Crisis (24): euroincompetencia

No sé si debería ser motivo de celebración, pero lo diré igualmente. Hoy se cumple el primer aniversario del evento que marcó el inicio de la crisis de deuda soberana europea: el rescate de Grecia. ¡Sí! Ya ha pasado un año de esa conocida intervención. Y digo que no sé si hay que celebrarlo porque el rescate ha sido un clamoroso fracaso. De hecho, un fracaso que estaba escrito porque era obvio que nuestras autoridades políticas se equivocaban en lo principal: ¡el diagnóstico! Efectivamente, pensaron que Grecia tenía problemas de liquidez cuando los tenía de solvencia. Me explico.

A veces los gobiernos (y las empresas) no pueden amortizar los intereses de sus deudas porque tienen pequeños problemas de liquidez.

Eso pasa, por ejemplo, cuando uno tiene que pagar 1.000 euros el 15 de junio y no los tiene disponibles… pero sabe que le van a llegar 5.000 euros el 30 de julio. Ese problema de liquidez o tesorería se puede arreglar con un crédito temporal de 1.000 euros. Sencillo.

Otras veces, uno se ha endeudado tanto que le es imposible pagar las deudas incluso si vende todo lo que tiene o dedica todos sus ingresos a pagar a los acreedores. Cuando sucede eso, se dice que uno es insolvente o que su deuda es insostenible. Fíjense que en este caso un crédito adicional no soluciona nada. Al contrario: agrava todavía más las cosas, dado que aumenta una deuda que ya de por sí es impagable.

Existe la posibilidad de que un problema de liquidez se transforme en un problema de insolvencia cuando, por ejemplo, el crédito que uno pide para solucionar la falta de liquidez temporal tiene unos tipos de interés tan altos que acaban produciendo pérdidas que le obligan a endeudarse todavía más, y hacer así una bola de nieve de créditos que acaban por ser insostenibles.

Y eso es exactamente lo que las autoridades europeas diagnosticaron para Grecia en el 2010: la presunta falta de liquidez estaba poniendo nerviosos a los mercados y estos sólo le concedían créditos a unos intereses (o prima de riesgo) tan altos que amenazaban con convertir su deuda en insostenible. Para salvar la situación, los gobiernos de Europa crearon un fondo de rescate con el que dieron un crédito de 110.000 millones de euros a tipos de interés inferiores a los de mercado. Con ello, pensaron, Grecia obtendría la liquidez necesaria para pagar a sus acreedores a corto plazo y eso calmaría a los mercados y solucionaría la situación. A cambio, Grecia se comprometía a reducir su déficit fiscal imponiendo recortes de gasto y aumentos de impuestos.

Ha pasado un año y se ve claramente que ese diagnóstico estaba equivocado: el problema de Grecia no era de liquidez temporal, sino de insolvencia. Parece que el Gobierno había maquillado las cuentas y su deuda (145% del PIB) y su déficit (10,5% del PIB) son mucho más grandes de lo que se nos había dicho. De hecho, son tan grandes que su Gobierno es insolvente. El problema viene de lejos, y es que Grecia nunca debió ser admitida al euro ya que nunca cumplió los criterios de Maastricht. A pesar de ello, unas autoridades europeas ansiosas por ampliar la influencia del euro y combatir así la hegemonía del dólar hicieron la vista gorda y la colaron por la puerta de atrás. La coraza del euro permitió a los griegos pedir prestado a tipos de interés parecidos a los alemanes. Y claro, dejar que un malgastador compulsivo obtenga crédito a tipos de interés reducidos es como dejar a un niño en una fábrica de golosinas: los griegos se endeudaron tanto que, en la actualidad, no hay ninguna previsión razonable de ingresos que indique que Grecia va a poder pagar su deuda en los plazos acordados. Su deuda pública es, pues, insostenible.

Lógicamente, un nuevo plan de rescate con una ampliación del préstamo por parte de Europa o del FMI no sólo no arreglaría nada, sino que empeoraría las cosas. Hay que hacer algo distinto. La pregunta es: ¿qué? Pues mucho me temo que la única alternativa es la reestructuración de la deuda. Es decir, hay que renegociar con los acreedores y explicarles que, de entrada, se van a tener que alargar los plazos de pago y se van a tener que rebajar los intereses. En última instancia, quizá se va a tener que condonar una parte de la deuda total. Eso permitirá a Grecia pagar menos dinero y convertirá su deuda en sostenible.

Aunque la reestructuración es necesaria, el gobernador del Banco Central Europeo, Jean-Claude Trichet, no parece dispuesto a aceptarla. La razón es que los acreedores de Grecia son principalmente unos bancos europeos que ya tienen problemas de morosidad inmobiliaria, y teme que algunos de ellos pueden quebrar si Grecia no paga.

El problema para Trichet y para la banca a la que intenta proteger es que no hay alternativa: si no se renegocian los términos de la deuda griega, no van a cobrar nada, y eso sería mucho peor. Los bancos que se equivocaron al prestar dinero  a un Gobierno irresponsable deben pagar por sus errores cobrando menos y más tarde. Es la ley del mercado: cuando lo haces bien ganas y cuando lo haces mal pierdes.

Dicho esto, tampoco estaría mal que los líderes políticos europeos responsables de la cadena de errores que han llevado a la situación actual – desde la admisión de Grecia al euro cuando no cumplía los criterios de Maastricht hasta el diagnóstico equivocado del 2010, pasando por las garantías de rescate que permitieron a los griegos endeudarse más de la cuenta-también pagaran un precio por su torpeza. Ha llegado la hora de castigar la euroincompetencia.

Por Xavier Sala i Martín, Universidad de Columbia, UPF y Fundació Umbele.

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