Cuando los militares deciden la política

Por Jeffrey Sachs es catedrático de Economía y director del Instituto de la Tierra en la Universidad de Columbia. Traducción de M. L. Rodríguez Tapia (EL PAÍS, 02/12/07):

Muchas zonas de guerra actuales -como Afganistán, Etiopía, Irán, Irak, Pakistán, Somalia y Sudán- tienen unos problemas comunes que constituyen las raíces de sus conflictos. Son tierras pobres, golpeadas repetidamente por desastres naturales y con unas poblaciones en rápido aumento, que estiran al máximo la capacidad de cada uno de esos países de alimentar a sus habitantes. En todos los casos, la proporción de jóvenes es muy alta.

La única forma de resolver todos estos problemas es un desarrollo económico sostenible a largo plazo. Sin embargo, Estados Unidos insiste en ocuparse de los síntomas, y no de los auténticos males, cuando afronta cada uno de esos conflictos con medios militares. Respalda al Ejército etíope en Somalia. Ocupa Irak y Afganistán. Amenaza con bombardear Irán. Apoya la dictadura militar en Pakistán. Ninguna de esas acciones militares aborda los problemas que causaron el conflicto. Al contrario, las políticas estadounidenses suelen inflamar la situación, en vez de resolverla.

Una y otra vez, esta estrategia militar acaba volviéndose en contra de Estados Unidos. Washington apoyó al Sah de Irán con el envío masivo de un armamento que cayó en manos del Gobierno revolucionario a partir de 1979. Después, los estadounidenses apoyaron a Sadam Husein cuando éste atacó Irán, hasta que, al final, fueron ellos los que atacaron a Sadam. Estados Unidos ayudó a Osama Bin Laden en Afganistán durante la guerra contra los soviéticos, y acabó teniendo que luchar contra él. Desde 2001, Estados Unidos ha respaldado a Pervez Musharraf en Pakistán y le ha entregado ayuda por valor de más de 10.000 millones de dólares, y ahora se encuentra ante un régimen altamente inestable.

La política exterior estadounidense es tan poco eficaz porque son los militares los que mandan en ella. Incluso el intento de reconstrucción de Irak tras la guerra lo dirigió el Pentágono.

El presupuesto militar estadounidense domina todo lo relacionado con la política exterior. Si se suman los presupuestos del Pentágono, las guerras de Irak y Afganistán, el Departamento de Seguridad Interior, los programas de armas nucleares y las operaciones de ayuda militar del Departamento de Estado, Estados Unidos gastará este año aproximadamente 800.000 millones de dólares en seguridad, frente a menos de 20.000 millones en desarrollo económico.

En un impresionante artículo sobre la ayuda a Pakistán durante la Administración de Bush, Craig Cohen y Derek Chollet han hecho patente lo desastrosa que es esta estrategia militarizada (y ese artículo está escrito antes de las últimas medidas emprendidas por el tambaleante régimen de Musharraf). Demuestran que, pese a los enormes problemas de Pakistán en lo relativo a la pobreza, la población y el medio ambiente, el 75% de los 10.000 millones de dólares de ayuda estadounidense se ha destinado al Ejército paquistaní, en teoría como pago por su contribución a la “guerra contra el terror”.

Los autores advierten que “la dirección estratégica para Pakistán la decidió un estrecho círculo de altos cargos del Gobierno de Bush, y se ha centrado, sobre todo, en el esfuerzo de guerra, en vez de la situación interna del país”. Subrayan asimismo que “la cooperación de Estados Unidos con Pakistán está muy militarizada y muy centralizada, y es muy poco lo que llega a la gran mayoría de paquistaníes”.

Esta militarización está empujando al mundo a una espiral de violencia y conflicto. Cada nuevo sistema de armamento que Estados Unidos “vende” o regala a una zona de Oriente Medio o África aumenta las probabilidades de guerra y golpes militares, así como la posibilidad de que esas armas acaben siendo utilizadas contra los propios estadounidenses. Y, por supuesto, nada de todo eso ayuda a resolver los problemas fundamentales de pobreza, mortalidad infantil, escasez de agua y falta de medios para vivir que aquejan a lugares como la provincia de la frontera nordeste de Pakistán, la región sudanesa de Darfur o Somalia. Son lugares repletos de gente que sufre cada vez más las presiones de la falta de lluvias y el deterioro de las tierras de pasto. Y, como es natural, muchos se unen a causas radicales.

El Gobierno de Bush no comprende esos problemas demográficos y ambientales, no se da cuenta de que los 800.000 millones de dólares destinados a la seguridad no sirven para irrigar Afganistán, Pakistán, Sudán ni Somalia ni, por tanto, para contribuir a la paz.

Sólo será posible tener un mundo más pacífico cuando los estadounidenses y otros empiecen a ver las cosas a través de los ojos de sus supuestos enemigos y a darse cuenta de que los conflictos actuales, nacidos de la desesperación y la impotencia, pueden resolverse mediante el desarrollo económico, y no con guerras. Tendremos paz cuando hagamos caso de las palabras del presidente John F. Kennedy, que dijo pocos meses antes de su muerte: “A fin de cuentas, lo que de verdad tenemos en común es que todos vivimos en este pequeño planeta. Todos respiramos el mismo aire. Todos queremos proteger el futuro de nuestros hijos. Y todos somos mortales”.

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