Cuando no te fías del capitán

La declaración que Pedro Sánchez nunca hará: "Retrasamos las medidas de aislamiento que se han demostrado decisivas porque no estábamos preparados para responder ante una epidemia como esta. Bajamos la guardia y os fallamos. Pero, me comprometo, cuando superemos la crisis, a impulsar los cambios necesarios para garantizar que nunca más nos pille desprevenidos". Esta aceptación de la realidad sería condición previa para poder liderar una España en cuarentena. No sucederá.

Hace unos días, en el diario El País se publicaba un reportaje titulado ¿Por qué el coronavirus no está afectando igual a California y a Nueva York? Con la autoridad del estudio de un centro especializado de la Universidad de Washington, se demostraba cómo, frente a una gestión diligente en el Estado californiano que está dando resultados, en Nueva York, el retraso en las medidas de aislamiento ha provocado el descontrol de la epidemia.

Un reportaje similar se podría haber publicado sobre España, donde una falta de reacción provocó, en un primer momento, un ritmo de crecimiento exponencial de los contagios, para llegar, ahora, a compartir con Italia el liderazgo mundial de muertes con coronavirus. De hecho, hace unos días el Imperial College de Londres publicaba un estudio sobre varios países europeos que sitúa a España en posición récord en la proporción de contagios -15% de la población, con Italia en un 9,8%-.

Sobre los factores que explican la singularidad española, el estudio es demoledor, con evidencias representadas en un gráfico que refleja el retraso del Gobierno de Pedro Sánchez en cada una de las medidas que se han demostrado decisivas para salvar vidas y evitar el colapso hospitalario. Todos los trabajos publicados, incluido alguno español, como el de Miguel Casares -"si se hubieran anticipado sólo cuatro días, el número de contagios totales podría haberse disminuido en un 60%"-, concluyen en la misma relación causa-efecto. Ese es ya un hecho que no se discute.

Pero, la pregunta que nadie puede sortear es si el capitán que llevó la nave a esta catástrofe debe seguir en el puesto de mando. Si, ante la incapacidad ya demostrada de forma inapelable, es el adecuado para tomar decisiones de vida o muerte que afectan a 47 millones de personas. No podemos, ante un estado de emergencia nacional tan grave, hacernos los tontos, más aún ante tiempos aún más convulsos que llegarán inevitablemente.

No alcanzo a comprender por qué el PSOE no abre la opción de un Gobierno respaldado por una base política amplia. Y en situación de desbordamiento, con un Ejecutivo de coalición que ha demostrado incapacidad manifiesta para pilotar la respuesta, no sirve buscar atajos con propuestas de pactos nacionales más retóricos que reales. Me pregunto si se le va a permitir a Pedro Sánchez, también ahora, actuar como si tuviera mayoría absoluta, con el argumento, que se parece a un chantaje, de "quién se va a atrever a disparar contra el capitán en medio de la tormenta". Desde el sectarismo no funcionan las apelaciones a la unidad.

En la opinión pública española se ha abierto una vía de agua de desconfianza hacia el Gobierno de Sánchez e Iglesias que, en medio de la peor tormenta, añade dificultades que no se pueden despreciar. Todas las encuestas publicadas coinciden: se desploma la confianza en el Ejecutivo. Según la de GESOP, pierde 14 puntos en 10 días; en la de Metroscopia, como en la de Gad3 y otras, pierde aún más apoyo. El descrédito crece entre los propios electores socialistas.

Se trata de otra singularidad española. El presidente francés, Emmanuel Macron, ha ganado en un mes 13 puntos porcentuales en la aprobación pública; la canciller alemana, Angela Merkel, está en máximos de confianza, superando el 70%; incluso, Giuseppe Conte, el primer ministro italiano, está ganando credibilidad. Ninguno de ellos ha impulsado, utilizando la crisis, un debate ideológico como el que se promueve en España desde la coalición Sánchez-Iglesias. Quienes están atizando la polarización pretenden ocultar los hechos bajo toneladas de ideología, manipulan creencias políticas para salvar al Gobierno. Están fracasando.

En la valoración de la gestión de los gobiernos, importa la diferencia, no entre derecha e izquierda, sino entre útiles o inútiles, diligentes o negligentes. Los gobernadores de California y Nueva York, Gavin Newsom y Andrew Cuomo, son ambos del Partido Demócrata, pero, el primero ha actuado con diligencia y el segundo con una ineptitud que le está saliendo muy cara a los neoyorquinos. Alemanes y daneses, con gobiernos de signo contrario, se están beneficiando de liderazgos eficientes; como coreanos y japoneses, con direcciones políticas progresistas, unos, y de derecha, los otros. En España estamos comprobando diariamente cómo un Gobierno puede declararse muy progresista y actuar con una fatal negligencia.

El 16 de octubre de 2018, el todopoderoso Iván Redondo compareció en el Congreso para presentar la Estrategia de Seguridad Nacional de 2017, incluido el apartado Seguridad en epidemias y pandemias. Tras algo más de dos horas de banalidades, se pudo comprobar que el mundo de las amenazas globales no interesa mucho al publicista de Moncloa. Sus prioridades políticas estaban en otra parte. Se ha dedicado a montar un storytelling, una fábrica de narrativa, un monopolio de relatos al servicio del marketing político, para lo que ha empleado a decenas de altos cargos públicos a su servicio. Y entonces llegó el virus, y nadie se enteró.

El pasado día 5 de abril, España, con 255 defunciones con coronavirus por millón de habitantes, superaba a Italia y ocupaba el primer puesto mundial. Téngase en cuenta que Alemania, por ejemplo, estaba ese día en las 17 muertes por millón. Esta emergencia exige un gran Gobierno que sólo será viable con una sólida base de apoyo democrático. No resistiremos con un Ejecutivo menor, desbordado por la envergadura del problema, que sigue adoptando cada decisión con retraso. El patriotismo demanda un gran acuerdo nacional que ponga al frente a políticos capacitados, que los hay en los partidos.

Unir a la nación para lo que está por venir es hoy lo más urgente. Y ya hemos aprendido qué decisivo puede ser el tiempo cuando se deben tomar decisiones.

Jesús Cuadrado fue diputado por Zamora con el PSOE.

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