos. Como Rajan Basra y Peter Neumann han demostrado, el nexo entre ambas tipologías delictivas se ha intensificado, siendo incluso propugnado por el Estado Islámico. La criminalidad es una rica fuente de captación de radicales. Por un lado contribuye a la radicalización yihadista de delincuentes susceptibles de asumir una ideología religiosa que les permite redefinir sus acciones criminales. Dicha ideología, convenientemente adaptada a sus circunstancias personales, sirve para legitimar sus conductas trasgresoras aliviando el cuestionamiento personal que pueden motivar, en especial cuando devienen en negativas consecuencias como el encarcelamiento. A través de la propaganda yihadista se insta a individuos involucrados en otro tipo de criminalidad diferente al terrorismo a implicarse también en la violencia y a servirse de la delincuencia para sus acciones terroristas. La criminalidad constituye un factor de riesgo en la radicalización yihadista, pues supone la existencia de unos precedentes de ruptura de inhibidores morales y tácticos, una propensión a la transgresión que puede reorientarse hacia el terrorismo mediante un marco justificativo como el que aporta la ideología salafista. En esa línea, un póster propagandístico del Estado Islámico en Facebook se dirigía a entornos criminales con este reclamo: “A veces la gente con los peores pasados crea los mejores futuros”.

La inclusión del terrorista francés en un fichero de radicales revela otra importante variable. Agencias de seguridad y responsables políticos discrepan sobre la definición de un concepto como el riesgo. El riesgo implica incertidumbre sobre cuándo y cómo puede concretarse un peligro previsible. Los contextos culturales y políticos condicionan la percepción del riesgo, sus indicadores y los recursos aplicables para su prevención y contención. Persisten las discrepancias sobre la identificación de indicadores de riesgo de una radicalización ideológica que precede al acto terrorista.

Hay quien se escandaliza de que algunos terroristas fueran objeto de vigilancia policial antes de perpetrar atentados, mientras critican la prevención antiterrorista cuando se instruyen casos basados en pruebas indiciarias. El investigador puede tener la convicción de que un radical constituye un peligro potencial, pero si el periodo de investigación no coincide con la actividad delictiva, se dificulta la obtención de autorización judicial para determinadas actuaciones. A veces se obtiene inteligencia sobre individuos con idearios radicales y violentos, aparentemente dispuestos a cometer actos terroristas, pero se carece de pruebas de cargo que evidencien de manera irrefutable que está ya involucrado en perpetrarlos.

Resulta imposible mantener bajo constante vigilancia a cientos de personas que hoy reproducen discursos radicales y, por tanto, susceptibles de pasar a la acción súbitamente si obtienen recursos que se han simplificado al recurrirse a vehículos, cuchillos y otras armas ligeras. Además, en estas investigaciones la existencia de una finalidad terrorista es interpretable requiriendo siempre un control judicial y quedando todo ello determinado por premisas judiciales y políticas. Por tanto, ¿hasta dónde debe adelantarse la barrera preventiva para disminuir el riesgo?

En previsión de nuevos atentados por parte de los múltiples actores que conforman el movimiento yihadista global conviene no exagerar el desafío, pero tampoco infravalorarlo sino evaluarlo en su justa medida. Esta tipología terrorista posee una considerable capacidad desestabilizadora y propagandística, aunque la materialización de sus aspiraciones máximas se enfrenta a dificultades no menores. Por ejemplo, como destaca Barak Mendelshon en Jihadism constrained, la consolidación de gobiernos sustentados en afiliaciones religiosas en democracias occidentales en las que priman las identidades nacionales; la generación de efectos perdurables en las estructuras políticas de multitud de entidades nacionales; y la consolidación de una unidad de acción entre la diversidad de actores del movimiento terrorista transnacional. Tampoco puede subestimarse que si bien la inmediata materialización de objetivos estratégicos parece compleja, lo es menos la consecución de significativos logros tácticos como los que a veces obtiene el terrorismo. Entre ellos los derivados de renunciar a definir el terrorismo yihadista como lo que realmente es: violencia perpetrada por fanáticos radicalizados en una interpretación fundamentalista del islam que sacraliza y legitima el terror en su nombre.

La desideologización del terrorismo de inspiración islamista, negando la evidente relación entre esta violencia y el islam, exime a una parte de la comunidad musulmana de sus responsabilidades en su deslegitimación. Lo ilustra Douglas Murray en su ensayo The strange death of Europe recordando las reacciones a los asesinatos yihadistas en el Reino Unido. Las víctimas parecían serlo de fenómenos naturales, omitiéndose cualquier culpabilización de la ideología detrás del terror. Idílicas y emocionales apelaciones a la paz y canciones para adolescentes como himnos que rechazan cualquier violencia fueron recursos utilizados para vaciar de contenido religioso el terrorismo inspirado en el islam. Ése es uno de los riesgos ante la actual amenaza yihadista: la relativización de la decisiva importancia que la ideología posee en la movilización de terroristas islamistas fanatizados, incluidos aquellos con perfiles delincuenciales como el del criminal de Estrasburgo.

Rogelio Alonso es catedrático de Ciencia Política y director del Máster en Análisis y Prevención del Terrorismo, Universidad Rey Juan Carlos.

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