Crítica y traición

Por José María Ridao (EL PAÍS, 10/02/07):

Una de las inercias que más entorpece la comprensión de la historia intelectual y política del atormentado siglo XX español y, tal vez, de toda la historia intelectual y política de nuestro país, es la que ha llevado a identificar los dos bandos que se enfrentaron en la Guerra Civil con la eficaz pero inicua metáfora de las dos Españas. Las trincheras desde las que en 1936 unos españoles disparaban contra otros se han tenido durante mucho tiempo como la materialización de esa frontera ancestral entre las dos mitades del país, fijadas desde los tiempos más remotos y preparadas para reaparecer en cada ocasión propicia, como si fuese la naturaleza del escorpión. La tentación de asociar cada bando con una de las Españas de la metáfora tuvo un primer efecto indeseable contra el que han advertido los historiadores más rigurosos, y es que convertía la Guerra civil en mero episodio de una confrontación secular, casi tectónica, y ajena, por tanto, a la voluntad de los individuos. Nadie sería responsable de aquel 18 de julio y cuanto vino después porque, en resumidas cuentas, nadie habría hecho otra cosa que representar el papel que tenía asignado en el Gran Teatro de la Historia, y en el que dos ciclópeos y únicos personajes, una España y otra España, habrían decidido que un día correspondía tomar Granada, otro crear Imperios, otro quemar herejes, otro rechazar invasores y otro, en fin, desangrarse en una guerra fratricida.

Pero el justo desmentido a esta historia de guiñol, en la que los héroes y los villanos parecen accionados por sus Españas respectivas, no ha ido acompañado, sin embargo, por una constatación adicional que revelase la arbitrariedad de esta forma de contemplar el pasado cuyo propósito es servir de coartada para los más mezquinos manejos actuales. Lejos de tratarse de realidades bien definidas y delimitadas, cada una de las dos Españas de la metáfora es una criatura de aluvión, un engendro incoherente en el que se ha ido dando cabida a unas ideas u otras, unas figuras u otras, unas obras u otras, según haya sido la necesidad y, en el peor de los casos, la manipulación de quienes han ido haciendo suya en cada momento la imagen de un país ancestralmente dividido por mitad. “La religión de la Nación española es y será perpetuamente la católica, apostólica, romana, única verdadera. La Nación la protege por leyes sabias y justas, y prohíbe el ejercicio de cualquier otra”. Cualquiera que se tropiece con semejante declaración en un texto legal, ¿se atrevería a catalogarlo como parte de la España progresista, de la España que se batía al lado de la República, o lo colocaría, por el contrario, entre las expresiones de la España ultramontana, de la que se había sumado a la rebelión y que, además, le había dado el nombre de Cruzada? Mediante un sorprendente ejercicio de transformismo ideológico, esa fórmula legal que tenía que haber hecho las delicias del bando rebelde en la Guerra Civil quedaba como patrimonio de cuanto encarnaba el otro bando, sencillamente porque se trataba de una fórmula recogida en la Constitución de 1812 y está establecido que la Constitución de 1812 inaugura el liberalismo español. Es decir, la tradición en la que la retórica del franquismo incluía, además, la judeomasonería y el comunismo internacional.

La flagrante heterogeneidad de las ideas obligadas a militar en cada una de las dos Españas, y de las que la peripecia constitucional del siglo XIX es sólo un ejemplo, debería poner sobre aviso de la inconsistencia con la que esta metáfora traza la frontera entre una y otra; debería constituir la prueba de que no se trata de una descripción del pasado, sino de una prescripción para el presente, de un arriesgado programa intelectual y, al final, político, para el que de manera recurrente se han venido reclamando todos los esfuerzos desde el regeneracionismo en adelante, en un constante ejercicio de reinterpretación y puesta al día de controversias que son resultado de la coyuntura, pero que se disfrazan como manifestaciones de una esencia. En esto consiste el contrasentido al que se llega cuando se cede a la tentación de decir que sí, que existen dos Españas: en que una vez que se proclama que están ahí, hay que ponerse diligentemente a inventárselas. Se inicia así una tarea característica en la que, por lo general, ha correspondido a los escritores e intelectuales, y ahora también a los periodistas y creadores de opinión, componer el rompecabezas accidental en que ha consistido en distintas épocas cada una de las Españas, siempre cambiantes como las figuras azarosas de un calidoscopio. Cada vez que, por ejemplo, se dice que la izquierda o la derecha de este país son de esta manera o de la otra, como dando a entender que los partidos de hoy actúan según un invariable código genético y no según unos concretos intereses y, sobre todo, se-gún unos procedimientos legítimos o ilegítimos para representarlos, se están sentando las bases para la peor de las pesadillas, tantas veces confirmada en nuestra historia: una confrontación entre fantasías sectarias sobre las que no cabe transacción. O se impone una o se impone la otra, por las buenas o por las malas.

Sin duda, se viven tiempos de apoteosis para el rancio programa de las dos Españas. Pero no porque hayan reaparecido unas criaturas que nunca han existido, sino porque, en tanto que tal programa, en tanto que programa ya ensayado, está siendo adoptado de nuevo con carácter general, como montado sobre una espiral que todo lo arrastra. Las instituciones que creó la Constitución de 1978, la única adoptada por consenso y, por lo mismo, la única que permitió recordar que el programa de las dos Españas era sólo eso, un programa, un abominable programa, están dejando de ser el antídoto político más contundente contra esa inquietante manera de mirar y de actuar que ha organizado la vida de los españoles desde que unos ideólogos enfebrecidos la pusieron en circulación, y están convirtiéndose en lo contrario de lo que eran y deberían ser aún. Están dejando de ser, en efecto, el antídoto de las dos Españas, y están convirtiéndose en su escenario privilegiado. Desde el parlamento, desde la justicia, desde los partidos políticos, desde algunos medios de comunicación -por lo demás, siempre predicando con los peores ejemplos de la división grosera e irracional- se multiplican los requerimientos para que todos y cada uno de los ciudadanos corran a ponerse al servicio de una España. Están tocando a rebato con tanto estruendo, con tanta perentoriedad porque lo que sucede no es que el país se encuentre ante ninguna encrucijada; es que los más sectarios se están apoderando de la palabra, y están logrando, por desgracia, su propósito de hacernos creer que la única libertad que ya nos queda es adherirnos a uno de los bandos que ellos fabrican, valiéndose de historiadores de cabecera, de analistas mercenarios, de pregoneros de consignas.

La tentación de adoptar ante estos hechos alguna forma de renuncia, de desengañado abandono de ese ruidoso y truculento campo de batalla, resulta entonces irresistible; en concreto cuando esa renuncia adopta el prestigioso ropaje que consiste en abominar de la política y los políticos, capaz de levantar las ovaciones más cerradas pero también las más estériles. Sin embargo, es el camino inverso el que corresponde recorrer en estos momentos, es el camino de proclamar con rabia el insobornable derecho, la irrenunciable y entera libertad de considerarse en la izquierda o en la derecha en los términos que cada cual considere oportuno, sin que nada ni nadie nos obligue a un implícito o expreso o conmigo o contra mí; sin que nada ni nadie nos exija aplaudir o condenar en bloque una de las dos Españas del programa; sin que nada ni nadie nos coloque ante la inaceptable disyuntiva de apoyar a una tan sólo porque, de lo contrario, estaríamos haciéndole el juego a la otra. En este clima cada vez más irrespirable, tan responsables del retorno del rancio mito de las dos Españas son los que contribuyen a inventarse un adversario de caricatura para mejor combatirlo, como los que, ante este atropello, se vuelven hacia los suyos y, mitad implorando, mitad profiriendo una sórdida amenaza, pronuncian esta sentencia de hierro: la crítica es traición.

Una vez callados y aprisionados en la metáfora, ya sólo faltaría reconocer el papel que cada cual tiene asignado en el Gran Teatro de la Historia.