Crisis (35): la bomba de relojería

Cuando la economía española crecía gracias a la burbuja inmobiliaria, dos presidentes de Gobierno (Aznar y Zapatero) se pasearon por el mundo dando lecciones de gestión macroeconómica. ¿Lo recuerdan? Eran los tiempos de la Championlí. Últimamente, sin embargo, España no sólo ya no puede dar lecciones de nada, sino que es utilizada como ejemplo del desastre que evitar. ¡Todos los candidatos a las elecciones francesas lo han hecho!

Sin querer defender la gestión de los líderes españoles (más que nada porque es indefendible), me gustaría explicarles a los candidatos franceses que quien gane presidirá un país completamente arruinado. ¿Quieren datos? Empecemos: Francia tiene casi el doble de funcionarios per cápita que Alemania (90 por cada 1.000 habitantes en comparación de 50 en Alemania) y un Estado del bienestar insostenible. El gasto público sobrepasa el 56% del PIB, muy por encima de la media de la OCDE (43%), España (41%), Alemania y Gran Bretaña el 50% o incluso Suecia (53%).

La deuda pública se sitúa por encima del 90% del PIB y subiendo rápidamente gracias a un déficit público de 5,2% anual. Algunas empresas de rating ya le ha quitado su estimada triple A y, poco a poco, Francia está dejando de estar en el centro del euro para situarse en la periferia. Todo eso sucede en un entorno en que las empresas más productivas ya se están escapando de Francia (y el ritmo de desaparición se acelerará si el socialista Hollande gana e implementa su populista propuesta de IRPF del ¡75%!) y que la competitividad del país lleva años cayendo: durante la última década, los costes laborales unitarios han subido un 21% en Francia mientras que solamente han subido un 5% en Alemania. Según el índice Doing Business elaborado por el Banco Mundial, Francia ocupa la posición 29 del mundo al lado de la maltrecha Portugal y la posición 79 en cuanto a la protección de los inversores o la 149 en cuanto a la dificultad de compraventa de bienes inmobiliarios, naves industriales, etcétera. Según el Índice de Competitividad Global del World Economic Forum de Davos, Francia ocupa el puesto 113 de un total de 144 países en cuanto a flexibilidad laboral.

Además, la sociedad francesa no está dotando a sus jóvenes de herramientas para salir del pozo. Del sistema universitario que maravilló al mundo hace medio siglo queda ya poca cosa: según el ranking ARWU, no hay ninguna universidad francesa entre las 35 mejores del mundo y solo 3 entre las top 100 (Estados Unidos tiene 8 de las 10 mejores y 54 de las top 100 y Gran Bretaña tiene 2 de las 10 mejores y 11 entre las top 100). Francia también ha perdido, pues, su liderazgo intelectual. Además, el sistema de integración de inmigrantes ha sido un solemne fracaso que ha generado unas banlieues repletas de marginados sin futuro que de vez en cuando explotan en olas de violencia callejera de difícil contención.¿Son esos los jóvenes que van a sacar a Francia adelante?

Pero los problemas de Francia no acaban aquí porque sus ciudadanos demandan más protección y subvenciones para no tener que trabajar y competir. Todos hemos visto al líder de los agricultores convertido en el Astérix del siglo XXI, José Bové, quemando McDonald’s, bloqueando carreteras y autopistas, incendiando camiones que transportaban tomates españoles o arrancando campos de maíz transgénico. Por no hablar de las asociaciones de padres de alumnos haciendo huelga contra los deberes porque “crean desigualdades entre los niños que tienen padres que les pueden ayudar y los que no”. El problema no es que los ciudadanos más chiflados de un país hagan las demandas más extravagantes a través de la violencia, la extorsión y el chantaje. ¡El problema es que, en Francia, lo consiguen!

Y es que las autoridades francesas nunca han dudado en declarar “sector estratégico” protegido a todo aquel que es ineficiente e incapaz de competir con los mejores. Pero la protección es mala. Piensen qué pasaría si, para conseguir que los tenistas franceses ganaran Roland Garros, se impidiera la participación de Federer, Djokovic y Nadal. ¡Sí! Se conseguiría que finalmente un francés ganara el trofeo francés… pero no hay duda de que la calidad del tenis francés caería en picado hasta el punto de que sus tenistas no ganarían ningún otro torneo de la ATP. Además, los consumidores dejarían de asistir a Roland Garros, convertido en un torneo devaluado y de segunda categoría. Todo esto tan obvio también pasa con el proteccionismo del resto de la economía: la falta de competencia reduce la competitividad y perjudica a los consumidores con productos más caros y de menos calidad.

Se mire como se mire, pues, Francia es un país cada vez menos atractivo para los inversores internacionales y no es de extrañar que sus exportaciones se hayan estancado en un momento en el que las alemanas llegan a máximos históricos. Francia tiene un serio problema económico y su próximo presidente, sea quien sea, va a tener que poner fin a toda esa orgía derrochadora insostenible y hacer las reformas que acometieron alemanes y suecos hace 10 años. Y cuando lo haga, Francia caerá en una recesión profunda como la que sufre España, una recesión que puede arrastrar al resto de Europa hacia un rescate que no puede pagar.

Sarkozy es un hombre bajito que se pone zapatos de talón para parecer más alto. Esos zapatos de talón simbolizan la Francia actual: un país con unos aires de grandeza que no consiguen ocultar un país decadente, arruinado y convertido en una verdadera bomba de relojería.

Xavier Sala i Martín. Columbia University, UPF y Fundació Umbele.

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