Cuando vuelvan los tiempos serenos

Los españoles disfrutamos hoy de la mejor Constitución de nuestra historia. Susceptible de ser mejorada, perfeccionada y, por tanto, reformada, pero la mejor que nos hemos dado. De ahí que la decisión de abordar su reforma no pueda partir de que ciertos separatistas lancen un pulso al Estado y al conjunto de sus ciudadanos. A una sociedad –la nuestra– que, a tenor del último CIS, apoya de forma mayoritaria el régimen actual de las autonomías. Es preciso dotar a este modelo de un techo competencial y de una armonización que garantice el principio de solidaridad interterritorial y el progreso equilibrado de las regiones. Pero todo ello debe formar parte de una reforma constitucional afrontada en tiempos serenos y con un consenso previo que no aboque a España, y por consiguiente a usted y a mí, al abismo.

NIETO
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Torcuato Fernández-Miranda, el guionista de la Transición, escribió en su día que a nuestra democracia la acecharon siempre, en sus distintas etapas, cuatro problemas o fantasmas que, de una u otra forma, rompieron la estabilidad política: el social, el religioso, el militar y el territorial. Han pasado ya más de tres décadas desde su advertencia y hoy ya solo persiste la encrucijada territorial, planteada –como a lo largo de la historia– por una minoría sediciosa, intolerante, insolidaria y, sobre todo, antidemocrática. Es la única amenaza que se cierne sobre nuestra Constitución, más allá de su adaptación al nuevo marco del proyecto de Europa y de la resolución del anacronismo de los privilegios por razón de sexo a la sucesión de la Corona. Así lo previó también con gran lucidez Fernández-Miranda, hasta el punto de distanciarse de Adolfo Suárez, su alumno bien querido. Torcuato atisbó en el horizonte ese conflicto que estallaría en las manos de las generaciones políticas posteriores, como así está sucediendo.

Estamos en manos de una clase política que carece de certezas ideológicas y de lecturas. Es el dramático reflejo de esta España epidérmica que entre todos hemos deslustrado. Esa falta de certidumbre impide defender con fe, claridad y orgullo las ideas propias frente a quienes no tienen ninguna duda: los separatistas y la extrema izquierda. La perversión de lo políticamente correcto arruina un debate honesto en España. En el caso concreto del partido en el Gobierno, debe superar de una vez los complejos que las terminales mediáticas de la izquierda le inyectan y asumir que la denominada «cerrazón del PP» es, en verdad, la firmeza que de ellos se espera: esgrimir con coraje su fortaleza ideológica ante una mayoría de españoles que se sienten asfixiados por el nacionalismo y el apocalipsis televisivo. Que no se enrede Mariano Rajoy: ninguna reforma constitucional, y menos si es precipitada, callará las reclamaciones de los sediciosos, como así reconoció el mismo presidente en Marivent la semana pasada.

Nuestro tiempo se caracteriza por la ausencia de autoestima y confianza de la clase política en sí misma y en la sociedad en general; efecto de la crisis de valores. Ha bastado que un grupo de insurgentes alce la voz con su habitual partitura de la independencia de Cataluña, o que la rancia extrema izquierda reaparezca con su peor rostro, para que quienes han hecho posible la España moderna y actual se pongan a correr no se sabe hacia dónde, en pos de una reforma constitucional que parece la madre de las soluciones a todos los problemas. Y no es así, ni será así.

En esa carrera sin meta definida, sobresalen el PSOE y, a la cabeza, su actual secretario general. Los escasos meses de Pedro Sánchez al frente del partido se han caracterizado por una colección de ocurrencias simplistas y por su determinación para cortar cabezas de críticos interiores. Inquietante mezcla para valorar a un candidato que aspira a gobernar a todos los españoles.

La propuesta socialista de reforma constitucional pasa por la instauración de un modelo federal cuyo esquema no se concreta. Tampoco explica de forma coherente para qué quiere un nuevo paradigma. El último hallazgo conocido ha sido el del federalismo asimétrico, según el cual un ciudadano de Almería tendrá menos derechos que uno de Tarragona. Curiosa lealtad de este PSOE a su histórica raíz doctrinal social, traicionada justamente desde el momento en que quiere consagrar que no todos los ciudadanos seamos iguales ante la ley.

Ya se puede engañar Sánchez con la aritmética electoral que le ha permitido alcanzar gestión en alguna autonomía, pero lo cierto es que ha cosechado el peor resultado de la historia reciente del PSOE. Cuanto más se empeñe en deslizarse por la pendiente del extremismo y la complacencia con el nacionalismo, peor le irá en las urnas. Tiempo al tiempo.

Pedro Sánchez es el ejemplo más diáfano de esa clase política antes descrita: aparente en las palabras e inconsistente en el fondo, poco dado a hacerse preguntas y buscar respuestas, de escasa conciencia democrática y pocas horas de biblioteca. Desde ese andamiaje intelectual y carente de sentido de la historia, se permite jugar con España como un niño con su videoconsola: cree que cuando quiera dará al botón «off» del mando y todo quedará reducido a un juego virtual, sin consecuencias en la vida real de los ciudadanos.

España necesita reformas. Muchas más de las abordadas en esta legislatura que se agota. Están pendientes una reforma electoral y una educativa que impulsen hacia el futuro a nuestros jóvenes. Como también urge una puesta al día de la eficiencia de las administraciones públicas y la reducción de su tamaño. Y por encima de todo, una revisión honesta de la Justicia, orientada a otorgar mayor calidad democrática a nuestro país. Probablemente, buen número de esas reformas debiera ejecutarse antes que la de la Constitución. Son iniciativas para devolver serenidad y concordia a la vida política de España. Justo el ambiente que aporte la ponderación y el equilibrio de los que ahora mismo carece.

Bieito Rubido, director de ABC.

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