Crisis (21): ¿optimismo?

La evolución de la situación fiscal española en los últimos años es simplemente espectacular (véase el gráfico adjunto). Hasta el 2007, los ingresos (básicamente, la recaudación de los impuestos) eran superiores a los gastos, por lo que el Estado tenía un superávit de 20.000 millones de euros. La crisis hizo que, a partir del 2008, la recaudación fiscal cayera en picado y los gastos se dispararan. La consecuencia fue que, en menos de dos años, el Estado ha pasado del superávit a tener un déficit catastrófico de casi 100.000 millones. Digo catastrófico porque, cuando uno gasta más de lo que ingresa debe pedir prestado.

Y uno tiene un problema cuando el préstamo es de 100.000 y sus ingresos son sólo de 100.000. Eso supone un grandísimo riesgo de impago que los acreedores ven con pavor.

Esa es la situación de España hoy.

La pregunta es: ¿por qué se disparó el gasto y por qué cayeron los ingresos? Veamos. El gasto público ha aumentado por dos razones. La primera es que la crisis ha hecho que hasta 4,6 millones de ciudadanos estén desocupados y la factura de sus prestaciones sube a más de 40.000 millones de euros. El problema es que la regulación laboral es tan rígida que, a una empresa que ve reducidas sus ventas, le es difícil disminuir costes rebajando salarios o despidiendo a unos pocos trabajadores. Eso la obliga a incurrir en pérdidas que pueden llevarla a la quiebra. Cuando eso ocurre, no se pierden unos pocos, sino todos los puestos de trabajo, y el Estado carga con los costes de ese desempleo. Unas 300.000 empresas han tenido que cerrar desde que empezó la crisis. Claramente la regulación actual es perjudicial y hay que flexibilizarla introduciendo contratos que, sin dejar de proteger a los empleados, no desincentiven la ocupación de los desempleados.

La segunda causa es que en el 2008 el Gobierno aplicó las recetas anticuadas de Keynes (véase “Crisis (20)” del 17/ V/ 2010). Todo ese gasto inútil obviamente no ha servido para salir de la crisis y sí, en cambio, ha contribuido al estratosférico déficit público. Hay que hacer marcha atrás. Para ello, el Gobierno ya aprobó recortes que incluyen la reducción salarial a los funcionarios, pero hay que ir más allá: hay que adelgazar, flexibilizar y modernizar el Estado. El otro día, Mariona Puig Solé (una ex estudiante de la UPF a la que me gustaría dar crédito por la idea) me dijo algo interesante: en lugar de mirar lo que podemos recortar, ¿por qué no preguntamos qué partidas introduciríamos si construyéramos el Estado desde cero? ¡Bingo, Mariona! Una idea brillante, porque hay infinidad de gastos obsoletos e innecesarios que se han mantenido por inercia. Sólo un ejemplo: en el siglo XXI la gente se comunica por e-mail o SMS y no por carta, los documentos oficiales se transmiten por burofax, en lugar de enviar postales colgamos fotos en Facebook y los paquetes urgentes se envían por mensajería privada. En este mundo de hoy: ¿realmente necesitamos una empresa de correos pública? Pues eso… Y como he dicho que sólo daría un ejemplo no voy a hablar de ministerios inútiles.

En cuanto a los ingresos, también hay dos causas que explican su desplome. Por un lado, la crisis ha hecho que la actividad económica se reduzca y que hayan caído la recaudación del IRPF y el IVA entre un 30% y un 40%. Fíjense en que eso ha sucedido sin que los tipos impositivos se hayan movido ni un milímetro. Para que la recaudación del IRPF e IVA vuelva a sus niveles de precrisis, no se pueden subir los impuestos un 30% o 40%, ya que eso hundiría la economía en la miseria. Lo que hay que conseguir es que la renta y el valor añadido vuelvan a crecer y recuperen los niveles del 2006. Para fomentar el crecimiento, no sólo los tipos impositivos no deben subir (y recuerden que el IVA subirá dos puntos dentro de dos semanas), sino que hay que llevar a cabo otras transformaciones estructurales como un sistema educativo que prepare mejor a los trabajadores, un sistema financiero que dedique menos recursos al sector inmobiliario y más a empresas productivas y un marco regulador menos ofuscado por la moda ecosostenible y más interesado en la competitividad.

El segundo factor que explica la reducción dramática de los ingresos del Estado es la evasión fiscal: una reducción de la actividad económica de un 5% no puede ir acompañada de una caída de la recaudación fiscal de entre el 30% y el 40% sin que muchos ciudadanos hayan decidido no pagar sus impuestos. Es obligación del Gobierno perseguir esas prácticas y eliminar la economía sumergida.

Dicho esto, ¿en qué punto está España? Pues todavía lejos de solucionar todos los problemas pero mucho más cerca que hace unas semanas: después de dos años rezando a la Virgen María para que la crisis acabara por sí sola y anunciando falsos “brotes verdes”, parece que por fin el Ejecutivo y el país en general se han dado cuenta de que hay que ponerse las pilas. Ya se ha reducido el gasto y se está tramitando una (tímida) reforma del mercado laboral cuyos detalles finales no conozco en el momento de escribir este artículo. Y eso está muy bien. Pero hay que ir más allá. Gobierno y oposición deben unirse y aprovechar la sensación generalizada de que es la hora de hacer los deberes para hacerlos y hacerlos de verdad. Si no lo consiguen, España se parecerá cada vez más a ese Japón que ha estado en crisis durante 20 años. Y si lo hacen, podremos, por primera vez desde que estalló la tormenta perfecta, ver la situación económica con un poco de… ¿optimismo?

Xavier Sala i Martín, Columbia University, UPF y Fundació Umbele.


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