Crónicas del fracaso

Hay tres películas en cartelera con un nexo común: el relato pormenorizado de un fracaso. En una, una mujer intenta abrir una librería; en otra, dos cineastas pretenden hacer una película de efectos especiales; en la tercera, un hombre quiere convertirse en un gran escritor. El cine no suele abundar en las historias de desastre sin final redentor y lectura positiva. Lo tradicional es que también el fracaso ofrezca alguna lección moral y la derrota tenga épica y emoción.

Ni La librería ni Algo muy gordo ni El autor pertenecen a esa tradición. En estilos muy distintos, sus protagonistas se empeñan en algo destinado a fracasar. No hay lección ni moraleja. Fracasan con rotundidad y muestran cómo a veces los proyectos salen mal, o peor, cómo uno por su ineptitud, su pequeñez o su soberbia, es incapaz de llevarlos a buen término y tiene que asumirlo.

Es lógico que los cineastas seamos sensibles al fracaso, pues en el cine se fracasa más a menudo que en otras profesiones. El oficio consiste en volver a empezar de cero constantemente y quizá por eso Isabel Coixet, Manuel Martín Cuenca, Carlo Padial y Berto Romero hayan puesto sus ojos en historias de fracaso. Además, fracasar en el cine, estrenar una película que los críticos ponen verde o que ponen muy bien, pero no va a verla nadie, es bastante peor que fracasar en otra industria, pues el fracaso se hace bajo los focos, delante de propios y extraños. Como además es un negocio de alto riesgo en el que atinar es difícil y carísimo, pues hasta la película más sencilla exige una inversión enorme, el fracaso es también a lo grande. Cada año, la abrumadora mayoría de las películas del mundo no son obras maestras, pero saberlo no hace al público, ni a la crítica, ni al propio sector más benévolo.

El fracaso es severamente castigado y vales tanto como la taquilla de tu último estreno. Por eso La librería, Algo muy gordo y El autor encontrarán su público, porque, en un mundo en el que nos machacan con conceptos como liderazgo, emprendimiento, competitividad, rendimiento y productividad, en el fondo de nuestros corazones muchos nos sentimos un fraude y agrada comprobar que no estamos solos.

Hay otra razón por la que nuestros cineastas, según salimos supuestamente de la crisis, hablan del fracaso personal. Hacer el ridículo es un temor inscrito en todos nosotros, como perder la posición que ocupamos sea afectiva, económica, social o profesional. Si combinamos estos dos temores, a la ruina y al ridículo, el pánico al fracaso está servido. Y ese pánico se multiplica en una sociedad donde se considera que el que no triunfa es porque hizo algo mal o no se esforzó lo suficiente. Pero la realidad es que el porcentaje de negocios que cierran es mucho mayor del que los que se mantienen. En octubre este periódico informaba de las FuckUp Nights, eventos a los que se apuntan personas variopintas para compartir sus errores profesionales. Los organizadores tienen una web llamada thefailureinstitute.com o el Instituto del Fracaso donde comparten un manual dedicado «a quienes ya fracasaron, a quienes fracasarán y a los que mienten». Tiene tal éxito el instituto que estas reuniones se celebran desde el 2014 por todo el mundo.

Es una lástima que no haya veladas para compartir el fracaso en la política, con lo bien que les vendrían a muchos, entre los que me incluyo. En la política, ya lo estamos viendo, la sonrisa permanente es obligatoria, aunque hayas tenido que largarte a Bruselas o entres en un tribunal del que saldrás en tanqueta a la cárcel. Pero fracasar en política es casi tan común como en el cine. Incluso aunque ganes las elecciones con un buen programa ¡cómo cuesta que esos objetivos se hagan realidad! Lo vemos con las alcaldesas de Madrid y Barcelona. La administración, la oposición, la opinión pública, la prensa o uno mismo, se encargan de que sea muy difícil ejecutar el plan diseñado. Por eso la política es el arte de ceder y llegar a compromisos, de calibrar bien las propias fuerzas y actuar acorde con ellas.

Aguantar el ridículo, el fracaso y la derrota va en el cargo, pues cuanta más pompa y boato nos rodea, más fácil es caer en el abismo, como demuestran las parodias de la tele. Da vértigo pensar en ese día en que uno, sin cargo y con las manos vacías, se enfrente a la mirada de los amigos, familiares, vecinos, pero el miedo al fracaso no puede ser motivo para obrar irresponsablemente como algunos dirigentes han hecho en este otoño catalán. Hay que aprender también a ser derrotado.

Ángeles González-Sinde, escritora y guionista.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *