Cuando Lenin fascinaba a los catalanes

Para comprender el impacto extraordinario que tuvo la Revolución rusa de 1917 en Catalunya, imaginemos a tres personajes de aquella época. Josep, un obrero del ramo del agua, gas y electricidad; Salvador, un burgués que vendía pastillas para la tos y tenía casa en la avenida del Tibidabo, y Lluís, hijo de una familia trabajadora de El Tarròs, elegido concejal por el Raval en las listas del Partido Radical ese mismo año. Lenin les cambió la vida a los tres.

Josep trabajaba en La Canadiense. Dos años después de que los bolcheviques asaltaran el Palacio de Invierno, él y sus compañeros comenzaron una huelga. Pedían una jornada de ocho horas, pero la patronal se cuadró. La huelga se endureció. Aparecieron bandas de pistoleros. El capitán general sacó el Ejército a la calle y nuestro hombre terminó en el castillo de Montjuïc con toda la plantilla. La cárcel era una máquina de hacer anarquistas y él se hizo de la CNT. El anarquismo constituía un proyecto de vida en libertad, pero en Rusia los comunistas habían cambiado la sociedad. Él soñaba con que ambas cosas fueran compatibles. Como Ángel Pestaña. Josep nunca dejó de ser anarquista, pero se acercó a los socialistas, y cuando Franco se alzó en armas y se creó el PSUC, se afilió. Stalin era el único que ayudaba a la República.

Salvador era un burgués ilustrado, con un espíritu filantrópico que le llevó a financiar un tranvía azul hasta el Tibidabo. Pero era un burgués inmensamente rico, y cuando las calles de Barcelona quedaron en manos de las milicias que habían detenido el alzamiento franquista, tuvo que irse de Catalunya. Incautada, su torre pasó a ser la sede del consulado de la URSS en Barcelona. El cónsul, Vladimir Antonov-Ovseenko, ofrecía recepciones que nadie se quería perder. Porque el salmón era del bueno y porque todo el mundo pensaba que él mandaba. No era del todo cierto, porque él no controlaba los servicios secretos soviéticos. Dirigidos por Alexandre Orlov, fueron quienes aprovecharon los Fets de Maig para asesinar a Andreu Nin.

Como toda la Catalunya menestral, Lluís Companys recibió la revolución rusa con interés e inquietud. Unos años más tarde, Macià le explicó las tribulaciones de su viaje fracasado a Moscú para financiar la operación de Prats de Molló. En Barcelona, Rusia estaba de moda. Se publicaron Crimen y castigo y Anna Karenina, que Nin había traducido al catalán, y se estrenó El acorazado Potemkin. En las crónicas moscovitas de Pla había un cierto cinismo, y en las de Xammar, escepticismo, pero Carles Pi Sunyer, de ERC, el más entusiasta, cantó las excelencias de unos tractores que labraban un nuevo país. Con la guerra y la ayuda soviética, las clases populares catalanas quedaron prendadas por la URSS. Más de 400.000 personas desfilaron en Barcelona en el aniversario de la revolución en 1937. El mismo año en que Stalin comenzaba las purgas de Moscú. Companys les saludó desde el balcón de la Generalitat con el puño cerrado. A su lado tenía a Antonov-Ovseenko, que lo pagaría con su vida. Stalin mandaría fusilarlo por ser demasiado independiente y demasiado amigo de los catalanes, y por asustar a los europeos con proclamas poco diplomáticas. Eran pretextos para liquidarlo, como toda la vieja guardia bolchevique. En Catalunya, mientras tanto, un retrato gigantesco de Stalin colgaba de la sede del PSUC, en la plaza de Catalunya, y uno de Lenin presidió el acto institucional que se celebró en el Palau de la Música, junto al de Macià.

La Revolución de Octubre contribuyó a que hombres como Josep se formaran una conciencia de clase. Nació el PSUC, que jugaría un papel primordial durante la guerra y bajo el franquismo. Pero poco después Nin fue detenido, torturado y asesinado por agentes de la NKVD. El PSUC calló. No fue el único. Fuera del POUM no se levantó ni una sola voz para condenarlo. Los catalanes habían quedado abducidos por Stalin. Su intervención justificó que burgueses como Salvador pusieran su destino en manos de Franco. Para Lluís Companys, el apoyo de la URSS fue el abrazo del oso. Quedó prisionero. Sobre Nin también calló. La espiral de guerra y revolución le había hecho asumir un papel que no era el de la menestralía. Suele pasar. La ayuda militar soviética y las checas fueron un pretexto utilizado por el franquismo y una coartada para Francia e Inglaterra. Quizá explique que la Diagonal se llenase de gente para recibir a Franco. La fascinación por el Octubre de Lenin había durado 20 años.

Andreu Claret, periodista y escritor.

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