Criminalizar a Podemos

Es muy conocida la afirmación de Clausewitz de que la guerra es la continuación de la política por otros medios. Quizá no lo sea tanto la acertadísima inversión que de esa fórmula realiza Michel Foucault, quien establece que es la política quien expresa la guerra de otro modo. Pues la política, si dejamos de lado la ingenuidad de entenderla como búsqueda del bien común, como siempre nos han querido presentarla quienes buscaban su propio beneficio, es la codificación del enfrentamiento social. La guerra es política sin códigos, la política, guerra codificada.

Las clases dominantes permiten la política cuando entienden que su dominio no está en peligro. Pero cuando perciben el aliento de la derrota, recurren a todas las formas de guerra. Pues guerra no hay una, sino muchas: psicológica, fría, caliente, mediática. En más de una ocasión he escrito en estas mismas páginas que estamos en guerra. Que quienes todo lo tienen han declarado la guerra a los que quieren tener algo, y que lo poco que hemos conseguido, nos lo arrancan de las manos para seguir manteniendo su condición de privilegiados. Es una guerra ancestral, que viene de muy lejos, y que, tras la segunda guerra mundial, y gracias al equilibrio de bloques, se había codificado en política en Occidente. Sin embargo, el neoliberalismo ha hecho saltar todos los códigos, para instalarse de nuevo en la guerra. Una guerra de los mercados contra los estados, una guerra de las élites contra los ciudadanos, en las que los gobiernos hacen, en realidad, el papel de quinta columna de los mercados dentro de los estados.

Y cuando los de abajo dan muestras de armarse políticamente, los de arriba redoblan sus tambores de guerra. La irrupción de Podemos está marcando con precisión los perfiles de la casta. Cobijados bajo logos de La Caixa, o de Bankia, desde la casi totalidad de las plataformas mediáticas, los perros de guardia del sistema, desde Floriano a Felipe González, desgranan su batería del miedo. González es un experto, ya lo hizo en el referéndum de la OTAN. Y así, Podemos se convierte en un agente de Venezuela, de Irán, de Cuba, en una formación proetarra, en una panda de frikis. De todas las comparaciones, la única que veo acertada es la de Venezuela. En Venezuela, a los de abajo se les ocurrió organizarse y llevan quince años ganando elección tras elección. También llevan quince años soportando recurrentes golpes de estado, organizados por la casta venezolana en connivencia con otras castas, como la española, que apoyó, desde Aznar hasta El País, el golpe de estado que apartó por unos días a Chávez del poder. Si Podemos, con apenas un 10% de los votos, provoca unas reacciones tan viscerales, tan desmedidas, produce tanto miedo, ¿qué ocurrirá el día en el que exista la posibilidad de gobernar? Observando el tratamiento que ha sufrido Venezuela, su demonización, los ataques dialécticos y violentos de que es objeto, tendremos la respuesta.

La casta ha empezado, contra Podemos, la primera fase de una guerra. Consiste en el desprestigio mediático, en la mentira reiterada, en la erosión. Algo muy parecido a lo que le ocurrió a la Izquierda Unida de la época de Anguita, despedazada mediáticamente, especialmente desde el grupo Prisa. Algunos conservamos heridas de aquella guerra. El adjetivo descalificativo que prefieren estas gentes de orden es el de “antisistema”. En él resumen todo lo negativo que piensan de nosotros. Solo cabe una respuesta. Sí, somos antisistema: estamos contra el sistema que protege a los privilegiados, contra el que manda a la cárcel a quien protesta y trata con guante de seda a quien roba a manos llenas, contra el que nos quita derechos para enriquecer todavía más a los ricos, contra el que construye aeropuertos donde no hay aviones, campos de golf donde no hay agua, contra el que rescata bancos y autopistas y menosprecia a las personas. Sí, somos antisistema. ¿Qué persona decente no lo es? No nos engañemos, esta guerra se libra entre la decencia y los indecentes.

Y a los indecentes les decimos lo que los indígenas de Chiapas al inicio de sus silenciosas marchas: ¿Escucharon? Es el ruido de su mundo derrumbándose. Ese ruido atronador es el que hicieron un 20% de papeletas hace pocas fechas, al golpear contra el fondo de una urna.

Juan Manuel Aragüés, profesor de Filosofía. Universidad de Zaragoza.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *