Cuando la justicia solo tarda lo que los hombres creen que debe tardar

 Un acto en vivo de Louis C. K., en 2015 Credit Jacob Blickenstaff para The New York Times
Un acto en vivo de Louis C. K., en 2015. Credit Jacob Blickenstaff para The New York Times

El movimiento #MeToo ha existido desde hace más de una década, cuando la activista Tarana Burke acuñó la frase. Adquirió una relevancia particular en 2017, cuando surgieron denuncias para que hombres como Harvey Weinstein, Mario Batali, Matt Lauer, Kevin Spacey, Louis C. K. y Charlie Rose rindieran cuentas por acusaciones de acoso y abuso sexual y, en ciertos casos, de violación. En los últimos meses sus casos se han litigado ante un jurado compuesto por la opinión pública. Algunos de los hombres se quedaron sin sus trabajos. Weinstein enfrenta cargos penales. Sí, cayeron. Pero su aterrizaje ha sido muy cómodo.

Sin embargo, sus víctimas han sido descreídas. Han tenido que sobrellevar acusaciones de que solo quieren llamar la atención. La justicia las ha eludido. Y el debate público se ha enfocado más en si el movimiento #MeToo se extralimitó que en reconocer la predominancia de la depredación sexual en prácticamente cualquier circunstancia.

En noviembre de 2017, el comediante Louis C. K. admitió que expuso su pene y se masturbó frente a varias mujeres sin que ellas lo consintieran, y después desapareció de la vista pública… hasta el 26 de agosto, cuando regresó a los escenarios en el Comedy Cellar de Nueva York. Tal parece que encontró una nueva manera de exhibirse a la fuerza ante un público que no se lo esperaba. Su acto duró unos quince minutos y terminó con una ovación de pie, apenas nueve meses después de que él mismo confirmara su comportamiento inaceptable.

Otros hombres alguna vez poderosos que cayeron en desgracia parecen estar preparando grandes regresos. El presentador televisivo Matt Lauer les ha dicho a algunas personas que planea retornar a la esfera pública. Ya han surgido reportes noticiosos sobre los planes del también presentador televisivo Charlie Rose y del chef Mario Batali de hacer lo mismo.

En cada caso ha transcurrido menos de un año desde que salieron a la luz las denuncias en su contra y, en cada caso, los hombres han tomado poquísimas acciones para buscar la expiación. Quienes se han disculpado lo han hecho por medio de declaraciones cuidadosamente redactadas y revisadas por equipos legales. Han achacado la responsabilidad a otros o han demostrado que realmente no creen haber hecho nada malo. Lo que es peor, ha habido demandas para que el movimiento #MeToo ya tenga contemplada una manera para que estos hombres se rediman, como si fuera responsabilidad de las personas victimizadas ayudar a los victimarios.

“¿Debe un hombre seguir pagando por el resto de su vida por sus malas acciones?”. Esa es la pregunta que comúnmente se hace al hablar de justicia cuando se reportan acoso o abuso sexual por parte de figuras públicas. ¿Cuánto tiempo deben pagar el precio por sus acciones los hombres que no han enfrentado consecuencias legales y muy pocas repercusiones financieras?

En junio hablé con la poeta y activista Aja Monet sobre la antología Not That Bad (No es tan malo), que trata la cultura de la violencia sexual y cómo se puede pensar la justicia para las víctimas. Hablamos de una justicia reparadora en la que víctimas y perpetradores se reconcilian con el delito y el sufrimiento para que haya rehabilitación del perpetrador y justicia para la víctima.

Me gusta esa idea de justicia reparadora: que es posible conseguir justicia al discutir el abuso que viví con quienes lo cometieron, y que yo misma esté involucrada en determinar el castigo apropiado por el delito. La justicia reparadora podría ayudar a recuperar la voluntad que me quitaron. Pero también me gusta la idea de que esos hombres pasen algo de tiempo detrás de las rejas, más allá de si el sistema penitenciario es problemático, para que dediquen tiempo a pensar en las maneras en las que me violaron y violentaron. Me gustaría que enfrenten consecuencias materiales por sus acciones, porque yo llevo enfrentándolas durante treinta años. Una parte de mí no quiere algo reparador, quiere venganza.

Y ahí está la dificultad de la justicia ante la violencia sexual: las repercusiones del crimen pueden durar una vida entera. Puede que no sea posible conseguir una justicia satisfactoria, pero sin duda podemos encontrar algo mejor dado que lo más frecuente es que las víctimas de la violencia y el acoso sexual no obtengan justicia, punto.

Dedicamos tan poca energía a pensar en la justicia para las víctimas, y mucha más en la que merecen los hombres que cometen el acoso y abuso sexual. Nos preocupa qué sucederá con ellos después de sus errores. No nos preocupa mucho qué sucederá con quienes sufrieron en consecuencia. Es muchísimo más fácil para la mayoría de las personas tener empatía con los depredadores y más complicado tenerla con las presas.

Quiero creer que hay un camino para la redención de quienes han cometido males, pero nueve meses de un exilio autoimpuesto con comodidad financiera definitivamente no es un escalafón en ese camino. Es demasiado pronto para que cualquiera de los hombres que han enfrentado consecuencias nimias a partir del movimiento #MeToo piense en su redención. A las personas les encanta una historia de retorno triunfal y muchas veces la añoran por encima del bienestar de las víctimas, que apenas empiezan a lidiar con el pesar.

Louis C. K. es un gran ejemplo. No solamente se exhibió y masturbó frente a mujeres comediantes; hay varios reportes de que personas que él empleaba buscaron frenar las carreras de esas comediantes. Pese a ello mantiene el control de la historia. Puede romper las reglas sin problema y luego, cuando es momento de que rinda cuentas por sus fechorías, puede establecer nuevas reglas él mismo.

Así que: ¿por cuánto tiempo debe alguien como Louis C. K. pagar por lo que hizo? Por lo menos la misma cantidad de tiempo que dedicó a silenciar a las mujeres a las que acosó; por lo menos la misma cantidad de tiempo que ellas sintieron que tenían que dudar si lo que les había sucedido estuvo mal, y por lo menos la misma cantidad de tiempo durante el cual el mundo de la comedia lo protegió pese a que lo que había hecho parecía ser un secreto a voces.

Debe pagar hasta que demuestre que comprende que lo que hizo estuvo mal y que tiene una noción de la extensión del daño que infligió. Debe al menos intentar darles compensación financiera a sus víctimas por todo el trabajo que ellas no pudieron hacer debido a los esfuerzos de él para acallarlas. Debe facilitar que ellas consigan las oportunidades profesionales a las que debieron haber podido acceder durante todos estos años. Debe financiar el cuidado de su salud mental si ellas así lo requieren. Debe donar a organizaciones sin fines de lucro que atienden a víctimas de acoso y abuso sexual. Debe admitir públicamente lo que hizo y por qué eso que hizo estuvo mal, sin excusas ni evasiones ni declaraciones cuidadosamente revisadas por abogados. Y todos los que han cometido violencia y acoso sexual deben hacer lo mismo.

Necesitamos discutir la definición de qué cuenta como justicia cuando el público general actúa como juez y jurado, pero no para el bien de los ofensores, sino de las víctimas. Es doloroso saber que Louis C. K. pudo sencillamente subirse a un escenario de un club de comedia y hacer su acto como si no hubiera admitido que se masturbó frente a mujeres de una manera que pintó casi como si fuera un deporte.

Es doloroso ver que de nuevo se repite la historia de otras transgresiones en las que el perpetrador vive algo de oprobio y poco después ya alista su regreso, porque todo parece olvidado y perdonado. Es doloroso que estos hombres crean que son tan importantes para la cultura que el público quiere que regresen sin más. No importa qué actos privados de contrición esos hombres, y algunas mujeres, hicieron ante sus víctimas: también tiene que haber un acto público de contrición que sea genuino y no se trate solo de mejorar una imagen y de apaciguar a una multitud. Hasta que eso suceda no merecen justicia reparadora ni redención.

Ese es el precio que deben pagar por los males que cometieron.

Roxane Gay es profesora asociada de la Universidad Purdue y escritora de Hunger y Bad Feminist.

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