Crisis (46): Evasión fiscal

Entramos en el sexto año de crisis en España sin perspectivas de solución. Lo que empezó siendo una caída de la construcción se convirtió en una recesión financiera y ha acabado siendo un monumental remolino fiscal: la política de austeridad para cerrar el déficit agrava la recesión y eso, a su vez, reduce la recaudación, cosa que empeora el déficit, lo que conlleva más austeridad. Toda una espiral negativa de la que va a ser muy difícil salir.

En el centro del remolino está la evasión fiscal. Entre el 2008 y el 2009, la actividad económica cayó cerca del 4%, mientras que la recaudación se desplomó casi un 40%. Claramente hay un problema de fraude y, sin embargo, casi nadie se pregunta: ¿por qué la gente evade impuestos? El pequeño gran libro llamado ¿Por qué mentimos?, de Dan Ariely, un economista de la conducta preocupado por el problema de la deshonestidad, nos da algunas pistas.

Ariely explica que, si bien es verdad que en el mundo hay unas pocas personas que cometen grandes estafas (Bernie Madoff, Fèlix Millet, Mario Conde, etcétera), la verdad es que lo que roban esos grandes malhechores es poco comparado con lo que se roba cada día en el mundo. La mayor parte lo sustraen personas normales que se consideran honestas y lo hacen en pequeñas cantidades. De hecho, según Ariely, el 98% de la población cometemos pequeños actos de deshonestidad: nos llevamos material de la oficina, bajamos ilegalmente música de internet, fotocopiamos libros, simulamos penalti cuando jugamos a fútbol o movemos la bola cuando jugamos a golf.

La teoría de Ariely, basada en la psicología, postula que la gente quiere dos cosas aparentemente contradictorias: por un lado, quiere tener la autoestima de verse a sí misma como honesta y honorable. Por otro lado, quiere disfrutar de los beneficios de hacer trampas. Digo que estos dos objetivos parecen contradictorios porque cuando uno es deshonesto, obtiene el beneficio del engaño pero pierde autoesti-

X. SALA i MARTÍN, ma. Y cuando es honesto, tiene una buena imagen de sí mismo, pero no obtiene el beneficio de la trampa. La teoría de Ariely es que, gracias a la psicología cognitiva flexible, el ser humano es capaz de compaginar los dos objetivos aparentemente contradictorios autojustificando pequeñas dosis de trampa: cuando robamos un bolígrafo de la oficina, nos autoconvencemos de que es para trabajar en casa. Cuando nuestro jugador simula un penalti, pensamos que es legal si el árbitro no lo ve. Racionalizamos la deshonestidad.

Ariely comprueba sus teorías con experimentos. En uno de los más famosos, hace que 100 estudiantes solucionen 10 problemas matemáticos en un papel durante 5 minutos y les da 50 céntimos por cada acierto. A la mitad de los estudiantes, escogidos aleatoriamente, el profesor les corrige los resultados. A la otra mitad se le pide que se autoevalúe e informe del número de aciertos. Además, se les permite que destruyan los papeles para que nadie pueda comprobar si dicen la verdad. Los resultados son sorprendentes: la media de aciertos en el grupo corregido por el profesor es de cuatro, mientras que la del grupo autoevaluado es de seis. Es decir, cuando no hay manera de comprobar si mienten, ¡casi todos los estudiantes son deshonestos e inflan sus resultados (y por lo tanto sus premios) en un 50%!

Lo interesante es que cuando se repite el experimento y, en lugar de 50 céntimos se pagan 10 dólares por cada acierto, los estudiantes tramposos no inflan más sino menos. Exagerar resultados para “robar” un dólar adicional te permite seguir sintiéndote honesto pero “robar” 20 dólares ya no. La deshonestidad es más justificable si es pequeña.

En otro experimento Ariely pone en medio del grupo que se autoevalúa a un estudiante-actor que, al cabo de un minuto, se levanta y anuncia que ha solucionado los 10 problemas, cosa que es absolutamente imposible. Los demás estudiantes, al ver que ese mini-Madoff hace trampas, automáticamente inflan en un 50% adicional su número de aciertos. La deshonestidad parece contagiarse. Lo que nos lleva de nuevo al fraude fiscal. Cuando se trata de engañar al fisco, también es cierto que unos pocos listillos evaden enormes cantidades de impuestos, pero la mayoría del dinero que el Estado deja de recaudar es evadido en pequeñas cantidades por la mayoría de los ciudadanos: los que no pagan el IVA del electricista, hinchan los gastos deducibles, compran la mitad de la vivienda en negro o no declaran las propinas, el salario de la mujer de la limpieza o la canguro de los niños.

Todos esos contribuyentes encuentran maneras de racionalizar sus pequeñas evasiones fiscales. Este proceso de autojustificación es especialmente sencillo en países como España, donde la gente ve que la casta política ha dilapidado cantidades ingentes de dinero en obras públicas inútiles, que los casos de corrupción se destapan con preocupante frecuencia, que los vecinos de uno evaden sin rubor y con total impunidad, que hay gente que abusa del PER, el Pirmi o prestaciones de desempleo o que el ministro de Hacienda argumenta que se ve “obligado” a subir el IVA a los que cumplen porque hay algunos listillos que no cumplen.

Además de poner más inspectores o de aumentar los castigos, pues, quizá lo que debería hacer el presidente del Gobierno es mirar a los ojos de los ciudadanos y explicarles por qué pagar impuestos no es tirar el dinero. Si consigue hacerlo convincentemente, reducirá el margen para la autojustificación. El problema es que no lo conseguirá porque se le va a escapar la risa en el intento. Y ese es el verdadero drama de la evasión fiscal.

Xavier Sala i Martín

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *