Cuando agotemos nuestra fuerza, el universo nos sostendrá

Una instalación designada por el gobierno para cumplir cuarentena en Nairobi, Kenia, el 24 de marzo de 2020. (AFP via Getty Images) (-/Afp Via Getty Images)
Una instalación designada por el gobierno para cumplir cuarentena en Nairobi, Kenia, el 24 de marzo de 2020. (AFP via Getty Images) (-/Afp Via Getty Images)

Cuando Blaise Pascal dijo “todos los problemas de la humanidad provienen de la incapacidad del hombre para sentarse solo y en silencio en una habitación”, evidentemente no previó el coronavirus. Pero una complicación del virus, y el distanciamiento social necesario para frenar su propagación, es una nación donde las habitaciones silenciosas son más comunes. Con la obvia excepción de las habitaciones que también confinan niños pequeños, muchos estadounidenses están experimentando una extraña quietud en lugares donde sus vidas alguna vez se desarrollaron ruidosamente.

Este silencio puede sentirse opresivo, por lo que acudimos a Netflix, pódcast, noticias por cable y otras estimulaciones distractoras. Sin un verdadero itinerario, los días tienden a unirse entre ellos y confundirse, y solo son acentuados por el ciclo celeste de los informes de los grupos de trabajo sobre el coronavirus. En el este del país, nosotros configuramos nuestros relojes con el despertar de Tony Fauci.

Para muchos de nosotros, los espacios entre los “tics” del reloj se sienten especialmente largos. Con frecuencia, el silencio es el lugar donde los temores se reúnen, y la crisis actual ofrece un sinfín de oportunidades para preocuparse. Hay preocupación por la salud de los seres queridos de mayor edad, por las consecuencias personales de una economía congelada, por la interrupción de planes importantes y logros familiares, por los sistemas de salud colapsados. También está el temor justificado y recurrente causado por el liderazgo nacional inestable e incompetente.

Los que somos más emprendedores, interrumpimos nuestras ansiedades con trabajo a distancia (cuando nuestros empleos lo permiten), caminatas largas que cumplen con el distanciamiento social y con chats en Zoom entre amigos y familiares. Sin embargo, esto sigue dejando mucho tiempo disponible. Y entonces, la pregunta surge naturalmente: ¿Puede la quietud tener algún tipo de propósito constructivo? No me refiero al tipo de propósito utilizado para reorganizar tu estante de especias, sino al necesario para vivir una vida mejor. ¿Puede el silencio también ofrecer alguna satisfacción, serenidad y paz?

Al respecto, solo puedo hablar desde mi experiencia y responder con un sincero: quizás. Ocasionalmente. Parcialmente.

Existen técnicas que alejan la mente ociosa de las preocupaciones y la dirigen hacia algo mejor. Yo solía ser escéptico con la meditación y la conciencia plena, hasta que me enfrenté a la forzada quietud de la sala de un hospital. Además de un pasado no resuelto y un futuro incierto, existe un sólido presente que es posible visitar (brevemente). La mente es como una rueda de hámster de preocupación y ambición, siempre girando. Detenerla un momento para enfocarse en el momento —en la belleza oculta de simplemente ser— es una acción saludable. Se siente como el reinicio resultante de interrumpir un circuito. Es una experiencia bastante común para muchos de los que meditan y rezan, pero es difícil describirla sin sonar esotérico, del modo en el que estoy sonando justo ahora.

Esto tiene poco que ver con religión y mucho, espero, con la manera en que la mente funciona. Es reconfortante habitar —así sea por poco tiempo— un presente tranquilo, agradecido y consagrado. Si viviéramos allí más a menudo, nuestras vidas mejorarían.

En su máxima expresión, la conciencia plena nos puede separar de nuestras debilidades y preocupaciones, y nos permite tener una visión más objetiva de nuestra vida y sus bondades. Necesitamos algo similar como sociedad. Estamos enfrentando una amenaza sin precedentes, pero lo estamos haciendo juntos, con avances médicos inimaginables en épocas anteriores. Podemos continuar con grandes partes de nuestras vidas de manera virtual. Podemos estar presentes entre nosotros a través de tecnologías extraordinarias. Estas son razones para estar agradecidos.

La religión no es completamente irrelevante en estos asuntos. En muchas tradiciones, Dios está disponible no solo en congregaciones y edificaciones, sino también en la quietud.

Hay un poema sencillo y maravilloso de Philip Booth sobre enseñarle a su hija a flotar en el mar que termina así: “Igual que flotas ahora, mientras yo te sostengo y te suelto, recuerda mis palabras cuando el miedo te estruje el corazón: échate hacia atrás, despacio, y abraza esas estrellas que brillan a años luz de distancia; déjate llevar, que el mar te sostendrá”.

Esto es lo que la mayoría de las religiones prometen en tiempos aterradores: no una salvación inmediata, sino la esperanza de que el sufrimiento y el fracaso no son definitivos. Esto no libera a nadie de la preocupación ni de una gran responsabilidad. Pero sí promete que ni las responsabilidades ni las preocupaciones tienen que consumirnos. Promete que una voz de tranquilidad puede surgir del silencio. Promete que la quietud de las palpitaciones del corazón puede ser reemplazada por la quietud de una confianza prudente.

En esta cuaresma larga e involuntaria que enfrentamos, abunda el miedo. Debemos oponernos a él con todo lo que tenemos, tanto tiempo como podamos. Sin embargo, cuando agotemos todas nuestras fuerzas y nos dejemos llevar, el universo nos sostendrá.

Michael Gerson is a nationally syndicated columnist who appears twice weekly in The Post. Follow

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