Crisis en la aldea global

Leí por primera vez a Marshall McLuhan a principios de los años setenta –como muchos compañeros de la Escuela Diplomática– aconsejado por el profesor Luis González Seara. Confieso que la mayoría de sus ideas, más que convencerme, me seducían. McLuhan parecía un visionario cuando anunciaba el fin de la galaxia Gutenberg, la eclosión de la comunicación de masas por medios eléctricos, la distinción entre medios fríos y calientes –y el corolario, aunque lo enunciara antes, según el cual el medio es el mensaje–, o el fin de la forma lineal de pensar.

Pero su caracterización de lo que él mismo comenzó a llamar la «aldea global», me convenció y subyugó desde el principio. Recordemos que McLuhan barrunta estas ideas en sus primeros ensayos aunque no las desarrolla plenamente hasta la década de los sesenta, en particular, en «The Gutenberg Galaxy» (1962) y en «Understanding Media» (1964). Pero en época tan temprana como 1960 McLuhan, afirma, con su provocador lenguaje, que «la ciudad no existe ya, excepto en forma de centro cultural para turistas. Cualquier parador de carretera con su aparato de televisión, periódico y revista es tan cosmopolita como Nueva York o París».

Todas estas ideas han vuelto a mi mente leyendo un ensayo de Darío Villanueva que lleva el expresivo título de «Después de la Galaxia Gutenberg y de la Galaxia McLuhan». Escrito hace ya diez años, en este premonitorio trabajo el actual director de la Real Academia Española caracteriza y acota, con una claridad muy de agradecer, las cinco galaxias de comunicación en las que la Humanidad ha vivido hasta ahora: la oralidad, la escritura alfabética, la imprenta, los medios eléctricos y los medios digitales. (La tercera sería, naturalmente, la que McLuhan bautizó como Galaxia Gutenberg y la cuarta la que el autor, siguiendo a los filósofos de la transmodernidad, llama Galaxia McLuhan). Particularmente interesante resulta la reflexión que Villanueva hace sobre la aldea global –hilo conductor de su discurso– que, en el pensamiento macluhiano, sería el resultado de los medios de comunicación eléctricos (radio, televisión…), y que, entre otras cosas, nos habría devuelto al gregarismo del que nos habían liberado Gutenberg y las naciones modernas.

McLuhan –fallecido en 1980– habría «alucinado» si hubiera llegado a vivir en la galaxia digital, porque la verdadera aldea global es la que ha traído consigo internet. No ya porque hoy podamos «chatear» instantáneamente con un residente en Nueva Zelanda y otro en Argentina, leer sus periódicos y ver sus televisiones al mismo tiempo que ellos, sino por algo, en mi opinión, más profundo: porque los fenómenos de la economía colaborativa (o compartida) propiciados por internet –que crecen a pasos agigantados– se basan en una confianza similar a la que generaba el conocimiento recíproco entre las personas que vivían en la misma aldea tradicional. Un usuario de una plataforma de alquiler o de intercambio de viviendas, o de una plataforma que permita compartir automóviles –por no hablar de otros servicios y encuentros que proporciona la red–, es consciente de que si no cumple las reglas establecidas, estando identificado, perderá la confianza del grupo, lo mismo que ocurría en la aldea, y no tendrá ahora la escapatoria de emigrar a otra porque ya no existe (hasta que acierte la apuesta ese gran divulgador de las ciencias del universo que es Christophe Galfard y encontremos vida, digamos, en Encélado). El castigo reputacional tiene hoy dimensión mundial, pues la aldea global nos ha traído la pérdida del anonimato que permitía la ciudad tradicional. («Au village sans prétention / j’ai mauvaise réputation», cantaba Georges Brassens).

Y, sin embargo, lo paradójico es que, con creciente intensidad, internet está permitiendo la aparición de un nuevo anonimato. No me refiero a aquellos que utilizan alias –incluso varios diferentes– en las redes sociales, conducta, en sí misma, inocua, sino a los que se sirven de sofisticados sistemas para impedir su identificación por los proveedores de infraestructuras y de servicios, haciendo así posible una impunidad desde la que cometer delitos que pueden ir del reclutamiento de terroristas a las estafas, pasando por las amenazas o los acosos.

Vint Cerf, uno de los padres de internet, acaba de alertar sobre estos abusos, reconociendo que hoy están generalizados, siendo así que, hace apenas cuatro años, él mismo declaraba –como tantos norteamericanos– que la gente debía tener la posibilidad de hablar anónimamente en el ciberespacio. Hoy Cerf defiende la necesidad de una regulación que impida estos abusos. Y, en un arranque de humildad, acaba de escribir que construir este marco legal «is more complex even that building the internet». Puede ser una exageración pero da una idea de la magnitud del problema.

En varios países, y también en España, están surgiendo iniciativas para poner fin a estos abusos. Así, una proposición no de ley presentada recientemente por el Partido Popular en el Congreso solicita del Gobierno, entre otras cosas, «acabar definitivamente con la impunidad del anonimato en internet, en el caso de un posible delito».

El problema es que las iniciativas legislativas nacionales pretenden, porque lo necesitan para ser efectivas, tener efecto más allá de sus fronteras, chocando así con la soberanía de otros Estados. Por eso, en la reciente conferencia de Ottawa sobre Global Internet & Jurisdiction, el mismo Cerf ha dicho también que el final de los abusos de internet solo podrá venir de aplicar el mismo espíritu de colaboración transfronteriza que llevó a su creación, en un marco de cooperación multilateral. Las iniciativas nacionales, como la citada, debieran servir para que las distintas fuerzas políticas, la sociedad civil, los usuarios y las empresas, y todas las instituciones, inicien un gran debate nacional y presenten sus posiciones razonadas. Pero la prudencia parece aconsejar posponer la regulación nacional de esta materia hasta conocer las posibilidades de establecer una regulación que se aplique, si no en todos, en el mayor número posible de países. Siempre que no tarde mucho, porque los aldeanos estamos preocupados.

Santiago Martínez Lage, diplomático y abogado.

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