Crisis políticas y oportunidades

Útimamente se ha hablado bastante en los medios sobre si la situación política de hoy se parece a otros momentos históricos también críticos. Se ha mencionado el desastre de 1898 y la transición de los años 1977-1979 con el fin de hacer comparaciones con la actualidad. Se trata de situaciones muy diversas, en que las diferencias son más acusadas que las similitudes. De todas formas, puede ser un ejercicio útil reflexionar para establecer elementos de coincidencia y de divergencia.

El desastre de 1898 no fue solamente una humillante derrota militar con EE.UU. y la pérdida de los restos del gran imperio colonial español. Fue también un gran golpe moral y político, dado que entonces España tuvo que afrontar una dura realidad: era un país pequeño y decadente, con un notable retraso económico, educativo y científico. Ya no se podía vivir más tiempo recordando ni pasados imperios ni pasadas glorias. Pero entonces predominaron más las lamentaciones sentimentales y la retórica de una necesaria regeneración que los proyectos políticos para salir realmente de la crisis. Había que actuar inmediatamente y no se hizo. Ni se cambió de política, ni se renovaron los partidos, ni se reformó la Constitución. Y así el sistema de la Restauración entró en una progresiva decadencia. En la España de entonces no hubo una reacción nacional similar a la de Francia después de la derrota de 1870, que condujo a establecer la vigorosa Tercera República.

Crisis políticas y oportunidadesLa transición de los años setenta fue bien diferente. En aquellos años una parte de los dirigentes del deslegitimado régimen franquista pactaron con la oposición unos cambios políticos que condujeron a una Constitución democrática. Ahora bien, el proceso se vio hipotecado por las herencias e imposiciones del antiguo régimen: la monarquía, la no exigencia de responsabilidades políticas, la soberanía única, etcétera. Pese a sus carencias, fue un gran cambio político que ponía fin al último régimen superviviente de los fascismos de los años treinta y conseguía la homologación en la Europa democrática.

En estos dos escenarios, ¿cuál fue el lugar de la cuestión catalana? En el primer caso, la única reacción regeneracionista al desastre que acabó teniendo éxito político fue la protagonizada por el catalanismo. Las elecciones de 1901 significaron la irrupción de los catalanistas, y de la cuestión catalana, en la política española. Los dirigentes de la Lliga Regionalista plantearon unos proyectos de europeización y reforma de España mucho más ambiciosos y modernos que los elaborados por Maura o Canalejas, pero no lograron muchos apoyos por la desconfianza que generaba su condición de catalanistas. Durante la transición de los años setenta, el protagonismo político del catalanismo antifranquista forzó que se restableciera la Generalitat, ya alcanzada durante la Segunda República, pero se hizo en el nuevo marco generalizado y homogéneo que significaba el Estado de las autonomías obligatorias. El pacto dejó en una notable ambigüedad la interpretación de la Constitución de 1978. Para unos aquel texto era un punto de partida perfectible y reformable que podría implicar a medio plazo desprenderse de las herencias franquistas y adecuarse a la realidad plurinacional: era evidente que las nacionalidades históricas no podían ser iguales que las regiones. Al final se ha acabado imponiendo el criterio restrictivo de los que consideran la Carta Magna como el punto y final: diecisiete comunidades iguales es el máximo que están dispuestos “a conceder”.

Hoy asistimos a lo que ya muchos analistas califican de crisis final del sistema de la transición, como resultado del desprestigio y erosión de buena parte de las instituciones del Estado y del descrédito de los partidos y políticos que han gobernado. Y además, el modelo autonómico catalán ya no es viable por las limitaciones y los incumplimientos de los pactos y las leyes por los gobiernos de Madrid y por las interpretaciones de un Constitucional carente de independencia y de autoridad moral. Este doble agotamiento es el elemento central de la actual situación, aunque también hay que añadir los graves efectos sociales provocados por cómo se ha gestionado la crisis económica. Hoy no acaban de perfilarse ni cuáles serán los protagonistas de los posibles cambios, ni las características de estos, ni el momento en que se producirán. Tal vez todo empezará a dibujarse el próximo año si el sistema bipartidista PP-PSOE recibe un fuerte golpe en las municipales y autonómicas de mayo, en las generales posteriores y en las previsibles catalanas. Es muy probable que entonces la cuestión catalana salga del actual callejón sin salida. Porque estará en un contexto de recomposición de las fuerzas políticas y planteamiento de la necesaria transformación del sistema político español cuando aparezca la oportunidad y necesidad de negociar y pactar de verdad la cuestión catalana.

En 1898 se perdieron las últimas colonias españolas porque la “metrópoli” se negó a negociar. Quería mantener la situación de dependencia de esos territorios fuera como fuera, y al final los perdió todos. Sería bueno que los políticos españoles dejaran de engañarse y asumieran la realidad tal como es. Hoy parece evidente, como a finales del siglo XIX, que cada día hay más distancia entre el país oficial, encorsetado por una Constitución obsoleta y conducido por un Gobierno autista y unos partidos desacreditados, y el país real, el de la mucha gente que quiere un cambio real y hará todo lo posible por convertir en realidad esta aspiración. Quien se niegue a ver esta realidad tarde o temprano puede verse desbordado por los acontecimientos, como pasó en el año 1931.

Borja de Riquer, historiador.

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