Crisis sobre crisis sobre crisis

Todo parece indicar que se quebró el PSOE. Desde hace tiempo Europa nos contempla con recelo no exenta de razones, porque éste es un país tan inestable políticamente como surrealista. El hecho de que la enfermedad sea crónica y podamos remontarnos a los reinos de taifa o al anarquismo profundo y subyacente en algunas de nuestras manifestaciones no justifica el desorden en el que nos movemos desde hace un año. La aparición de partidos autocalificados del cambio no ha hecho sino complicar un panorama ya de por sí complejo, porque afecta a la coherencia de los tradicionales, a la crisis económica que propició el desorden y a un problema territorial que se incrementa ante la inoperancia del estado central. Pero resulta simplista achacar los complejos problemas de nuestra superestructura política a las catástrofes del PSOE, que ocupan las primeras páginas de todos los medios. Vivimos en una comunidad superior, la Unión Europea, cuya crisis resulta tan evidente que hasta uno de sus miembros más destacados, Reino Unido, la ha abandonado y su ejemplo puede ser imitado por otros países. Por otra parte, los problemas de los refugiados han provocado escisiones de gran calado y hasta frustraciones electorales. Tampoco la primera potencia del mundo occidental se muestra ajena a movimientos tectónicos básicos. Resulta poco comprensible que un partido como el republicano esté representado en las elecciones de noviembre por el multimillonario, populista y marrullero derechista, aunque mediático, Donald Trump y hasta figure como emblema de nuestra civilización de libertades y aparente justicia social.

La repetición de la victoria electoral del discutido laborista Jeremy Corbyn el pasado 24 de septiembre en Liverpool permitiría trazar cierto discutible paralelismo con la ya dramática situación del PSOE. Es poco probable que el líder laborista logre ganar unas próximas elecciones en Gran Bretaña. Sin embargo, rec be el entusiástico apoyo de sus militantes y de los jóvenes. Corbyn se ha inclinado hacia la izquierda, logrando un 62% de los votos, pero sus posiciones parecen tan radicales que podrían casi equipararse a lo que representó Podemos en la política española. Pero Corbyn no tiene competidores por su izquierda como Pedro Sánchez, y constituye una excepción en la socialdemocracia europea, contagiada por un centrismo electoralista que la aleja de cualquier radicalismo. Esta crisis de la socialdemocracia conviene añadirla a las de la política española, que no convendría reducir a Sánchez o Díaz. Los podemitas muestran ya, pese a su adolescencia institucional, quiebras y divisiones de calado. La fundamental es si se convertirán en un partido apéndice o cabeza de uno de los dos PSOE, todos socialdemócratas, como se autodefinió el propio Iglesias que captó a IU, o mantienen su antiguo fervor asambleario y anarcoide: Iglesias frente a Errejón. Las crisis en las que vivía atormentado Pedro Sánchez eran la consecuencia de una indefinición no sólo del PSOE, sino de la diversa Internacional Socialista. Defender el capitalismo liberal y el buenismo social no dan para una ideología. Ya no ofrecen modelos como en anteriores décadas los paraísos nórdicos. Pedro Sánchez hizo campaña en las elecciones gallegas y vascas en el peor de los escenarios. No sólo fue acosado por sus enemigos naturales, el PP, Ciudadanos, Podemos y los nacionalistas, sino por sus propios compañeros y hasta venerados predecesores que gobernaron años este país y, en buena medida, lo transformaron. Felipe González dejó de ser jarrón chino para convertirse en enemigo declarado del actual secretario general, al que había aupado. Conviene no olvidar que Sánchez tomó las riendas del PSOE cuando Pérez Rubalcaba observó con clarividencia su declive. No era ningún regalo, tras un segundo mandato de Rodríguez Zapatero, que se negó a reconocer la crisis económica y que acabó tomando medidas impopulares, acosado por una implacable UE. La renuncia de Pedro Sánchez, tras su primera derrota electoral y la instauración de un comité gestor que apoyara la investidura de Mariano Rajoy (los resultados de las elecciones gallegas y vascas eran más que previsibles) hubiera sido la solución de un político tradicional al uso. Pero Pedro Sánchez eligió morir matando, porque los problemas de fondo de un PSOE, donde cuentan tanto los «barones», que nos retrotraen al feudalismo (el lenguaje nunca es neutro), no van a resolverse con la alianza con un voluble Podemos que pretende fagocitar al centenario partido y convertirse en referencia exclusiva de la izquierda. A ello conviene añadir la pésima sintonía personal entre Rajoy y Sánchez. Es cierto que el PP pasó de 123 diputados en diciembre a137 en junio, y es probable que se incremente tal vez hasta 150 o más, si se llega a la convocatoria de diciembre, a menos que, destruido Sánchez, Rajoy logre formar, por fin, un gobierno mediatizado por el Parlamento. No le han concedido tiempo a Sánchez para celebrar el ya destruido Comité Federal. Un Sánchez mártir pretende volver a la Secretaría de su partido, pero las divisiones internas son más profundas que determinadas rivalidades o criterios. El modelo PASOK está servido, y los suicidios no tienen remedio, aunque se canten por bulerías. Los problemas de esta España nuestra son tantos, difíciles y encastillados que al próximo presidente del PP, por supuesto, le esperan muchas horas de soledad e insomnio. Los socialistas lo hicieron y dijeron todo en el funeral del pasado miércoles. No será sencillo remendar tanto descosido.

Joaquín Marco, poeta y ensayista.

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