Cuando el río suena

Después de los atentados de París, todo se empieza a ver de otro modo. Un poco antes estaba leyendo y reflexionando sobre las noticias del presunto asesinato de Pablo Neruda. Ahora creo, después de darle una segunda vuelta al asunto, que el tema sigue vigente, a pesar de todo. La manipulación del conocimiento histórico tiene una relación profunda con el desarrollo del terrorismo contemporáneo. Dejo el espinudo asunto para una oportunidad próxima y recojo mis hilos sobre el tema de la muerte del poeta.

Dicen que cuando el río suena, pensaba hace tres o cuatro días, es porque piedras lleva. Es un dicho chileno, criollo, y no sé si todavía se usa en algún lugar de España. Los rumores sobre el asesinato del poeta van en aumento, al menos en cuanto a sonajera, pero no terminan de convencerme. Creo que el magistrado Mario Carroza, ante quien presté declaración en su momento, ha hecho un trabajo serio, sólido, y estoy en espera de su resolución final, anunciada para el mes de marzo próximo. Ahí sabremos muchas cosas y entiendo que podríamos, en principio, leer el expediente.

Las informaciones de prensa han partido con un dato equivocado, que para mí tiene carácter personal, pero que produce consecuencias jurídicas. Dicen que fui secretario de Pablo Neruda, y me pregunto si esta información falsa es intencionada o no. Yo era funcionario de carrera y ministro consejero de la Embajada de Chile en Francia, en la que Neruda era embajador. Esto significa que era el jefe administrativo de la Embajada y que en ausencia del poeta actuaba y firmaba con pleno poderes como encargado de negocios. Y significa, por lo tanto, que conocía los secretos de la Embajada, sobre todo en una situación en la que el jefe se ausentaba con alguna frecuencia. Ahora bien, puedo asegurar ahora que el secreto mejor guardado de esa misión era el de la mala salud de su jefe. Si me quieren desmentir, habrá que esperar que se abran los archivos confidenciales de la diplomacia chilena, o que se conozca el sumario substanciado por el ministro Carroza. La razón del secreto, política, era clara. En esos años, la Constitución de Chile establecía que los presidentes de la república proponían a los embajadores, pero que el Senado, en sesión secreta, debía aprobar ese nombramiento. Ahora bien, después de algún tiempo de gobierno de Salvador Allende y de la Unidad Popular, había un conflicto declarado entre el Parlamento, dominado por la oposición, y el poder ejecutivo. Ningún embajador propuesto por Allende era aceptado en esa etapa por el Senado. En consecuencia, si Neruda se retiraba por enfermedad, no era posible reemplazarlo sin pasar por encima de la Constitución.

A fines de noviembre de 1972, Neruda tuvo que renunciar a su cargo y regresar a Chile, y no porque se hubiera propuesto ayudar al Gobierno de Salvador Allende, como se ha dicho ahora. Le habría gustado mucho hacerlo, pero su condición física se lo impedía. De ahí que se haya recluido en su casa de Isla Negra y se haya dedicado a dictar sus memorias, sin moverse de allá. Conocí en París detalles menudos, tristes, a veces dramáticos, de su enfermedad. ¿Tiene algún sentido alterar la historia real, personal, humana, médica, para subrayar la tesis del asesinato político? No creo que lo tenga. Pienso, por el contrario, que los lectores de la prensa tienen derecho a una información seria. Como la situación política se complicaba cada día, el doctor le había pedido a Matilde que evitara a toda costa que el poeta recibiera malas noticias. Pero Neruda era un consumidor ávido de prensa escrita, de radio, de televisión. Recibía información por los más diversos medios, a cada rato. Cuando se produjo la intervención militar, la conoció desde el primer momento. Ahora se cuenta que un barco de guerra se detuvo en el mar frente a su casa. No conocía este episodio y no sé si influyó en el desánimo del personaje. Conocí en cambio, en detalle, el tema del allanamiento de su casa mientras dictaba el último capítulo de sus memorias. Matilde ocultó los papeles en un revistero y los soldados no los encontraron.

Se ha citado ahora la muerte sospechosa del expresidente Eduardo Frei Montalva en la misma clínica Santa María. Es una prueba más bien contraria, puesto que el expresidente asistió al Te Deum de Fiestas Patrias de 1973 junto a las máximas autoridades. Su muerte se produjo, en cambio, cuando se había convertido, algunos años más tarde, en el jefe de la oposición democrática al pinochetismo, hecho que lo transformaba en el enemigo más peligroso dentro de la guerra sucia de esos días. La familia sostuvo la tesis de su asesinato por medios químicos y pienso que sus sospechas estaban bien fundadas, pero no conozco los resultados de este proceso.

La investigación verdadera, seria, sobria, nos interesa a todos, como nos interesa, ahora, a propósito del terrorismo y de Estado Islámico. En el caso de Neruda, forma parte de la historia oscura de nuestro país, de algo que todos tenemos derecho y hasta necesidad de conocer. Examinarla con frivolidad, con parcialidad, con espíritu de protagonismo, es un error histórico, político, ético. Dentro de un contexto así, no sé si es posible descartar en forma absoluta la tesis del asesinato en la clínica Santa María de Pablo Neruda. Habría sido asesinar a una persona que sufría de un cáncer terminal y que había sido operada dos veces, con mal diagnóstico, en una importante clínica de París. Ahora bien, un Neruda en el exilio mexicano, por enfermo que estuviera, podía convertirse en un problema internacional grave para el régimen chileno de entonces. Enfoquemos el tema, entonces, con el máximo de rigor, sin declaraciones para la galería. Tuvimos episodios siniestros, criminales, pero nuestro viejo Estado de Derecho no desapareció en forma total. Si hubiera sido así, no habríamos podido derrotar al gobierno «de facto» a través de un plebiscito aceptado y reconocido. Ahora espero con plena confianza el dictamen del magistrado Carroza, que ha trabajado años en este proceso y que maneja toda la información seria: médica, testimonial, histórica.

Jorge Edwards, escritor.

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