Crisis social y cuestión nacional

Con creciente frecuencia, la prensa española menciona episodios preocupantes que aquejan a las barriadas periféricas: violencia urbana, delincuencia de todo tipo, auge del comunitarismo e, incluso, del fundamentalismo religioso, actividades ilícitas y clandestinas… Desde muchos puntos de vista, estos fenómenos ofrecen una mayor novedad en España que en otros países de Europa, donde la crisis urbana es más antigua o bien experimentan desde hace mucho más tiempo las tensiones, debates y dificultades asociadas a la inmigración. En Gran Bretaña, por ejemplo, la descolonización, que puso fin al imperio británico, provocó importantes flujos migratorios desde los años cincuenta y, por otra parte, las revueltas urbanas comenzaron hace ya unos treinta años. En Francia, el problema de las barriadas periféricas es apreciable desde los años ochenta y el islam figura en el centro del debate público en el mismo contexto.

Sin embargo, no todo es nuevo en las manifestaciones de violencia urbana y otros episodios anómalos en España ni todos poseen el mismo sentido en todas partes. En Euskadi, la kale borroka es una forma de violencia juvenil que desde hace alrededor de un cuarto de siglo se despliega, sobre todo, en barrios populares aquejados de graves dificultades económicas. Esta violencia social se ve lastrada – o es asumida ideológicamente-por el nacionalismo vasco radical de ETA y está cargada de significados políticos. Sus protagonistas militan, al menos en algunos casos, en la lucha armada, lo cual (digámoslo de paso) debilita la tesis dominante de los años 70 y 80 según la cual los terroristas vascos procedían fundamentalmente de zonas rurales sometidas al impacto de la modernización. En otros lugares de España, la crisis social no desemboca en el nacionalismo político y, en Catalunya, se observa más bien el caso contrario: los episodios de referencia adoptan más bien rasgos de distanciamiento y desconfianza respecto de la identidad social catalana. En los ambientes socialmente más desfavorecidos el avance del islam, bajo formas que podrían apuntar a la radicalización islamista, tiene efecto – en el mejor de los casos-en medio de la indiferencia con respecto a la idea de una pertenencia a la comunidad nacional catalana y – en el peor de los casos-parece exteriorizar irritación o rechazo con relación a ella. Y, de modo sorprendente, la comparación con la experiencia francesa de las barriadas periféricas es – en este caso-instructiva.

En Francia, las tendencias a la guetoización de territorios a veces muy amplios, la exclusión de sectores enteros de la población, el racismo y la discriminación que alcanzan directamente a los inmigrantes y a sus hijos empezaron a incrementarse desde finales de los 70. Provocaron reacciones de rabia y delincuencia, de repliegue sobre afirmaciones identitarias predominantemente religiosas, agudizadas sin duda por el contenido del discurso de numerosos responsables políticos e intelectuales. Ante el islam y una “inmigración de población”, en efecto, una parte de las élites propuso una respuesta consistente en exhortar a los jóvenes “nacidos de la inmigración” a integrarse, en medio de loas a los valores de la República. Si se quieren entender las revueltas que convulsionaron todo el país en otoño del 2005, es menester tener en cuenta el carácter insoportable – según el sentir de los jóvenes residentes de las barriadas que sufren los efectos de la exclusión social-del discurso dominante, prometedor de “libertad, igualdad, fraternidad” sin que sus autores dispongan de los medios ni tampoco abriguen la voluntad de cumplir esta hermosa promesa republicana.

En Catalunya, no se invoca la República como modelo de integración. Se propone la identidad nacional catalana, la lengua, la cultura, el proyecto de una convivencia en la tolerancia y la apertura de miras; el nacionalismo catalán no es violento ni cerrado ni tiene nada de étnico. Ofrece desde un principio incluir más que rechazar a los recién llegados. Sin embargo, el efecto de la crisis social y económica parece ser del mismo orden que en Francia: un discurso sugestivo – aquí nacionalista, allá republicano; para el caso da lo mismo-invoca una promesa sin que los recursos necesarios para cumplirla se pongan efectivamente a disposición de sus destinatarios, que experimentan en primer lugar – pese a las buenas intenciones de las élites intelectuales y políticas-el desamparo social, el paro, la exclusión, el racismo… Por tanto, no resta, para las autoridades, sino intentar que reine el orden e incrementar la represión que, a su vez, alimenta los mecanismos del resentimiento y el rechazo.

En la medida en que el discurso de la integración se torna más mítico y presenta más visos de artificialidad para una parte de la población, tanto más esta última se distancia de la identidad que el mismo discurso propone y reivindica además de que la misma población se aparta de ella y aun del propio discurso. La experiencia de Catalunya, en este sentido, puede lastrarse de tendencias antinacionalistas, hostiles al catalanismo y a su proyecto, percibido por quienes se sienten engañados como realidad cerrada y sólo favorable a los sectores asentados de la población. Triunfa la incomprensión, irrumpe la división, avanzan las dinámicas de ruptura y de violencia.

Así, dificultades y problemas sociales comparables se saldan en una parte de España, en el País Vasco, con un nacionalismo exacerbado y, en otra parte del país, en Catalunya, con un rechazo de un nacionalismo hasta ahora más bien abierto y acogedor, que a su vez puede verse tentado de tensarse y cerrarse. En ambos casos, la radicalidad, o el cierre comunitarista o sectario conforman el horizonte, al tiempo que las promesas incumplidas relativas a la integración social y cultural se transforman en dinámicas represivas.

Michel Wieviorka, sociólogo. Profesor de la Escuela de Altos Estudios en Ciencias Sociales de París. Traducción: José María Puig de la Bellacasa