Crisis (23): salvando la cabeza

Desde esta columna advertíamos en febrero del 2009 del peligro que planeaba sobre las economías del mundo: el déficit público. Se veía claro que los gobiernos no estaban solucionando los problemas de fondo, sino que simplemente ponían parches a base de endeudarse, amparándose en una teoría keynesiana caduca. “Llegará el momento en que esa deuda se tendrá que pagar y eso tendrá nefastas consecuencias económicas”, decíamos hace casi dos años. Pues bien, ese “momento” ya ha llegado y, efectivamente, las consecuencias son nefastas.

En Europa, el primer gran problema lo tuvo Grecia, un país con un dilatado currículum de irresponsabilidad fiscal y del que los mercados llevan años desconfiando. Después le llegó el turno a Irlanda, que hasta mediados de los noventa era uno de los estados más pobres de la UE pero que, en 1995, introdujo profundas reformas: se estableció un marco económico atractivo para que empresas extranjeras de alta tecnología como Dell, Intel o Microsoft, se instalaran allí (la medida estrella para conseguirlo era un impuesto de sociedades del 12,5% cuando en España es del 30%) y lo consiguieron. El éxito económico no tenía precedentes y con unas tasas de crecimiento del 11%, la renta de los irlandeses consiguió llegar a ser una de las más altas de Europa en sólo dos décadas. Algunos compararon a Irlanda con los milagros asiáticos. Incluso la rebautizaron como “el tigre celta”.

El enriquecimiento hizo que muchos irlandeses compraran viviendas. Eso creó una burbuja inmobiliaria parecida a la española, con un sistema bancario que (como el español) se endeudaba para prestar a familias, constructoras y promotoras. Cuando la burbuja estalló, los bancos quedaron al borde de la insolvencia con miles de millones de créditos impagados. Y entonces el Gobierno cometió un error garrafal: aseguró a los inversores que el Estado se haría responsable de la deuda si los bancos no podían pagar (¡qué manía tienen los gobiernos de salvar a los bancos que no saben hacer bien sus negocios!). Cuando estos quebraron, el Gobierno tuvo que cumplir su promesa y asumir sus deudas, provocando un déficit público del 32% del PIB. Eso sólo se podía asumir con el auxilio de Europa.

Lo que nos lleva a la siguiente pieza del dominó: una vez rescatada Irlanda, los mercados se han cebado con España. El pánico de finales de noviembre pareció desaparecer la semana pasada cuando el Banco Central Europeo se puso a imprimir euros para comprar deuda española. Eso calmó los ánimos… momentáneamente. Yes que las ayudas del BCE serán limitadas porque imprimir dinero genera inflación y eso no gusta a los hermanos de la Europa del Norte. Tarde o temprano, pues, el miedo volverá y entonces España deberá recortar su gargantuesco déficit fiscal. No hay más. El problema es que, a diferencia de Irlanda, España no tiene un especial atractivo para las empresas de alta tecnología. Y a diferencia de Irlanda, el déficit español no es fruto de una ayuda irresponsable pero coyuntural a una banca que se hundía: es fruto de una gigantesca tasa de paro que se come 40.000 millones de euros al año, de una miríada de gastos inútiles en un sector público sobredimensionado y de una caída en picado de la recaudación que no se recuperará hasta que la economía vuelva a crecer. Y eso no sucederá hasta que se reforme en profundidad.

¡Sí! El Gobierno ya ha introducido ciertas reformas: ha reducido la fiscalidad a las pymes, ha eliminado la contribución obligatoria a las cámaras de comercio y ha facilitado la creación de empresas de 3.000 euros. Para recaudar dinero también ha decidido vender el 49% de los aeropuertos, el 30% de las loterías y aumentar los impuestos al tabaco. Todo eso está bien…, ¡pero no es suficiente! Hay que racionalizar esa regulación que hace que España ocupe la posición 49 del Doing Business, eliminar las barreras que impiden la creación de empleo, reducir el gasto público innecesario, adecuar el sistema educativo a las necesidades y disponibilidades tecnológicas actuales, agilizar el sistema judicial y sanear el sistema financiero. En definitiva, hay que hacer muchas cosas y muy complicadas. ¿Es imposible? No: Finlandia y Suecia tuvieron crisis peores que la española a principios de los noventa y lo hicieron. ¿Que dicen que las reformas no van a tener consecuencias hasta dentro de algunos años? No es verdad. Algunas reformas, como la educativa, van a tardar en dar sus resultados, pero otras, como la desregulación, van a tener efectos inmediatos. Además, que las reformas tarden en dar frutos no es razón para no acometerlas: si se hubieran hecho cuando empezó la crisis hace tres años (¡tres años!), ya estarían funcionando. Se acabó el escudarse tras el “tardarán demasiado” para no hacer nada.

Y acabo con una reflexión política: el presidente Zapatero debe saber que si no actúa, está muerto: esta crisis no se acabará por sí sola antes de las elecciones, por lo que, si no reforma, no sólo perderá la silla, sino que pasará a la historia como el presidente que no hizo nada mientras su país se hundía. Ante esa tesitura, sólo tiene una opción: ser valiente y acometer las reformas necesarias. Si no tengo razón y fracasan, él seguirá estando muerto. Pierde poco. Si tengo razón, pero los efectos de las reformas no se notan hasta después de las elecciones, pasará a la historia como el padre de la gran transformación que dio lugar al “tigre ibérico”. No está mal. Y si tengo razón y algunas reformas tienen efectos inmediatos, podría acabar salvando la cabeza.

Xavier Sala I Martín, Columbia University, UPF y Fundació Umbele.