¿Cuál es el Plan B para Grecia?

Los mercados financieros han recibido la elección del nuevo gobierno de extrema izquierda de Grecia de una manera predecible. Pero, si bien la victoria del partido Syriza hizo que las acciones y los bonos griegos se desplomaran, existen pocas señales de contagio para otros países en crisis de la periferia de la eurozona. Los bonos a diez años de España, por ejemplo, siguen comercializándose a tasas de interés por debajo de los bonos del Tesoro de Estados Unidos. El interrogante es cuánto tiempo durará esta relativa calma.

En general se supone que al nuevo gobierno incendiario de Grecia no le quedarán muchas más opciones que la de adherir al programa de reforma estructural de su antecesor, quizás a cambio de una modesta relajación de la austeridad fiscal. No obstante ello, la dimensión política, social y económica de la victoria de Syriza son demasiado significativas como para ignorarlas. Por cierto, es imposible descartar por completo una salida griega dura del euro (“Grexit”), mucho menos controles de capital que efectivamente hagan que un euro dentro de Grecia valga menos que en cualquier otra parte.

Algunos responsables de las políticas monetarias de la eurozona parecen confiar en que una salida griega del euro, dura o suave, ya no planteará una amenaza para los otros países de la periferia. Podrían tener razón; pero recordemos que, en 2008, los responsables de las políticas en Estados Unidos pensaban que el colapso de una casa de inversión, Bear Stearns, había preparado a los mercados para la quiebra de otra, Lehman Brothers. Ya sabemos cómo resultaron las cosas.

Es verdad, se han hecho algunos progresos importantes, tanto institucionales como en materia de políticas, desde comienzos de 2010, cuando la crisis griega apareció por primera vez. La nueva unión bancaria, por más imperfecta que sea, y la promesa del Banco Central Europeo de salvar al euro haciendo “lo que sea necesario”, son esenciales para sustentar la unión monetaria. Otra innovación crucial ha sido el desarrollo del Mecanismo Europeo de Estabilidad que, al igual que el Fondo Monetario Internacional, tiene la capacidad de ejecutar grandes rescates financieros, sujetos a una condicionalidad.

Y sin embargo, inclusive con estos nuevos respaldos institucionales, los riesgos financieros globales de la inestabilidad de Grecia siguen siendo profundos. No cuesta imaginar que los nuevos líderes intrépidos de Grecia subestimen la intransigencia de Alemania en lo que se refiere a alivio de la deuda o a la renegociación de paquetes de reformas estructurales. Tampoco es difícil imaginar que los eurócratas hagan un mal cálculo de la dinámica política en Grecia.

En cualquier escenario, la mayor parte de la carga del ajuste recaerá sobre Grecia. Cualquier país despilfarrador que de repente se ve obligado a vivir con sus propios medios tiene que hacer un inmenso ajuste, inclusive si se le perdonan todas sus deudas pasadas. Y el despilfarro de Grecia fue épico. Antes de su crisis de deuda en 2010, el déficit presupuestario primario del gobierno (la cantidad en que el gasto del gobierno en bienes y servicios excede los ingresos, excluidos los pagos de interés sobre su deuda) era equivalente a un sorprendente 10% del ingreso nacional.

Una vez que estalló la crisis y Grecia perdió acceso a un nuevo financiamiento privado, la “troika” (el FMI, el BCE y la Comisión Europea) ofreció un financiamiento a largo plazo sumamente subsidiado. Pero aún si se hubiera borrado de un plumazo toda la deuda de Grecia, pasar de un déficit primario del 10% del PIB a un presupuesto equilibrado exige un gran ajuste del cinturón –e, inevitablemente, recesión-. Los alemanes tienen razón cuando dicen que las quejas sobre la “austeridad” deberían estar dirigidas a los gobiernos anteriores de Grecia. Los excesos de esos gobiernos hicieron aumentar el consumo griego muy por encima de un nivel sustentable; una caída a tierra era inevitable.

Aun así, Europa necesita ser mucho más generosa a la hora de amortizar deuda de manera permanente e, inclusive con más urgencia, reducir los desembolsos a corto plazo. Lo primero es necesario para minimizar la incertidumbre a largo plazo; lo segundo es esencial para facilitar el crecimiento a corto plazo.

Seamos realistas: el embrollo en el que se encuentra Grecia hoy no es toda responsabilidad suya. (Los jóvenes de Grecia –que ahora suelen demorarse un par de años más para terminar la universidad, porque sus profesores suelen estar de huelga- ciertamente no lo causaron).

Primero y principal, la decisión de los países de la eurozona de incorporar a Grecia a la moneda única en 2002 fue desafortunadamente irresponsable. El respaldo francés merece gran parte de la culpa. En aquel momento, era visiblemente notorio que Grecia no cumplía con una plétora de criterios básicos de convergencia, debido a su enorme deuda y a su relativo atraso económico y político.

Segundo, gran parte del financiamiento de las deudas de Grecia provino de bancos alemanes y franceses que obtuvieron enormes ganancias en la intermediación de préstamos de sus propios países y de Asia. Inyectaron ese dinero en un estado frágil cuya credibilidad fiscal, en definitiva, dependía de ser rescatado por otros miembros del euro.

Tercero, los socios de Grecia en la eurozona amenazan con un garrote que no suele existir en las negociaciones de deuda soberana. Si Grecia no acepta las condiciones que le impusieron para mantener su pertenencia a la moneda única, corre el riesgo de ser expulsada directamente de la Unión Europea.

Inclusive después de dos paquetes de rescate, no es realista esperar que los contribuyentes griegos empiecen a hacer grandes desembolsos en lo inmediato –no con una tasa de desempleo del 25% (y superior al 50% en el caso de los jóvenes). Alemania y otros europeos de línea dura del norte tienen razón al insistir en que Grecia cumpla con sus compromisos de una reforma estructural, para que la convergencia económica con el resto de la eurozona pueda ocurrir algún día. Pero deberían hacer concesiones aún más profundas en cuanto a los pagos de la deuda, cuya proyección sigue generando una incertidumbre considerable en materia de políticas para los inversores.

Si las concesiones a Grecia sientan un precedente que otros países podrían explotar, que así sea. Tarde o temprano, otros países de la periferia también necesitarán ayuda. Grecia, es de esperarse, no se verá obligada a abandonar la eurozona, aunque opciones temporarias como imponer controles de capital pueden, en definitiva, resultar necesarias para impedir una crisis financiera. La eurozona debe seguir doblándose, si no quiere quebrarse.

Kenneth Rogoff, Professor of Economics and Public Policy at Harvard University and recipient of the 2011 Deutsche Bank Prize in Financial Economics, was the chief economist of the International Monetary Fund from 2001 to 2003. His most recent book, co-authored with Carmen M. Reinhart, is This Time is Different: Eight Centuries of Financial Folly.

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