Crisis y democracia

Es un tópico afirmar que las crisis no sólo supone un problema serio para las sociedades en las que se instalan, sino que pueden ser oportunidades para proceder a las renovaciones que toda sociedad necesita, pero que va dejando de lado a causa de la comodidad que producen los buenos tiempos mientras duran. A lo cual se podría añadir que las crisis se convierten en oportunidades si se producen en sociedades suficientemente institucionalizadas, suficientemente asentadas y cohesionadas.

El mayor temor que se pudiera albergar sobre la crisis española es que no seamos capaces de transformarla en oportunidad. Además de haberla reconocido demasiado tarde como tal desde la institución responsable, el Gobierno, además de haber creído, falsamente, que la salida iba a ser mucho más rápida y haber andado escudriñando el horizonte en busca de señales de reactivación inexistentes, porque no terminemos de hacer bien el diagnóstico, y si lo hacemos bien, porque no seamos capaces de poner en práctica la terapia correspondiente.

Una pregunta puede clarificar nuestra dificultad de transformar la crisis en oportunidad: ¿por qué al debate sobre la corrección del diagnóstico, sobre la adecuación de las medidas adoptadas, sobre el ritmo de las reformas, se le ha superpuesto, a diferencia de casi todos los países europeos, el debate sobre la obligación, o no, de la oposición a apoyar la acción del gobierno en todo lo concerniente a la crisis?

En Alemania nadie se rasga las vestiduras si la oposición critica que el gobierno no avanza lo suficiente en reducir el déficit, nadie se rasga las vestiduras si la oposición -el SPD- amenaza con llevar al Tribunal Constitucional el acuerdo de prolongar la vida productiva de las centrales nucleares sin someterlo al visto bueno del Bundesrat, el Senado, en el que en estos momentos tiene mayoría la oposición.

En Gran Bretaña nadie se rasga las vestiduras si la oposición está contra la elevación de las tasas de matrícula universitaria, ni si se opone a la reducción de puestos de trabajo en la función pública. En Francia se ve con toda normalidad que la oposición socialista, comunista y verde se oponga, como los sindicatos, a la reforma de la ley que establece la edad de la jubilación. En todos estos casos la oposición hace su trabajo Y nadie le niega el derecho a oponerse.

¿Por qué sí en el caso de España? Se podría plantear como hipótesis que el estado en España es un estado para los buenos tiempos, para las vacas gordas, para cuando las cosas van bien, para cuando no hay problemas. Pero que empieza a mostrar todas sus debilidades cuando las cosas van mal, cuando vienen años de vacas flacas, cuando los problemas se acumulan. En esos momentos, el estado mismo y la sociedad se vuelven en el primer problema. En lugar de ser el sustrato sólido sobre el que se pueden plantear reformas, soluciones dolorosas, amenazan con convertirse en un problema añadido.

La crisis pone de manifiesto que no sólo el modelo económico es insostenible, y que se deben adoptar las medidas para cambiarlo en profundidad -y si no lo hacemos, será Alemania la que nos obligue a hacerlo-. La crisis pone también de manifiesto que el sistema político no funciona, que no se termina de establecer una relación clara, democrática, de respeto y de legitimidad mutua entre el gobierno y la oposición, entre los dos grandes partidos de España. La crisis pone de manifiesto que los conservadores tienden a sospechar de la lealtad de la izquierda respecto del Estado, y que la izquierda no es capaz de entender que todas las sociedades cuentan, y deben contar, con conservadores, sin que por ello se tenga que hablar de derechona, de fascismo, o de franquismo redivivo.

La crisis pone de manifiesto que nos hemos dotado de un sistema político autonómico que fue celebrado mientras duraba la alegría económica como motor del desarrollo, pero que cuando pintan bastos no es capaz de responder con sentido de Estado. Un sistema que sufre de disfunciones, tendente a someter al chantaje a los órganos centrales, sin mecanismos para la toma de decisiones conjuntas. Un sistema en el que parece que cada cual tira para su lado, de forma centrífuga, sin sentido del conjunto, tirando al lema de sálvese quien pueda.

A la disfuncionalidad del sistema le corresponde una sociedad que no ha desarrollado su propia institucionalización que le dote de estructura. Sometida al imperialismo partidista que pretende hacerse con todos los resortes sociales para que nada se escape a su control, la sociedad española no termina de desarrollar instituciones cívicas que la doten de estructura propia frente al poder político y que sean capaces de mediar la complejidad de las decisiones políticas de nuestro tiempo.

Los medios de comunicación, por su parte, se caracterizan fundamentalmente por su alineación con los partidos políticos, de forma que no sería exagerado afirmar que la sociedad se encuentra inerme ante la voracidad de los partidos políticos, y ante los retos que tienen todas las sociedades actuales. Esta situación de indefensión se pone brutalmente de manifiesto en una situación de crisis como la actual: desconfianza sin límites entre los dos grandes partidos, un sistema político que se podría caracterizar, tomando la frase de otros contextos, como de nuevo feudalismo, una sociedad inerme, y como resultado una incapacidad aterradora para intentar un diagnóstico común, y cuanto menos para negociar soluciones a nuestros grandes problemas.

Si alguien cree que bastará con que la economía comience a funcionar de nuevo sin haber procedido al cambio de modelo productivo, si alguien cree que el cambio de modelo productivo es posible sin una reforma escolar y universitaria que merezca el nombre, si alguien cree que una reforma escolar y universitaria es posible sin una nueva cultura del riesgo, del mérito, del esfuerzo y de la recompensa diferenciada, y si alguien cree que todo ello será posible sin una consolidación del sistema constitucional sobre las bases de consideración del conjunto, de la colaboración, de la lealtad y de la corresponsabilidad, se estará equivocando radicalmente y estará poniendo los fundamentos para la siguiente crisis que será aún peor que la que estamos sufriendo.

Joseba Arregi, ex consejero del Gobierno vasco, escritor y ensayista.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *