¿Cuándo ganó el Brexit?

En Ricardo II, el personaje de Juan de Gante describe Inglaterra así: «Esta fortaleza que la Naturaleza ha construido para defenderse contra la infección y la mano de la guerra […] esta piedra preciosa engastada en el mar de plata, que le sirve de muro, o de foso de defensa alrededor de un castillo, contra la envidia de naciones menos venturosas». Se trata de uno de los parlamentos más conocidos de la obra de Shakespeare, y también de una de las referencias clásicas del patriotismo inglés. Porque no sólo glosa las excelencias de Inglaterra, sino que también capta uno de los temores esenciales de sus habitantes a lo largo de la Historia: el temor a una invasión extranjera. Juan de Gante lo deja claro: al otro lado del mar no hay nada más que guerra y gentes extrañas que envidian nuestra felicidad. Y que nos la arrebatarían si pudieran. El mar nos protege, pero ellos están ahí. Acechando.

En principio, una obra de teatro de 1597 tiene poco que ver con la salida de Reino Unido de la UE en 2019. Los análisis sobre lo que hemos convenido en llamar el Brexit suelen centrarse en cuestiones fundamentalmente contemporáneas. Se ha destacado, por ejemplo, la importancia de las herramientas informáticas utilizadas por los euroescépticos en la campaña del referéndum de 2016. También se ha analizado el papel de las redes sociales a la hora de difundir noticias falsas e interpretaciones sesgadas. Se ha señalado, además, el engarce del antieuropeísmo con la ansiedad provocada por la globalización, el cambio tecnológico o la crisis económica que comenzó en 2008. Finalmente, se ha destacado la irresponsabilidad de unas élites que frivolizaron con un tema muy serio por motivos electorales.

Y todo ello es cierto. Estos factores tuvieron un papel innegable a la hora de facilitar el Brexit. Sin embargo, conviene que nos planteemos también lo siguiente: ¿qué habría sucedido si el referéndum se hubiera celebrado en 2006 en lugar de en 2016; es decir, en un Reino Unido pre-crisis y pre-Facebook? Solemos dar por hecho que la opción del Brexit habría sido derrotada clamorosamente, pero hay motivos para dudar de ello. Porque minusvaloramos la capacidad que tuvieron Boris Johnson, Nigel Farage y el resto de euroescépticos para apelar a algunas de las vetas más profundas de la cultura británica, a cuestiones axiales en la forma de concebir su Historia y su identidad.

Esto nos devuelve a la fantasía de la invasión. El columnista Fintan O’Toole llamaba la atención hace unos meses sobre la popularidad que tienen en Reino Unido las novelas y series que imaginan un mundo en el que la Alemania nazi habría ganado la guerra y ocupado ese país. Dado que las ficciones distópicas suelen expresar miedos heredados, O’Toole concluía que parte de la cultura inglesa jamás se ha sobrepuesto al trauma de aquella guerra. Un trauma que, curiosamente, no se fija en la pérdida masiva de vidas británicas en los campos de batalla europeos, africanos y asiáticos, sino en los bombardeos alemanes sobre Londres y la angustia ante una invasión inminente. Una experiencia que retrotraía, además, a otros episodios fundamentales de la construcción nacional británica: las guerras napoleónicas, la Armada Invencible, la invasión normanda.

Esa herencia cultural explica la paranoia que siempre ha despertado el proyecto europeo en Reino Unido. Desde los años 60, cada nuevo paso en la integración europea ha resucitado en algunos sectores (sobre todo los cercanos al partido conservador) la dialéctica de la invasión y la resistencia. Esos europeos nunca traman nada bueno; deben de estar preparando una nueva manera de robarnos nuestra libertad. No se trata de una actitud marginal: en 1990, un ministro de Thatcher declaró que la UE era «una triquiñuela diseñada por los alemanes para sojuzgar a toda Europa… viene a ser como si hubiéramos cedido nuestra soberanía a Hitler». Y durante la campaña del referéndum, Boris Johnson dijo: «Napoleón, Hitler… ya se ha intentado unificar Europa, y siempre acaba en tragedia. La UE es otra forma de lograr lo mismo, solo que con métodos distintos».

El Brexit ha sido, en gran medida, el triunfo de esa paranoia heredada. Una paranoia que estaba tan presente -o, cuanto menos, tan latente- en los años 80 como en 2016. El rechazo de parte de los conservadores a la Unión Europea ya destrozó el gobierno de John Major a mediados de los 90. Y el eslogan de la campaña del Brexit, Recupera el control, tenía un subtexto claro: recuperemos el control de nuestra isla de las manos de los europeos. Del mismo modo que el conocido cartel del UKIP de 2014, que superponía unas escaleras mecánicas a los acantilados de Dover, no apelaba sólo a la xenofobia. El objetivo era denunciar la llegada de inmigrantes de otros países de la UE, pero la elección del sitio no era casual. Esos acantilados son uno de los símbolos de la resistencia británica a los europeos que querrían conquistarla. La asociación era clara: lo que las naciones menos venturosas no lograron por las armas lo quieren conseguir ahora con la inmigración.

El aspecto cultural explica otro elemento de esta historia: la confianza de los euroescépticos en que, una vez ganado el referéndum, podrían dictar los términos de su nueva relación con Europa. Muchos diputados conservadores siguen afirmando a día de hoy que, si rechazan el acuerdo negociado por Theresa May con la Unión Europea, serán capaces de obtener otro más ventajoso. También lo ha dicho varias veces Boris Johnson: la primera ministra debe ir a Bruselas y obligar a los europeos a darle lo que Reino Unido quiere y merece. Y los tabloides lo recuerdan con frecuencia: desde los tiempos de Napoleón hasta los de Hitler, los británicos, gracias a su valentía e ingenio, han vencido a todo matón extranjero que intentó doblegarlos. Negarse a hacer lo mismo con Juncker sería poco menos que un crimen de leso patriotismo.

Desde luego, esta actitud se estudiará en los libros de Historia como un delirante ejemplo de hibris: el futuro del país se hipoteca a la asombrosa creencia de que el mundo está deseando honrar las excelencias británicas con un trato de favor. Pero precisamente porque es un delirio bastante extendido, en un país que dispone de excelentes mecanismos de formación y selección de élites, conviene comprender bien sus causas. Se trata de una actitud determinada por la Historia, o, para ser exactos, por cómo se ha destilado ésta en ciertas ideas acerca de la identidad colectiva. Todo está en el verso triunfal de Rule Britannia, himno alternativo y popular del país: «Los británicos nunca serán esclavos».

Señalar estas cuestiones no significa caer en un determinismo cultural. El resultado del referéndum fue ajustado, y el desastre de las negociaciones con la UE ha curado a muchos de su entusiasmo por el Brexit. Es evidente que hay decenas de millones de británicos que no ven a Europa como una amenaza existencial. Y es posible que, con una campaña distinta, el resultado hubiera sido diferente. Pero es clave acertar en el diagnóstico: no todo fueron fake news y perdedores de la globalización. Los partidarios del Brexit fueron capaces de apelar a aspectos esenciales de la cultura británica; de ahí extrajeron gran parte de su fuerza y su atractivo. Sobre todo, porque ni Cameron ni sus aliados quisieron hacer pedagogía contra aquellas lecturas de la historia nacional y de la naturaleza del proyecto europeo.

El discurso de Juan de Gante en Ricardo II concluye con otra sentencia famosa: «Esta Inglaterra que acostumbraba a conquistar a otros ha realizado una vergonzosa conquista de sí misma». Sería tranquilizador deducir de lo que he venido señalando que esto solo podía sucederles a los británicos. Pero el Brexit también contiene lecciones ominosas para quienes no compartimos su herencia cultural. Porque todo país tiene sus propias obsesiones nacionales y traumas heredados, su haz de historias sobre el pasado colectivo. Recursos que anidan en rincones muy profundos de la cultura que compartimos, y que ofrecen un verdadero filón para aquellos oportunistas que sepan identificarlos. La advertencia de Juan de Gante es universal: ningún país está a salvo de conquistarse a sí mismo.

David Jiménez Torres es profesor de Humanidades en la Universidad Camilo José Cela. Su último libro es la novela Cambridge en mitad de la noche (Entre Ambos, 2018).

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