Cuando pensar es jugarse la vida

Por Monika Zgustova, escritora; su última novela es La mujer silenciosa (EL PAÍS, 23/11/06):

El asesinato de la periodista rusa Anna Politkovskaia es un ejemplo reciente de lo que decimos, pero no el último. Hace unas semanas, en Barcelona, en el marco de la magnífica fiesta de la literatura que es Kosmopolis, una decena de escritores y editores rusos se reunieron para debatir lo que significa escribir en las sociedades poscomunistas. Mientras lo hacían y exponían sus reflexiones, todavía bajo el impacto de la muerte de Politkovskaia, otro periodista ruso caía bajo las balas de los asesinos.

Desde el siglo XIX, pensar y escribir, además de buscar justicia y reformas, en Rusia ha significado jugarse la vida (por orden de sus censores, Pushkin pasa años en un exilio forzado; también Turguenev, militante de la abolición de la servidumbre en Rusia, se ve obligado a exiliarse; Dostoievski, sentenciado a muerte, pasa años recluido en Siberia; Gumiliov es fusilado; Mandelstam y Babel, entre otros, mueren en el gulag). Más recientemente, los periodistas rusos no son las únicas víctimas de las balas asesinas. Entre los diversos políticos demócratas asesinados está Galina Starovoinova, una de las pioneras de la perestroika: Starovoinova había declarado la guerra al ultranacionalismo ruso, al antisemitismo y al crimen organizado, y en el momento en que la alcanzó la bala de los pistoleros estaba investigando una trama mafiosa. Otro político, el regidor municipal independiente de San Petersburgo, Viktor Novoselov, primero quedó inválido tras un atentado contra su persona para, cinco meses más tarde, ser destrozado por una bomba.

De esta manera, en Rusia se eliminan los obstáculos que impiden la plena y completa posesión del poder y del control absoluto sobre el país. Parece que no fue en vano que Vladímir Putin, antes de convertirse en presidente ruso, pasara por la Alemania del Este como agente del KGB que perseguía cualquier acto subversivo y al mismo tiempo mantenía inmejorables relaciones con empresarios de Alemania Federal.

Alguien puede creer -sin duda lo harán los que defienden el choque de civilizaciones- que esa trágica tradición rusa de castigar, sentenciar o asesinar a sus pensadores deriva del componente asiático de su alma. Pero no nos dejemos arrastrar a esa trampa.

No hay tradición más esencialmente occidental que la griega y latina, y en ella Sócrates fue condenado a morir, Jenofonte y Ovidio desterrados, Platón vendido como esclavo. Sin olvidar los crímenes de la Inquisición y otras instituciones represoras del pensamiento.

Podríamos dejarnos llevar también por el buenismo que tanto impera en la mayoría de nuestras instituciones internacionales y creer como se cree en ellas que el asesinato de periodistas y escritores despierta en la sociedad un claro rechazo. Si así lo hacemos cometeremos otro grave error de percepción. En una de las mesas redondas de Kosmopolis, una joven autora rusa de novelas de superventas, Lilia Kim, declaró que ella y sus amigos están satisfechos con Putin a quien siempre han votado. Desde el público, el historiador ruso Vitali Shentalinski le preguntó si estaba satisfecha también con el hecho de que bajo el Gobierno de Putin se asesinara a periodistas. Lilia, muy segura de sí misma, contestó que lo que le satisfacía era el orden que el régimen de Putin había aportado. Otra voz del público, la de la hija del célebre físico y disidente anticomunista Andrei Sájarov, al borde de las lágrimas, le preguntó a la joven autora si entendía como orden matar a los intelectuales. Sí, dijo Lilia sin vacilar: el orden es lo primero, y si para mantenerlo es necesario matar, qué le vamos a hacer.

Así pues, para gran parte de los rusos, el asesinato de Politkovskaia y de decenas de otros intelectuales es un mal menor y necesario. Y es que una gran parte de la sociedad rusa se ha cansado de la democracia y da el visto bueno a los llamados silovikí, los forzudos. Una gran parte de los rusos apuesta por la fuerza como motor del Estado. Hasta una de las canciones más populares de rock duro ruso está dedicada a Putin y sus forzudos: “Quiero a un hombre como Putin, lleno de fuerza”, cantan las adolescentes Larisa, Natasha e Ira. Los que hoy reprimen a través del asesinato y otras prácticas “la funesta manía de pensar” reciben la aquiescencia de buena parte de la sociedad, incluidas las generaciones más jóvenes.

De nuevo podemos sucumbir a la tentación de creer que entre nosotros los occidentales no puede llegar a ocurrir que un escritor o un periodista acepte como necesaria la muerte de otro. Pero recordemos que desde que Aristófanes, en su comedia Las nubes, provocaba las risas del público poniendo en escena el asalto de un grupo de fanáticos incendiarios a la casa de Sócrates, pasando por Sartre, De Beauvoir, Aragon y Eluard exigiendo la pena de muerte para el novelista antisemita Robert Brasillach, hasta llegar a las diatribas promoviendo el boicot violento a creadores que se lanzan hoy desde algunos medios de comunicación españoles, los ejemplos de escritores que callan ante la violencia ejercida contra sus colegas son diversos, como también lo son los casos de cerrar los ojos ante el boicot a algunos profesores árabes en las universidades norteamericanas.

Lo que ocurre hoy en Rusia no es un caso aislado, circunscrito a ese país. No. Rusia anticipa una tendencia creciente de los poderes que hoy diseñan el orden de nuestro mundo: la tendencia a acallar por diversos métodos a los que ponen en cuestión el ordenamiento vigente. Esos métodos, eso sí, suelen ser más sutiles que los utilizados en Rusia: retirarles las subvenciones, no programándolos en espacios oficiales, cerrándoles las puertas a los medios de comunicación de un grupo.

Octavio Paz ya previno que en unas pocas décadas los escritores y pensadores deberían refugiarse en monasterios remotos para, lejos de los ojos de un mundo hostil, conservar la tradición del saber, como hicieron los monjes en la Irlanda del siglo VII. Si queremos evitar que el temor de Paz se haga realidad y que pensar no sea una profesión peligrosa, es imprescindible asumir la diversidad y el conflicto como algo constitutivo de las sociedades humanas y defender el derecho de cada ciudadano a poner en cuestión las tradiciones heredadas, a reírse de cualquier verdad comúnmente aceptada, como antídoto para evitar que despierte la bestia oscurantista y recelosa que anida en cada uno de nosotros.