Crisis y demografía

La evolución demográfica española se transformó con la llegada de inmigrantes que relanzaron el crecimiento, recuperaron la natalidad, redujeron levemente el envejecimiento y contribuyeron decisivamente a resolver la demanda de un mercado laboral al alza. La prosperidad económica pasada hizo mejorar las variables demográficas básicas en proporciones impensables pocos años antes. Fuimos durante algún tiempo el escenario de un mundo feliz sin especiales preocupaciones por el futuro. Pero de repente se deshizo la ilusión. La crisis económica, generalizada y profunda, acampó entre nosotros con vocación de permanencia. Sus efectos sobre la economía están siendo devastadores, teniendo a su vez influencias demográficas.

La primera y principal va a ser una repercusión negativa sobre nuestro crecimiento. Si durante el período 2002-2008 la población creció a un ritmo anual medio de 720.000 habitantes, para este año y los próximos se esperan volúmenes que no llegarán a las 400.000 personas al año. Es una hipótesis que debo tratar de explicar. Los componentes del crecimiento (o disminución) de una población obedecen al balance entre los nacimientos y las defunciones y al juego de las migraciones (relación entre los que llegan y los que se van). La crisis está afectando especialmente a las migraciones, que constituyen el factor en el que las consecuencias negativas resultan más evidentes y más profundas. En España, como en otros países de inmigración, ello va a producir, al menos, varios efectos.

Disminuirá la llegada de inmigrantes legales e ilegales; y aumentarán, aunque no mucho, los retornos de legales, auspiciados por la política del Gobierno y de ilegales con la ayuda de ONG y de otras instituciones benéficas. Algunos migrantes volverán al origen y otros a países donde las consecuencias de la recesión no han sido tan virulentos. Por esta razón, España se está convirtiendo en tierra de éxodo para personas que ahora se dirigen a otros Estados europeos, en los que, por cierto, no son muy bien recibidos. No es probable que nuestro propio éxodo recupere el pasado, aunque se detecta la salida de algunos autóctonos a viejas tierras de promisión (gallegos a Suiza).
Y lo que resulta evidente es que la crisis está provocando la reducción del dinero que los emigrantes envían a sus familias. El recorte de las remesas se va a combinar en los países de origen con un incremento del paro de los autóctonos y con una disminución de las posibilidades de salida. Si el escenario no es bueno para nosotros, será especialmente adverso para las zonas emigratorias. Sin embargo, a medio plazo y superada la crisis, la inmigración va a ser, de nuevo, imprescindible. Por eso algunos que retornan lo hacen con carácter provisional, algo que siempre resulta más fácil para un marroquí o un rumano que para un ecuatoriano o un colombiano.

Lo cierto es que la ralentización de las corrientes provocará la del crecimiento general, dado que eran su principal componente y que, además, actuaban favorablemente sobre la natalidad. Ya hace algunos años, la catedrática de Geografía Humana Anna Cabré pronosticó la vuelta de las cigüeñas a España. Y efectivamente, la natalidad se recuperó debido al papel decisivo de las madres extranjeras. La crisis no va a ser buena ni para la constitución de parejas, ni para la fecundidad de las extranjeras y nacionales. Llegarán menos madres en potencia y las que están aquí ejercerán menos la maternidad. Los jóvenes españoles se casarán o cohabitarán menos, formarán pareja tarde y tendrán pocos hijos y con retraso.

En los últimos años se había adelantado la salida de los hijos del hogar familiar. Los padres, al invertir en una vivienda para sus retoños, eliminaban un gasto corriente. Ahora las cosas pueden volver a cambiar. Los nacimientos de 2008, muchos de ellos concebidos en 2007, rebasaron el medio millón (518.967). En 2009 y siguientes las cigüeñas se tomarán un descanso. Por otro lado y aunque no hay todavía muchas evidencias, es posible que la crisis reduzca las separaciones y los divorcios, a la espera de que escampe el temporal. Eso ralentizará a su vez el fenómeno de la reconstrucción de familias.

Pero no todo van a ser malas noticias. La reducción de la actividad y de la capacidad adquisitiva va a tener (ligeras) repercusiones positivas sobre la mortalidad. Disminuirán las muertes por accidentes laborales y las provocadas por los accidentes de circulación al reducirse los desplazamientos, sobre todo en vacaciones. Quienes se moverán más en el interior del país serán los inmigrantes extranjeros a la búsqueda de los empleos allí donde se produzcan. Es cierto que la tasa de paro de los extranjeros es casi el doble que la de los nativos. Pero es cierto también que su mayor movilidad geográfica y laboral les da una relativa ventaja competitiva frente a los trabajadores autóctonos. Quienes no la tendrán serán los trabajadores ‘mayores’, que pese a la conveniencia de mantenerlos más tiempo, verán reducidas sus posibilidades de permanencia en el mercado laboral.

Rafael Puyol, presidente de la I. E. UNIVERSIDAD.