Crisis (36): el problema es el Gobierno

A ver si nos aclaramos de una vez: aunque no hubiera habido crisis financiera en Estados Unidos, España habría tenido los problemas que tiene porque su recesión no tiene nada que ver con la americana. Algunos expertos explican que esta crisis ha demostrado el fracaso de la liberalización que permitió que los codiciosos banqueros de Wall Street crearan esos bonos tóxicos subprime que han causado la crisis. Pequeño problema para esta teoría: ¡en España no había ni un solo bono tóxico subprime!

Y no lo había porque el Banco de España los había prohibido lo que, en el 2009, le valió las alabanzas de multitud de analistas (algunos con premio Nobel incorporado) que pusieron al regulador español como ejemplo para todo el mundo. Pequeño problema para esta teoría: ese sistema “ejemplarmente regulado” colapsó miserablemente unos meses después, porque el problema de España no tenía nada que ver con la desregulación financiera sino, más bien, con la pésima gestión pública.

Me explico. La obsesión del Gobierno por formar parte del euro hizo que los españoles tuvieron acceso a un crédito barato que no reflejaba su verdadero riesgo. Eso generó la burbuja inmobiliaria: la gente pedía prestado a tipos irrisorios para comprar viviendas, cosa que hacía subir los precios de los inmuebles, cosa que atraía a promotoras y constructoras que contrataban a trabajadores a salarios elevados y, de paso, ponían presión sobre los salarios del resto de la economía. Esos trabajadores iban a restaurantes, compraban ropa cara y coches de lujo y hacían girar la gran rueda de la macroeconomía.

Los bancos, cegados por la bonanza, prestaban a compradores y vendedores y se endeudaban ellos mismos para poder prestar aún más. Las empresas creyeron que hacerse rico era fácil y dejaron de mejorar la productividad de sus negocios porque no pensaron que la demanda generada por la burbuja era temporal.

Pero la burbuja también cegó a los gobiernos cuyos presidentes corrieron a ponerse las braguitas rojas y la capa de Superman y volaron por todo el mundo dando lecciones de gestión económica. Mientras tanto, olvidaron las inversiones de largo plazo que debían mejorar la competitividad y dilapidaron los extraordinarios ingresos fiscales con despilfarro y un sector público sobredimensionado. Incluso se jactaban de mantener superávits sin darse cuenta de que sus ingresos dependían de una burbuja que, tarde o temprano, tenía que explotar.

Y la burbuja estalló. La recaudación artificialmente alta desapareció y surgió el monstruoso déficit público que nos está ahogando. Pero lejos de solucionar el problema, los errores del Gobierno continuaron. El más flagrante de todos fue que no supo solucionar el problema bancario. El estallido de la burbuja dejó a los bancos con grandes deudas y enormes cantidades de terrenos y pisos a medio construir. Eso ha hecho que algunos de ellos fueran, de facto, insolventes. Para solucionar el problema se fomentaron las fusiones pero eso fracasó porque cuando se unen dos bancos con agujeros medianos, no se obtiene un banco sin agujeros sino un banco con un agujero grande. Se intentó la recapitalización con capital privado y eso tampoco funcionó porque nadie sabe el verdadero valor de los activos inmobiliarios en manos de los bancos.

Llegados a este punto sólo hay dos alternativas. O se deja quebrar a los bancos o alguien pone dinero público para rescatarlos. En más de una ocasión he dicho que soy partidario de dejarlos quebrar, protegiendo a los depositantes pero no a los acreedores y a los accionistas. Eso es lo que hemos hecho con miles de empresas desde que ha empezado la crisis. Si quebrara un banco, habría un pánico y el crédito desaparecería durante unas semanas… ¡pero fíjense que el crédito ya ha desaparecido por lo que peor que ahora no estaríamos!

El problema es que el Gobierno ha cometido el error de decir que los bancos son “demasiado importantes para quebrar” y no dejará que ninguno lo haga. Una vez constatados los fracasos de las alternativas, eso quiere decir que el sector público deberá poner entre 50.000 y 200.000 millones de euros (entre un 5% y 20% del PIB español). ¿Por qué no lo hace? Pues porque eso se sumaría a ese déficit que ya es desorbitado y el Gobierno no se atreve por lo que sigue mareando la perdiz con el cuento de las fusiones que no llevan a ninguna parte. Mientras tanto, a los insolventes ni se les deja quebrar ni se les rescata por lo que se han convertido en unos bancos zombis, sin recursos, que ni prestan ni dejan prestar, cosa que impide la recuperación. ¡Y llevamos ya cinco años de paralizante indefinición!

Una posible solución sería que el dinero público no fuera español sino europeo. Es decir, se podrían utilizar los fondos que los europeos crearon para rescatar países y destinarlos a rescatar bancos. Al fin y al cabo, es más barato para los europeos rescatar a la banca española que rescatar al país entero. Naturalmente, España perdería el control de esos bancos, pero se ahorraría financiar el rescate con cargo a un déficit cada vez más insostenible. Es más, habría una importante ventaja política: los españoles no verían cómo sus impuestos se destinan a rescatar bancos en un momento en que se recortan servicios públicos.

La moraleja es que existen soluciones a los problemas a los que nos enfrentamos, pero todas ellas pasan por diagnosticar bien la enfermedad. Y el problema que tenemos no es ese mercado contra el que el Gobierno nos debe proteger. ¡El problema es el propio Gobierno!

Por Xavier Sala i Martín, Columbia University, UPF y Fundació Umbele.

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