Cristales en la nube

¿Somos libres? Creemos serlo. Y ésa es la servidumbre más pesada. Soñamos actuar voluntariamente. Y eludimos el problema serio. «Hago lo que quiero»: supongamos que es cierto. Pero el enigma es otro: ¿por qué quiero lo que quiero? Ni siquiera sospechamos que nuestras preferencias son tan ensoñaciones como las que arrebataban a aquellos huéspedes de Próspero, «tejidos en la tela de los sueños», en La tempestad de Shakespeare.

De esa ingenuidad debiera sacarnos la metáfora escénica con la cual Platón retrata el mundo humano. Una cueva. En ella, prisioneros a quienes las cadenas inmovilizan de cara a la pared frontal. Tras ellos, la luz de un foco. Entre el foco y sus espaldas, alguien mueve muñecos, a modo de siluetas balinesas. Sus sombras, sobre el muro, despliegan narraciones en las cuales creen vivir los encadenados. ¿Servirá de algo que uno de ellos se logre liberar, gire la cabeza, salga hasta el foco de luz, constate el fraude? Sí: servirá para que sus iguales exijan matar al aguafiestas que desvela la burla. Envuelto en sombras, el prisionero se sueña libre. Enfrentado a la verdad del fraude, será presa de la desdicha. Y elegirá las sombras. No nos burlemos de esos prisioneros, concluye Platón. Somos nosotros. Que a nuestra esclavitud acostumbrada llamamos libertad.

Yo, que nací en una dictadura, en lucha contra la cual se forjó mi vida, no supe lo que era el despotismo hasta el verano de 1979 y en Berlín. La impotencia de las gentes del Este para tejer redes de resistencia me desconcertaba. Pero las palabras no significan siempre lo mismo. Y aún menos, las metáforas. La metáfora del despotismo en Occidente es la de sombra y bruma. Y en la sombra y en la bruma anida la resistencia. Es así siempre: la clandestinidad se instala en los intersticios entre lo público y lo privado, en los cuales el Estado no penetra fácilmente. Pero, ¿qué sucederá si no hay «privado»? ¿Bajo qué refugio sustraerse entonces al ojo del poder? Eso es totalitarismo: fagocitación de lo privado por lo público. Su metáfora no es la opacidad. Lo es la transparencia. Berlín Este era una jaula de cristal blindado.

De cristal. Sin ángulos muertos. Un día, harto ya de girar en la pecera, decidí darme una vuelta por el otro mundo, que estaba a una estación de metro. Llegué al impermeable control. El Vopo echó una ojeada a mi pasaporte: «Ah, usted debe residir en la calle tal, número tantos». Exactitud prusiana. Faltaban aún diez años para los ordenadores. Pero a aquel poli le bastaba mirar mi pasaporte para saber quién era y dónde me alojaba y por qué motivo. Puede que también más cosas. Pasé a Berlín Oeste. Volví a ser invisible: anónimo entre anónimos. Supe que la libertad es eso: burlar la transparencia. No lo he olvidado.

Era el despotismo perfecto. En 1979. Hoy, es un juego de niños. Tengo ante mí mi iPhone. Desde el cual accedo -a través de una ficción virtual llamada «nube»- a cuanto he escrito y archivado en los últimos treinta años. Desde el cual accedo -en espejos virtuales de lejanas bibliotecas- a libros que en mis años jóvenes me exigían inversiones costosas en tiempo, viaje y dinero. Leer en esa pantalla un manuscrito de hace cuatro siglos es un milagro, cuyos efectos para la sabiduría aún no calibramos.

Pero es más cosas. Ese smartphone no es más que terminal de un monstruo inmaterial llamado «nube», que pone a mi alcance todo. Y que, a cambio, almacena y cataloga como suyo todo lo mío: se apropia de la nebulosa de datos materiales y morales, laborales y afectivos, triviales o trascendentes, que componen mi vida. Allí están las geografías que he recorrido, los lugares en los que me extasié, los lugares ante los que experimenté miedo o indiferencia, las mujeres a las que amé y aquellas a las que ni siquiera vi aunque pasaron a mi lado, los libros que busqué, la fecha de una visita al Museo Magritte poco después de un absurdo asesinato, el rastro de una medianoche en París ante el devastado Bataclan, las trayectorias que me llevaron a las puertas de la Basílica de Saint-Denis, unas horas después del tiroteo en el que fueron abatidos los asesinos… Nada que yo haya hecho queda sin cartografiar en sus registros. En él soy, como todos, transparente.

Hay más. Entro a mi usual librería on-line. Antes de que haya tenido tiempo de tocar una tecla, media docena de títulos que no conocía emergen en la pantalla: todos son imprescindibles para mi actual trabajo. La red conoce mis deseos y necesidades con más precisión que yo. Y es infalible. Porque posee el plano completo de mis pesquisas. Y dota de identidad al caos de recuerdos, errancias, costumbres, imágenes, convenciones, deseos, al cual llamo «yo». Una vez matematizados esos datos, dictar comportamientos a su dueño es un juego de niños. Los viejos totalitarismos encerraban en jaulas de cristal blindado al ciudadano. Esto, para lo cual no tenemos aún un nombre, encierra a los sujetos en la red regulada de sus deseos. Y cada uno es, así, carcelero de sí mismo.

«Golpe de Estado sin derramamiento de sangre», llama a esa suprema eficacia de las redes Shoshana Zuboff en The age of surveillance capitalism: rentabilizar «los datos que se obtienen al vigilar el comportamiento de las personas». No es una apuesta policial. Es una apuesta productiva. Catalogado el universo de los datos, que mapean el vagar de un individuo, pronosticar sus futuras actuaciones es fácil. Y rentabilizarlas. Se tallan deseos a la medida. Se lanzan al mercado. Libremente. Lavadora o papeleta de voto.

Un hombre es aquello que no revela: aquello que preserva a las miradas. Pero el foco amenaza, esta vez, con registrarlo todo. La tesis desasosiega: nada puede ser ocultado a la telaraña informática. Pero «aquel que nada tiene que ocultar es nadie», concluye Zuboff. Nadie eran los esclavizados ciudadanos del Berlín Este de hace cuatro decenios. Nada somos nosotros: cristales en la nube. Transparentes. ¿Somos libres? Nos afanamos en serlo. Fracasamos. Empezamos de nuevo. A ese empezar de nuevo llamamos libertad. A ese empezar. Sin desenlace.

Gabriel Albiac es filósofo y escritor.

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