Cruz Martínez Esteruelas en el recuerdo

Cruz Martínez Esteruelas (1932-2000) fue un gran orador, un pensador discreto y un pasable escritor. Nacido en Hospitalet de familia no catalana y modesta, cursó con brillantez la carrera de Derecho en la Universidad de Deusto –de la que guardaría siempre un agradecido recuerdo– y opositó, con no menor relieve, a la carrera quizá más prestigiosa en su tiempo en el ámbito de los altos servidores de la función pública en un franquismo que, a falta de legitimidad, se mostraba obsesionado con la legalidad: la Abogacía del Estado; y solo un trienio posterior, logró el número uno en las no menos acreditadas oposiciones de Letrados de las Cortes… Esperanza blanca en el término de la dictadura, tras ejercer con diligencia el flamante ministerio de Planificación y Desarrollo (11-6-1973/3-1-1974) en el Gobierno de Carrero Blanco, en el siguiente de Arias Navarro regentó con amplia división de opiniones una cartera invariablemente difícil y conflictiva, muy en especial durante el periodo señalado del tardofranquismo: la de Educación (3-1-1974/12-12-1975).

Pese a contar con un equipo departamental de auténtico lujo, como, v. gr., Federico Mayor Zaragoza al frente de su Subsecretaría, una mancha imborrable oscureció el juicio de los coetáneos y en particular el de una Historia todavía no escrita sine ira et studio. En efecto, la clausura de la Universidad pinciana significó la brusca desaparición de la ilusión depositada en su gestión del lado de sectores y catedráticos de indudable pedigrí patriótico en la tímida y controlada apertura pandereteada desde el «espíritu del 12 de febrero».

A partir de entonces Martínez Esteruelas fue un auténtico supérstite de una época sentenciada ya por la Historia. Su protagonismo en la por adelantado frustrada aventura de los «Siete Magníficos» en los inicios de la bienaventurada Transición sería en extremo desvaído, sin lograr un puesto al sol manifiestamente destacado en una Alianza Popular orbitada absorbentemente por un Fraga con el cual el paso del tiempo solo aumentó las discrepancias estratégicas y tácticas. Con un cargo relevante en el organigrama de la Fundación Juan March, desempeñado con su habitual competencia, Martínez Esteruelas regresó finalmente a sus orígenes, desempeñando con señorío una actividad secundaria en el cuerpo de Letrados del Congreso de los Diputados.

Nostalgias y sombras se disiparon con el trato sumamente cordial que le tributaran a porfía sus compañeros sin distinción de edad y creencias, como asimismo por los integrantes de los servicios administrativos de la Cámara Baja, ganados sin excepción por su afabilidad y solicitud incondicionales.

Pero aun así un nuevo factor influyó decisivamente en la felicidad de la fase postrera de su laboriosa existencia. El pilotaje de la Fundación Tomás Moro, por él creada en 1981, llenó con brío y alegría tan, por lo común, desencantada etapa de cualquier biografía. Una colmada agenda de tareas plurales –ciclo incesante de conferencias, presentaciones de libros, simposia, tutoría de becarios …– rebosó su hoja de ruta en la penosa y grisácea navegación conservadora española finisecular por el ancho mundo de la cultura, visto siempre en nuestro país con temor o indiferencia por las elites.

De modo singular, destacó en su notable labor la atención prioritaria por la juventud, que respondió en medida insólita a su reclamo. A manera de guinda y remate triunfal dicho trabajo se vio complementado con la publicación en seis densos volúmenes de sus Obras Completas. Con excepción de las de Julián Marías y las de su maestro, junto con muy pocas otras grandes figuras del pensamiento y las letras españolas, ningún otro autor de corte humanista –la recopilación de las de D. Marcelino Menéndez Pelayo queda ya muy lejos– ha tenido el honor y la gran fortuna de dar al público –bien que póstumamente– sus Obras Completas. Martínez Esteruelas usufructuó tan grande oportunidad merced al celo y devoción de sus amigos y colaboradores. Fuera de ellas quedaron sus espléndidos discursos en el seno de las Cortes franquistas, ahora recogidos con compás moroso y leal por el –hodierno– manifiestamente muy mejorable Servicio de Publicaciones del Parlamento. En días de insuperable languidez y postración de la envidiable tradición de la oratoria española precedente a la Guerra Civil, sus densas páginas proporcionarán deleite y enseñanza a las generaciones actuales, que hallarán también en su contenido acicate para el retorno de tan admirable legado.

José Manuel Cuenca Toribio, catedrático emérito de la Universidad de Córdoba.

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