Cuando el lobo es el fuego

Episodios terribles, como el de un gran incendio forestal, nos remiten al origen. Me refiero a la importancia que en ese origen tienen los símbolos, que según María Zambrano son los que nos revelan los misterios y que, en momentos de crisis supremas, nos llevan a aferrarnos a ellos. Pensando en los de la naturaleza, algunos de los más notables son la montaña, el río, la mar, el camino, la fuente y, por supuesto, el bosque. Ellos están en la tradición poética universal. Son temas eternos. Los símbolos están presentes en nuestras primeras contemplaciones de infancia y de adolescencia y jamás se van de nuestras mentes. Cuando el símbolo está en peligro extremo o desaparece bruscamente nos sumergimos en profunda desolación. Tal sucede con el incendio, el más extenso –30.000 hectáreas– que nuestro país ha padecido a lo largo de este siglo hace unos días: el de la hermosa sierra de la Culebra zamorana. De entrada, le encontré sentido a un verso mío que yo tenía por indescifrable: «el bosque es el camino del rayo».

Me refiero a que los rayos de una tormenta seca fueron los desencadenantes de este incendio al que, en unos días de fuerte viento y con 40 grados de temperatura ambiental, era muy difícil poner freno en pocas horas. Podía haber ardido toda la sierra, sus 67 kilómetros de longitud, de no ser por los medios utilizados y por el sacrificio de bomberos, guardas forestales, militares y vecinos.

Este bárbaro incendio supone para mí un doble pesar: la sierra de la Culebra es un símbolo poderoso que me acompaña en la mirada desde mi infancia. Nuestros abuelos nos iban enseñando el nombre de los montes cercanos, pero allá al fondo, había una sierra que al niño le intrigaba por su nombre: sierra de la Culebra. Y el niño pensaba: «¿Por qué de la Culebra, dónde se encuentra refugiada esa culebra que le da nombre?» Nunca lo pregunté. Pasados los años preferí pensar que más que a las culebras del lugar, el nombre se debe a la figura alargada, suave, de la sierra, que como sierpe inmensa repta en el horizonte. Con el paso del tiempo, sabría más cosas de aquella sierra azulada e inalcanzable que nacía en el más grande lago glaciar de la península, el de Sanabria, al lado del Parque Natural con sotos y cascadas del mismo nombre. Espacios literarios que se abren en dicho lago y en las noches de san Juan, cuando de sus honduras asciende el sonido de las campanas del pueblo sumergido en la novela san Manuel Bueno, mártir de Unamuno y que se cierra más abajo, donde nació el poeta León Felipe, en Tábara, al lado de la torre de lo que fue un valioso scriptorium de Beatos.

Territorio el de esta sierra especialísimo por sus robles, castaños y encinas, pero también por su flora (brezo, jaras) y única por su fauna. En el cruce de tres provincias –Zamora, León y Orense– se halla la mayor reserva de lobos de Europa; presencia hoy motivo de comprensible controversia sobre la que algo diré enseguida sin el más mínimo afán polémico, pues es a sentimientos muy personales a los que responde este artículo. Como tampoco lo hay en el momento de fijar la culpabilidad de un incendio de estas características, que de la tormenta nos llega con el rayo y nos remite a un mal incuestionable en un país con la mayor cantidad de masas forestales de Europa.

Conocemos muy bien algunos de los males que padecen nuestros bosques, desde aquel de signo cainita provocado por ese ser que incendia los pinares «como botín de guerra», según Antonio Machado, hasta el hecho de que hoy se encuentren mayormente muy cerrados y espesos. Su estado es mucho más delicado y peligroso en las últimas décadas, porque el bosque ya no goza del uso natural que entonces tenía, cuando un rebaño de mil cabras ramoneaba en sus matorrales y libraba al arbolado de romeros, brezos y jaras. A esta 'limpieza' natural se unía entonces el aprovechamiento racional de la leña, que daba calor y vida a los hogares. Como muy especial recuerdo el aroma con el que en el horno de las casas se fundían dos aromas: el de las ramas resecas que ardían con el aroma del pan recién cocido. Sí, eran otros tiempos y hoy vivimos en unos hacia los que no sabemos dónde nos vamos. El mundo sin ninguna duda progresa, pero a la vez renuncia a un modo de ser, a unos hábitos respetuosos con la naturaleza y a un amor a la agricultura que es práctica que perdura desde el Neolítico. Ernest Jünger, muy radical, nos dejó fijado en su 'Diario' este preocupante y mundialista tránsito entre dos épocas al hablarnos «del exterminio en nuestros días de la clase campesina».

La relación de los seres con el campo no es el mismo que en tiempos de las colmenas y las parras de Virgilio, pues hoy su abandono y el de sus pueblos, la emigración, nos llevaron al vacío. La sierra de la Culebra desciende con sus verdores, suavemente, teniendo a su lado a dos fieles compañeros: uno, la frontera con Portugal y otro uno de los ríos más serenos que conozco, el Tera, que a veces se remansa con una anchura que por su extensión más parece un lago que un río. Esta impresión es sublime en el paraje de Valparaíso, en Villardeciervos, otro de los enclaves que ha padecido más duramente el incendio y que en su nombre nos remite a la rica fauna de estos bosques: los ciervos, los gamos, los jabalíes y los ya mentados lobos.

Hoy el lobo es motivo de controversia porque expresa la eterna dualidad que asalta a los humanos: el que nos encontremos ante una especie que debe ser protegida y que a la vez supone un peligro para el ganado que pasta en libertad. Tampoco en este caso me pronunciaré por una de las dos visiones del tema. En la idealista, porque nos remitiría al lobo de los cuentos y leyendas de nuestra infancia; a aquel que siempre pasaba alejado de la defensa de los poderosos mastines y de la mirada de los pastores; o que cruzaba el pueblo bajo la nieve, en las noches de invierno, cuando todos dormían. El lobo era un mito o símbolo más. Imagen abstracta y esquiva que recuerdo en mi poema 'Zamira ama los lobos', en donde la protagonista del poema es una mujer que desea huir de un hospital ¡en busca de los lobos! para escapar del dolor y del resplandor de los quirófanos.

En sentido opuesto está el lobo no ya maligno de determinada literatura sino el que sigue atacando a los rebaños. El lobo ha descendido de esta reserva natural, en el que hay una cultura del mismo, a provincias más al sur, como las dehesas de Salamanca o Ávila. Desaparecen los rebaños, pastores y mastines, no se encierran en apriscos y majadas (como 'cabañas y corrales' se reconocen en estos parajes) y los animales caen en un desamparo absoluto. (Hace algunos años que en la prensa leímos cómo un ternerito había muerto tras el feroz ataque de los lobos. No tuve por menos que preguntarme ingenuamente: ¿Qué hacía este ternerito solo e indefenso ante la manada? Pero el daño producido era bien cierto.

El recuerdo de este pequeño animal me lleva a otro que ha sido un tema viral en el incendio de la sierra de la Culebra. Me refiero al de ese cervatillo que, cuando el incendio se apagó y llegaron los forestales, lo descubrieron agazapado junto a su madre muerta. ¿Buscando un regazo ya imposible o velando su muerte? Este episodio, nos lleva a tener otra visión del hecho bárbaro y negador del incendio. Me refiero a esa señal de humanismo en un animal que, agazapado junto a su madre muerta, nos remite a un sentimiento de ternura, al afecto, al amor, no sólo en los humanos. Se trata de una respuesta frente al dolor que aún cree en la esperanza de que todavía el humanismo puede hacer preservar y proteger a la naturaleza y a la vida. Esa hermosa vida que aún respiramos en el bosque protegido y en plenitud.

Antonio Colinas

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