CSI. Realidad y ficción

Por Miquel Orós Muruzábal, médico forense en la Audiencia Provincial de Barcelona (EL PAÍS, 16/11/06):

En los países civilizados no se puede culpar a nadie de un delito sin pruebas que lo incriminen. Unas de las más habituales son las dejadas por los criminales en el lugar del crimen, y es la criminalística la ciencia que se encarga del estudio de esos indicios, como cristales rotos, sangre, pelos, fibras, los instrumentos y armas empleados, las huellas y cualquier otro elemento.

La hipótesis básica de la criminalística es la de que “el criminal, por muy inteligente que sea, siempre deja algo en el lugar que de algún modo revela su presencia allí”. Recoger, rotular, empaquetar y cuidar la cadena de custodia de los indicios físicos debe hacerse siempre cuando se haya documentado, fotografiado y fijado en el tiempo la escena del crimen.

Los investigadores y escritores del siglo XIX ya intuyeron muchos avances de la investigación forense. El primero fue Vidocq, un famoso delincuente nacido en Francia en 1775, quien tras ayudar a la policía a resolver un asesinato, creó un servicio de investigación: la famosa Sûreté, que dirigió durante 16 años. En ese periodo revolucionó la criminología desarrollando las primeras pruebas de identificación balística, lo que ahora se conoce como ficha criminal, y utilizando, entre otros indicios, las huellas de los zapatos como pista relevante. Su libro de memorias se convirtió en un gran éxito editorial y su solvencia como detective fue alabada, entre otros, por Alan Poe en Los crímenes de la calle Morgue.

La ciencia forense nació con la revolución industrial en el siglo XIX y se convirtió en una especialidad médica en el XX. Ha sufrido una auténtica revolución a principios del siglo XXI con la aplicación de los extraordinarios avances en el campo de la física, la química y la biología (en este caso sobre todo del ADN).

Los errores judiciales, muy frecuentes a causa de la mala praxis pericial en la escena del crimen, se pusieron en evidencia en Estados Unidos en uno de los casos más mediáticos de la historia: el de O. J. Simpson. El fracaso judicial (se le absolvió por la vía penal y se le condenó por la vía civil) determinó la necesidad de crear unidades especializadas, y para estimular a los profesionales de las distintas áreas que se requerían para formarlas se pusieron en marcha, entre otras acciones, el mecanismo de propaganda del cine, que con series centradas en esas unidades, la más característica de ellas el CSI, consiguió un amplio eco popular.

Ante el éxito inesperado, la oportunidad hizo que las series se prolongaran en el tiempo, y una vez agotados los guiones muy realistas del principio, se vieron en la necesidad de recurrir a la fantasía, con lo que se está transmitiendo una imagen muy alejada de la realidad. Hay abogados, jueces y fiscales que ya hablan del efecto CSI y tienen la impresión de que las personas que intervienen, sobre todo en los juicios con jurado, y ven estas series empiezan a exigir pruebas físicas poco razonables. Antes de que estas series tuvieran éxito, a los abogados y fiscales les inquietaba que el jurado no entendiera la complejidad de las pruebas, la más característica de todas ellas la del ADN. Ahora les preocupa que diferencien entre realidad y ficción.

La afirmación por parte de algunos de que “hay un elevado número de absoluciones gracias al efecto CSI está aumentando”, pero es un error. No hay ninguna base, salvo casos anecdóticos, que la sostenga. Se están haciendo incluso cinco estudios doctorales en Estados Unidos e Inglaterra sobre la influencia de estas series en los jurados.

Los laboratorios, sea por su coste o por falta de recursos, no suelen realizar todo tipo de análisis. Tampoco los científicos disponen de todo el tiempo suficiente para investigar un solo caso, lo normal es investigar varios casos a la vez. En cuanto a la presentación de las técnicas científicas del CSI, se estima que alrededor del 40% de las que aparecen en las series no son posibles en la actualidad, y menos la presentación de resultados como el siguiente: “Lápiz de labios, Color 82, Serie B-600″, tras el estudio del carmín encontrado en el cuello de la camisa de una víctima”. Estas afirmaciones en la realidad no se pueden hacer, pero confunden.

A pesar de no contar con todas las herramientas que aparecen en estas series, es verdad que disponemos de técnicas muy refinadas. En los años ochenta era necesario recoger más de un gramo de muestra para obtener un resultado de un acelerante de la combustión (como gasolina) en los casos de incendios intencionados. Hoy día son suficientes unos nanogramos

Las bases de datos de huellas dactilares, de municiones, de sustancias químicas y de ADN, están resultando fundamentales para relacionar a un delincuente con uno o varios delitos, incluso a escala internacional. Pero es evidente que si antes en una escena del crimen se recogían cinco pruebas, a lo sumo, hoy pueden llegar a recogerse de 50 a 400. Muchas tienen una remota posibilidad de que sean relevantes, como los ceniceros repletos de colillas, los preservativos encontrados en lugares de reunión de parejas y las bolsas de basura.

Esto ha llevado a sobresaturar todos los laboratorios forenses de Madrid, Barcelona, tanto los de la Policía Científica como los del Instituto Nacional de Toxicología.

Un estudio publicado en Estados Unidos en 2002 revelaba que había más de un millón de casos atrasados en los laboratorios forenses y que se duplicaban las solicitudes de año en año. Y todo ello a pesar de que los índices de delincuencia disminuían desde 1994.

La recogida de pruebas requiere un tiempo de almacenamiento, que depende de las leyes de cada país y que obliga a una disponibilidad de unos medios físicos y personales especializados crecientes, por lo general muy caros, edificios con frigoríficos para almacenar restos biológicos, tóxicos, bases de datos, etcétera.

Lo mismo ocurrió tras el éxito de otras series dedicadas a la medicina, la enseñanza, el derecho, incluso tras el programa espacial Apolo, en donde consiguiendo una mezcla de intriga, fascinación y ciencia se lleva al público a considerar estas profesiones como algo importante.

La cantidad de cursos, masters, licenciaturas y doctorandos que se ofrecen ha obligado a algunos países a establecer normas de acreditación, y esperemos que algún día se haga en España, donde tenemos el mismo problema pero sin ningún control. Un control que serviría, junto con el interés de los jóvenes para avanzar en la investigación básica, para validar las técnicas nuevas estudiando los principios básicos, la calidad y tasas de error de los procedimientos empleados en el trabajo forense.