Cuadernos para el diálogo

Fue en octubre de 1963, hace ahora exactamente cincuenta años, cuando apareció por primera vez la revista mensual «Cuadernos para el Diálogo». Se trataba de una iniciativa promovida y auspiciada por Joaquín Ruiz Giménez, que pocos años antes había sido embajador de España ante la Santa Sede para desembarcar después en el Ministerio de Educación, donde quiso llevar a cabo una política de apertura y reconciliación a la que el mesofranquismo de la época estaba poco dispuesto. En su personal camino de Damasco y tras su vuelta a la cátedra de Derecho Natural que regentaba en Salamanca, y poco después en Madrid, fue madurando el proyecto de una publicación que sirviera de llamada a la España interior y a la España exterior, a la de derechas y a la de izquierdas, a la religiosa y a la laica, a la del centro y a la de la periferia, para construir una realidad nacional que superara en paz y en democracia los pesados recuerdos del pasado guerracivilista y cainita. Contaba para ello con su convencido entusiasmo y con la presencia de unos cuantos amigos de siempre –Mariano Aguilar Navarro, José Luis Castillo Puche, Antón Menchaca, José María Riaza, Francisco Sintes– y otros pocos de sus jóvenes seguidores y discípulos –Gregorio Peces Barba, Ignacio Camuñas, Javier Rupérez, Julio Rodríguez Aramberri, Juan Luis Cebrián–, a los que pronto se sumarían los que durante los años de su existencia habrían de ser la columna vertebral de la revista, Pedro Altares y Rafael Martínez Alés. Unos y otros colaboraron con Ruiz Giménez en la puesta en común de un capital mínimo que permitiera al lanzamiento de la modesta e incierta aventura.

Pero «Cuadernos», que para disgusto de la censura franquista resultó más política que cultural y menos complaciente de lo que el Régimen deseaba, tuvo de inmediato un éxito notable, si por tal se entiende la venta hasta el agotamiento de ediciones que no superaban los 25.000 ejemplares, tras varias urgentes reimpresiones, al nada módico precio de 25 pesetas de la época. Y es que Ruiz Giménez, sus amigos y colaboradores, habían descubierto, casi sin saberlo, la veta oculta de una sociedad española que, aún en la morosidad azacanada del franquismo, quería imaginar un futuro diferente en donde todos los habitantes del ajetreado solar pudieran encontrar pacíficamente su sitio y su voz. En el empeño, que siempre se quiso dialogante, por más que las circunstancias no siempre lo permitieran fluido, «Cuadernos» desarrolló un poderoso instinto posibilista de supervivencia en el que aprendió el difícil arte de lidiar con la censura sin desanimarse ante las imposiciones, las multas, las tachaduras o las presiones; en el que practicó sin inmutarse la ciencia del sobreentendido o la artesanía de la parábola; en el que supo mostrar flexibilidad de cintura para evitar empellones y solidez de mandíbula ante los ataques frontales. Y tanto fue así que para muchos españoles la cita mensual con «Cuadernos» se convirtió en punto indispensable de una agenda que pocos otros puntos albergaba para mostrar un camino hacia la esperanza. Y tanto fue así que con el tiempo, aunque breve fuera el que la publicación tuvo de vida, llegara a convertirse en un irritante del sistema del que el sistema no podría prescindir sin grave descrédito para su andadura.

Concibió Ruiz Giménez «Cuadernos» como una amplísima plataforma de convocatoria para todos aquellos que, a derecha o a izquierda, quisieran hacer valer pública y educadamente las razones de sus planteamientos sobre el futuro de la patria común y pocos fueron los que, sobre todo en la derecha gubernamental, desoyeron su llamada. Pero esa marcada ausencia no impidió que gentes de todo el espectro político imaginable en aquellos momentos, desde los márgenes posibilitas del franquismo hasta la izquierda comunista, pasando naturalmente por los centristas democristianos y los neonatos socialdemócratas, se dieran cita en un lugar de reunión que fue tanto una revista como un laboratorio de ideas y de conocimiento personal, cuando las facilidades de comunicación eran escasas y múltiples los temores para explorarlas. Los «cuadernícolas», como irónicamente se autodenominaban los que por la revista acudían y allí colaboraban, construyeron un ámbito de complicidad personal y de tolerancia ideológica que, aun en las mayores divergencias, y con alguna marcada excepción, fue lubrificante bienvenido en los primeros y posteriores años de la Transición. A la que tanto había contribuido «Cuadernos» en su permanente demanda por una España unida en la diversidad, trabada en la democracia y homologada con el mundo europeo y occidental. La nomenclatura de «Cuadernos», amplia y diversa, acabaría por incluir a lo más granado de la intelectualidad española del momento, a gran parte de la futura clase política de la democracia, a las mejores plumas del periodismo nacional. La aportación de la revista a la cultura democrática española fue, sin exageraciones, ingente, y aun siendo evidente que la democracia habría llegado a España con «Cuadernos» o sin ellos, la historia de esa realidad es difícil relatarla hoy sin una referencia a la revista y a las gentes que la hicieron posible. Y entre ellos, muy en primer lugar, Joaquín Ruiz Giménez. aradójicamente «Cuadernos para el Diálogo», apremiado por inevitables urgencias económicas, desapareció en octubre de 1978, en vísperas de la aprobación del texto constitucional y cuando la democracia por la que tanto habían luchado los que en la revista colaboraron comenzaba a ser una evidencia. Pero esa historia de quince fructíferos años, comenzada hace ya medio siglo, no debe ser explicada solo como un pasivo homenaje al recuerdo, sino más bien como una lección de entereza, honorabilidad y esperanza en los confusos tiempos y malos ejemplos que el momento presente desgraciadamente nos ofrece. Eso es lo que pretende conseguir el ciclo que la Universidad Pontificia de Salamanca dedicará del 21 al 25 de octubre en su sede de la ciudad castellana y que se ha inaugurado en el Centro de Estudios Políticos y Constitucionales de Madrid. Joaquín Ruiz Giménez no hubiera deseado nada mejor para evocar la más conseguida de sus obras.

Javier Rupérez, miembro correspondiente de la Real Academia de Ciencias Morales y Políticas, y fue uno de los fundadores de “Caudernos para el diálogo”.

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