Cuando es el Estado el que asesina

Cuando es el Estado el que asesina

Ocurrió durante la Segunda Guerra Mundial, pero no como consecuencia de sus numerosos estallidos bélicos. Porque el Holocausto no fue sólo una matanza masiva de personas. Abundan los ejemplos de destrucción de población civil durante esos años, desde las provocadas por los bombardeos del Reich sobre Londres, o los de los aliados sobre Colonia, Hamburgo y Dresde (que dejaron las ciudades reducidas a cenizas), hasta las prácticas genocidas del Japón imperial en China y el Pacífico Sur o la masacre de oficiales del Ejército polaco a manos del NKVD soviético. Por supuesto, el criminal acto que supuso el lanzamiento por la aviación estadounidense de dos bombas atómicas sobre los habitantes de Hiroshima y Nagasaki.

Lo específico del Holocausto, sin embargo, aquello por lo cual puede y debe ser estudiado como un hecho histórico diferenciado de la lógica del conflicto de potencias que se da entre septiembre de 1939 y agosto de 1945, es que se trata de una práctica asesina que un Estado lleva a cabo sobre su propia población, sobre sus ciudadanos, o sobre aquellos que quedan bajo su jurisdicción. Es lo que hizo el Estado nacional socialista alemán. Pero también, el Estado Independiente de Croacia. Ambos, fundamentalmente el primero, son los responsables de los asesinatos (ya que se cometieron al margen de la ley) de unos 100.000 enfermos mentales y/o crónicos polacos, alemanes y austriacos; de más de dos millones de prisioneros de guerra soviéticos; de unos 322.000 serbios; de alrededor de 250.000 gitanos; y de más de cinco millones de judíos. Por tanto, la aniquilación de los judíos europeos, la Shoá, forma parte del Holocausto, pero no lo agota, ya que eso supondría ignorar a los miembros de otras minorías que fueron víctimas de la violencia asesina del Estado. La Shoá, término hebreo cuya traducción literal es catástrofe, representa, además, el paradigma esencial para entender el Holocausto.

Aquella catástrofe fue posible, en primer lugar, por el sentimiento judeófobo ampliamente extendido en Alemania, que en modo alguno significaba una anomalía de lo que ocurría en Europa. Históricamente, la judeofobia se había manifestado de tres formas diferentes. Durante la formación del cristianismo como ideología de poder, la judeofobia tuvo un carácter religioso: los judíos eran presentados como deicidas, como los asesinos de Dios; tras la constitución de los medievales reinos cristianos de Occidente, se desarrolló una judeofobia económica relacionada con las tareas fiscales que los monarcas habían asignado a los miembros de las comunidades judías. Finalmente, cuando surgen los Estados-nación, los judíos pasan a convertirse en una nación sin Estado que amenaza la identidad política. Para cada una de esas manifestaciones del odio al judío se propuso una solución. En un primer momento, el judaísmo se curaba mediante la conversión; cuando fue visto como una amenaza para la unidad religiosa en las monarquías cristianas, se decretó su expulsión; por último, para combatir su carácter infeccioso y parasitario en las nuevas naciones europeas, se pensó en la aniquilación. Al Estado alemán, heredero de esa larga tradición antisemita, le cabe haber franqueado una línea hasta entonces no concebida por nadie. Había solventado la cuestión religiosa otorgando un carácter racial al judío, imposibilitando así su conversión; por costosa y difícil había descartado la deportación; diseñó, entonces, una solución final: la eliminación física de todos aquellos que significaban una amenaza real para la salud e higiene del Estado. Y esto es lo que determina la especificidad histórica de la judeofobia nazi, como el odio al Estado de Israel, desde 1948, caracteriza el antisemitismo contemporáneo.

Pero la Shoá no es sólo la consecuencia de la fobia racial e ideológica que representaba el arraigado antisemitismo de la Europa de finales del XIX y principios del XX. Ésta es una condición necesaria, pero no suficiente. En La utopía nazi (Crítica, 2006), Götz Aly define el exterminio judío como “el más consecuente atraco homicida de la historia moderna”. Gracias a él, sostiene el historiador alemán, el Reich pudo sufragar parte de los desmesurados gastos de guerra a los que tuvo que hacer frente. Fueron muchos los países europeos que compensaron los gastos de ocupación alemana mediante los bienes (muebles, inmuebles, artísticos, comerciales, financieros…) de los judíos que, en contraprestación, Alemania se encargaba de eliminar para imposibilitar una posible reclamación futura. También, ante la incapacidad del Partido nacional socialista de extender sus promesas utópicas de progreso e igualdad social a toda la población, el Estado decidió deshacerse de una parte de los ciudadanos que le suponían un coste inasumible (deficientes mentales, enfermos crónicos…), y de otra, los judíos, a los que retiró sus derechos civiles, les impidió el acceso a determinados puestos de trabajo (lo que ayudó al descenso del paro entre la población aria) y les expropió sus bienes.

En los años 30, los judíos en Alemania representaban un porcentaje mínimo de la población, pero los proyectos de anexión territorial diseñados por el Reich elevaban la cifra total a los 11 millones de personas que aparecen en las actas de la Conferencia de Wannsee (Berlín, 20 de enero de 1942), donde se coordinan y ultiman los preparativos para la ejecución de la Solución Final. “El 95% de los alemanes”, concluye Aly, “se beneficiaban de lo robado (…) Las víctimas de los bombardeos se vestían con la ropa de los asesinados, y dormían en sus camas, aliviados por haberse salvado una vez más y agradecidos al Estado y al partido que les habían ayudado tan rápidamente”. Durante los años de la Guerra, los ciudadanos alemanes pudieron mantener su alto nivel de bienestar gracias a que podían disponer de las cosechas incautadas y comprar a bajo coste vajillas, cuberterías, mantelerías, instrumentos musicales, libros, lámparas, juguetes infantiles, sillones, colchones, obras de arte… de judíos que ya no podrían reclamarlos nunca. Ante el silencio cómplice e interesado de sus antiguos vecinos, habían sido aniquilados por un Estado que se definía como jurídicamente garantista y que había construido el primer régimen de bienestar.

La confluencia, por tanto, de los factores ideológicos y económicos dan lugar a un proceso de exterminio de población que se desarrolla, según expone Raul Hilberg en La destrucción de los judíos europeos (Akal, 2005) en cuatro fases, que no están de antemano fijadas, sino que se van desarrollando, a veces de forma caótica, otras, con estricta racionalidad. En la primera de ellas, mediante una minuciosa legislación racial elaborada en Nüremberg en 1935, el Estado alemán determinó quiénes de entre sus ciudadanos dejaban de serlo porque pasaban a tener la condición de judío que sus relaciones de parentesco le imponían. En un segundo momento, para aquellos que habían sido clasificados administrativamente como judíos se determinó su separación paulatina de la sociedad y la expropiación de todos sus bienes. En una tercera fase, todos los judíos del Reich fueron encerrados en guetos y en campos de concentración y trabajo, a lo largo del cada vez más extenso imperio germano. Por último, a partir de finales de 1941, en los territorios de la Polonia ocupada, se diseñaron unos centros especiales, los campos de exterminio, en los que las víctimas pasaban, en unas pocas horas, de la vida a la muerte, como resultado de una minuciosa planificación industrial. El artefacto que permitió aquella operación fue la cámara de gas, alimentada por gases de combustión en los campos de Bélzec, Sobibór, Chelmno, Treblinka y Majdanek, y con Zyklon B, un potente gas antiparásitos, en éste último y en el mayor de los centros de muerte: Auschwitz.

Y es en Auschwitz donde, a partir de 1943, cristaliza la síntesis del modelo nacional socialista. Inaugurado como lugar de reclusión, gracias al perfeccionamiento de las técnicas de exterminio, se convierte en el más eficaz lugar de muerte industrial del Reich. También en una inmensa fábrica de esclavos que pasaban a la cámara de gas cuando sus cuerpos se agotaban. Un modelo que se presenta hoy como tentación en nuestras sociedades capitalistas sometidas a una continua revolución tecnológica que produce excedentes de mano de obra y en las que las sucesivas crisis han demostrado la dificultad para mantener un Estado de bienestar sostenible y justo.

Fernando Palmero es periodista, doctor por la Universidad Complutense y coautor de Guía didáctica de la Shoá (CAM, 2013) y Para entender el Holocausto (Confluencias, 2017).

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