Cuando Don Juan Carlos caminaba en la cara oculta

El reciente alunizaje de una sonda china en la cara oculta del único satélite de la Tierra recuerda que la Guerra Fría también se libró en el cosmos. La carrera espacial tuvo un componente propagandístico indudable. El primer tanto se lo anotaron los soviéticos con el lanzamiento del Sputnik en octubre de 1957. A finales de la década siguiente, los Estados Unidos les rebasaban con creces colocando al primer ser humano sobre la superficie lunar. El presidente Nixon aseguró a su pueblo que durante años los políticos le habían prometido la Luna, pero él era el primero capaz de entregársela.

La conquista de la Luna también estuvo asociada a nuestro país. Las estaciones de la NASA en Robledo de Chavela y Fresnedillas de la Oliva, donde los ingenieros espaciales recibían las voces de los astronautas antes que estas alcanzaran Houston, dieron decisiva cobertura a las misiones espaciales norteamericanas. No obstante, la explotación publicitaria de estos vuelos tripulados recabó aún mayor valor para España. El 20 de julio de 1969, el módulo del Apolo 11 se posó sobre el Mar de la Tranquilidad y, al día siguiente, Armstrong y Aldrin caminaron sobre el suelo del satélite. Apenas unas horas más tarde, el general Franco designaba al Príncipe Juan Carlos como su sucesor «a título de Rey». Este mismo diario recogía en dos portadas consecutivas ambos acontecimientos. En la primera de ellas reproducía la imagen del Papa Pablo VI observando la Luna a través del telescopio del observatorio de Castel Gandolfo. En la segunda, ABC daba cuenta de la trascendental intervención de Franco ante las Cortes. Como escribiría poco después un catedrático de Derecho Constitucional, Rodrigo Fernández Carvajal, el vencedor de la Guerra Civil utilizaba su dictadura para poner en órbita una monarquía limitada. Se trataba de una instauración que motivaría el rotundo «no» del procurador Torcuato Luca de Tena, disconforme con la ruptura del orden sucesorio.

Esa puesta en órbita del futuro Rey de España también contaría con otro poderoso aliado. El presidente Nixon visitó Madrid en octubre de 1970, donde obtuvo una excelente impresión de los entonces Príncipes de España. Don Juan Carlos y Doña Sofía, pocos meses después, devolverían la visita en una gira norteamericana, que les llevaría a Maryland, Virginia, California, Texas, Florida y Washington. El viaje constituyó una fabulosa operación de imagen para el hombre que ahora abandona su vida pública. La joven pareja, que se expresaba perfectamente en inglés, dejó en sus anfitriones una inmejorable sensación, muy alejada de los tópicos al uso sobre una España cerril y atrasada. Don Juan Carlos despejó la imagen frívola que le había precedido a su llegada y su esposa deslumbró literalmente a los norteamericanos. Tal y como relata Charles Powell en El amigo americano, Doña Sofía fue capaz de enumerar los nombres de los astronautas que habían participado en todas las misiones Apolo en su visita a la academia naval de Anápolis.

Habitualmente los historiadores se detienen en el paso de los hoy Reyes Eméritos por la Casa Blanca, donde se entrevistaron con Nixon y Kissinger. Pero no se fijan tanto en que también estuvieron en Cabo Kennedy. Aquel domingo 31 de enero de 1971 Don Juan Carlos se coló en las salas de estar de todos los hogares de Norteamérica. Junto al vicepresidente Agnew, comentó en perfecto inglés otra misión con destino a la Luna. Con el despegue del Apolo 14 de fondo, el gran público descubría a quien sería el piloto del cambio democrático y Rey de todos los españoles. Curiosamente, Franco no afearía al entonces Príncipe sus declaraciones aperturistas a distintos periódicos estadounidenses y en los años siguientes Don Juan Carlos prepararía con discreción el guión de la Transición democrática junto a su hombre de confianza, Torcuato Fernández-Miranda.

A apenas dos meses de cumplirse el cincuenta aniversario de su designación como sucesor a título de Rey, Don Juan Carlos abandona su vida pública casi medio siglo después de haberla emprendido de manera oficial. Al recordar los comienzos de aquella andadura, la agenda oculta de concordia que inspiraba al Rey debería servir hoy de ejemplo cuando la voluntad de entendimiento y de caminar unidos parece haber pasado a formar parte de la cara oculta de España.

Álvaro de Diego González, director del programa de Doctorado de la Universidad a Distancia de Madrid (UDIMA).

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