Crisis con demagogia

La crisis está resultando la coartada perfecta para que Gobierno y oposición, patronal y sindicatos, entidades financieras y consumidores den rienda suelta a cuanto se les ocurre, o a lo que les interesa decir, en una feria en la que todo vale y hasta parece justificado por efecto de la recesión. También los comentaristas de la actualidad contamos con nuestros particulares puestos en este recinto ferial, por lo general en anexos de los stands que ocupan los principales protagonistas. Somos los valedores del discurso recurrente de la izquierda, o de los elocuentes silencios de la banca, o del confuso relato que la derecha hace de las causas y soluciones de la crisis. Escribimos reivindicaciones sin fin en el aire, porque resulta gratis, o acallamos demandas alegando que los tiempos no están para eso, sin detenernos a valorar si son justas, e incluso hacemos ambas cosas a la vez. Por qué no. Es la feria de la demagogia, en la que tendemos a incurrir cuando los problemas no tienen solución o no resulta fácil encontrarles una salida.

Podemos, por ejemplo, alegar que el Gobierno debería esforzarse en crear empleo más que en incrementar la cobertura a los parados sin saber, ni por aproximación, cómo podría conseguir eso. O podemos cargar contra las entidades financieras exigiéndoles que renuncien a la restricción crediticia sin siquiera imaginar qué consecuencias podría acarrear un dinero de más fácil acceso. También podemos hacernos eco del cambio en el patrón de crecimiento propugnado por todos, como si bastase con enunciar el nuevo paradigma, sin concretar sus bases, para dar paso a un tiempo nuevo. Los comentaristas contribuimos a que la demagogia pase a formar parte del paisaje de la crisis. Pero su origen se encuentra, por ejemplo, en la desfachatez con la que los responsables de la economía financiera en EE. UU. han pasado a repartirse los beneficios de su buen hacer durante los largos meses de recesión. Aunque también, y en un sentido más doméstico, en la tendencia mostrada por el Gobierno de Rodríguez Zapatero para repartir de vez en cuando los remanentes públicos de manera sospechosamente populista.

Forma parte de la demagogia concluir que nada ha de cambiar en cuanto a las primas de los ejecutivos de las finanzas porque sería imposible contratarlos en otras condiciones. Pero también alimenta la demagogia el recurso empleado por José Blanco de apelar a una mayor responsabilidad fiscal por parte de quienes más ingresos tienen, reconduciendo las respuestas a la crisis hacia una suerte de lucha de clases cuyos lindes serían muy difíciles de dibujar en la España actual.

La banca tiene argumentos para la restricción que serían menos demagógicos si asumiese su parte de responsabilidad en la facilidad con la que concedía los créditos en los años de bonanza. El sindicalismo podría enrocarse con más razón en torno a sus propios postulados si se mostrara más dispuesto a promover la congelación en la acumulación de derechos por parte de los trabajadores con empleo más estable, empezando por los funcionarios. Los empresarios tendrían más credibilidad a la hora de proponer la reforma del mercado de trabajo si, por su parte, promoviesen alguna moratoria en cuanto a los beneficios para los accionistas, a los que parecen tener derecho inamovible.

Toda crítica a la demagogia empleada en torno a la crisis entraña riesgos de incurrir también en demagogia, alimentando la espiral de la falacia. De manera que no cabe otra salida a la crisis y sus consecuencias sociales que la de un pacto contra la demagogia.

Un acuerdo general en la que los protagonistas del diálogo social y del contrato que mueve la economía o las relaciones laborales se comprometan a no hacer uso de la demagogia para escurrir el bulto y dibujar como racionales escenarios que sólo responden a un interés de parte.

Dado que tal pacto sería muy difícil de arbitrar, imaginémonos por un instante que todas las voces que se pronuncian habitualmente sobre la crisis convirtieran el diálogo de sordos que representan en una mutua acusación de demagogia; eso sí, argumentada.

Dado que hasta ahora no hemos sido capaces de definir respuestas concretas y de identificar compromisos precisos para salir de la crisis lo más airosos posible, quizá el reproche generalizado de demagogia obligaría a cada cual a esmerarse con las soluciones que propone sin renunciar a sus particulares aspiraciones.

Dado que hasta el llamado interés general constituye una formulación a menudo demagógica, quizá así fuese posible definir el interés común como una muestra más laica y menos falaz de hallar las vías de salida hacia la reactivación de la economía española.

Kepa Aulestia