Cuando salí de mi tierra

Con qué desconsuelo estuve a punto de llorar varias veces en el vagón del tren que me condujo a París hace casi setenta años. Sin embargo, aquel 11 de diciembre de 1955 me imaginaba, como hoy me imagino, tan sólo provisionalmente desterrado. Con qué sorpresa me invadió (con encajes de irracionalidad) una excitación trenzada de pavor en el jarro de la esperanza. Fueron tantos los españoles que, mordiéndose los pies, emprendieron un periplo parecido sambenitados de emigrantes exiliados o viceversa. El historiador nos dedicó un capítulo, el sociólogo un panfleto, Kundera una novela y el popularísimo, entonces, Juanito Valderrama, una copla:

Cuando salí de mi tierra
volví la cara llorando
porque lo que más quería
atrás me lo iba dejando.

También atravesaron la frontera para nunca más volver otros compatriotas notorios de rango, colmados de corolas y coronas. Pero nada sabemos sobre ese instante crucial de sus vidas. Nunca se refirieron a él ¿para no rememorar los aldabonazos de las espinas y el fuego?

Cuando salí de mi tierraJuan Luis Vives atravesó definitivamente los Pirineos en 1509, abandonando su idolatrada e inolvidable Valencia, para nunca más volver. Como Picasso lo haría cuatrocientos años más tarde. El propio San Ignacio, nacido en el castillo de Loyola, se vino a París en 1536. Como lo hizo Juan Gris a comienzos del siglo XX para morir definitivamente desterrado e invisible en un arrabal parisiense.

Con qué euforia sentí en el tren que mis raíces se transformaban en piernas sin escayola. Mis secuelas y taras de superdotado me impedían creer en la aventura almidonada. Pero con qué frivolidad y fosforescencia, en pleno compartimento, me entraron ganas de reír pensando en el estupor de mi subjefe de Papelera Española SA. Con sus vertiginosas certezas Rimbaud «inmortalizó» a esta clase de sufrido funcionario llamándole sentado, assis. La víspera, y creo hoy que con razón, aquel empleado ejemplar me había enviado a trabajar, «para siempre», en una dependencia y ruina que cargaba el apelativo de Siberia. Y de pronto me sentí calcinado por aquella risa abortada que, de haber brotado humeante, hubiera tenido un regusto de venganza; esa monstruosidad ininteligente (hasta en sus hendiduras) y centrífuga, que nunca ensayé ni al ocaso. La inocencia y el escepticismo habían corroído mi ambición desde que, jugando al escondite con los párvulos de la inolvidable madre Mercedes, alcancé el uso de razón. Homero ya anotó: «Quién cruza los mares cambia de cielo pero no de espíritu».

A raíz de mi destierro mi quehacer no cambió en absoluto. Para ser más preciso: evolucionó como el color de mis ojos o mi rhésus B negativo. Únicamente varió una circunstancia (y sus escamas) poco significativa «en profundidad» (como dicen buzos y siquiatras): el oleaje y la repercusión inmediata de mis escritos. Escribir permite no dejarse asfixiar por la ceniza temblorosa de la realidad a pesar de que se encadena al sufrimiento imprescindible.

Nunca he abandonado la tierra firme del español aunque la mayoría de mis primeros editores suelen aparecer como peldaños extranjeros, y una parte importante de mis poemas, mi teatro y mis novelas se irisa compuesta en francés.

Incluso los desterrados que definitivamente se fueron, como Picasso, apreciaron sobremanera la primera cocina de su existencia gracias a este músculo, cuerpo y órgano llamado lengua. Gracias también a ella, y con la misma rotundidad, el desterrado elige el idioma con que escribe o se expresa con sumo tiento en el «vis-à-vis» del delirio amoroso. Habría que analizar por qué en estos casos extremos actuamos sin ambigüedad (como hubiera dicho Montaigne), sin «equivocidad» (como proponían los griegos), sin confusión (como dijimos en el movimiento pánico), sin indeterminación (con la fórmula de los físicos cuánticos) o sin excepcionalidad (como enseña la Patafísica).

Las obras del desterrado, contrariamente a lo que imaginan sus compatriotas censores con el polvo de sus piedras, son bálsamos diluidos con ponzoñas. En mi caso me siento muy inferior a todas y cada una de mis obras; parece fácil plagiarlas en noche de estrellas, pero mis torpezas son inimitables.

El agnóstico que creo ser actualmente aspira a ser santo en el destierro, aunque veo que la indeterminación puede degenerar en autismo o en locura: ¿amarga victoria que consigue la certeza tallada en el volcán? No siempre lo peor es cierto, predijo Calderón mientras el «gracioso» de su El Hijo del Sol reconoce que era necio pero que lo que vio le hizo dos veces necio.

En el destierro me he cruzado con tantas santas. A causa de mi circunstancia he gozado de la presencia de justos como, entre otros, Beckett, Dalí, Topor, Duchamp, Kundera ¿y de los dos arrabeaux? (como nos llamó André Breton… y ya siete). He conocido también en el destierro a compatriotas anónimos que me fascinan en la cornisa del monte sagrado: afirman que la desesperación, aún en la tormenta o las rejas, es una falta de talento, de imaginación, de gusto o de bondad.

Los tres escritores desterrados, «con los que tanto he querido», Beckett, Canetti y Gao dan lustre al Nobel, deslucido por la falange de amanuenses filotiranos y sin espejos. El reflujo de las ideas de Nietzsche y de Marx parece que arrastra las vitrinas y alfombras mohosas de los militantes de esto y aquello.

La modernidad, por desterrado, vino a mí ¿o yo vine a ella? como flores o abrojos de la tierra de nadie. La Patafísica me ilumina como ciencia de las excepciones, de los epifenómenos y de las soluciones imaginarias. El pánico me sigue asombrando por su lucidez. Como la poesía beatnik; aun fallecidos, Kerouac, Andy Warhol y Ginsberg siguen tañendo su flauta de gasa y pórfido. Durante tres años en el café surrealista de París hice novillos presididos por una insuperable vaca sagrada. No participé en un núcleo de intolerancia o de in-inteligencia, pero sí de belleza y de amor. Se ponía de manifiesto una vez más que el amor está reñido con la libertad. El surrealismo no hubiera podido ser, probablemente, sin aquel par de cordobeses desterrados de la plaza del Potro, Maimónides y Averroes. Cuando, muertos los Titanes, ciertos dejaron de creer en el porvenir radiante, se pusieron a militar en cualquier cosa, dando la espalda al edén de matices.

El desterrado puede recluirse como murciélago… para escribir como águila real. Con talento se sirve de todo lo que recuerda y con genio de todo lo que olvida. Gracias a ello espera liberarse de la degradante obligación de ser un artista de su tiempo. El arte para el desterrado es la patria que viaja con él. El amor carnal sólo le conmueve cuando las carátulas lo pintan desastroso o torpe. El desterrado no se cuelga de la memez de intentar provocar. La provocación surge tan abrupta por la pendiente más imprevisible como el éxito o el amor. El destierro es el lugar del mundo donde prescindir de la felicidad más fácil es. La historia, más que referirse a los acontecimientos, despliega en lienzos los detalles. Cada época se nutre de ilusiones para no poner una mortaja a la línea del presente. ¡Que siempre pueda disponer de esa aurora inmensa y de esa patinadora llamada poesía y teatro! En el vagón del tren que me llevaba al destierro me vino a la mente, repetidamente (como una frase musical cuando juego al ajedrez), un pasaje de la carta de Schrödinger a Einstein. Y también su famoso gato. Cómo me hubiera gustado maullar con él… Al mismo tiempo en mi tierra natal y lejos de ella.

Fernando Arrabal es escritor y dramaturgo.

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