¿Cuánta libertad quieren en Irán?

Tomás Alcoverro, como la mayoría de periodistas que han podido observar directamente lo que ocurre estos días en Irán, nos ha explicado que “los líderes que ahora encabezan este amplio movimiento de impugnación popular no se proponen derrocar el régimen, sino ante todo conseguir que se haga justicia en la mascarada del escrutinio, con cuyos votos expresaron sus ansias de una vida más libre”. ¿Cuánto más libre?, me pregunto. La encarnizada lucha de poder entre las familias y facciones que dirigen la República Islámica se representa hoy en la calle, y ahí se mezcla todo. Nosotros, que seguimos desde lejos los acontecimientos, corremos el riesgo de dar a estas protestas el sentido que más casa con nuestros valores, ideas y anhelos. Tendemos a pensar que la pugna entre el presidente Ahmadineyad y Musavi, el principal reformista perjudicado por el fraude electoral, puede ser algo más. O debería ser algo más. Nos pasa lo mismo que a la oposición iraní en el exilio, deseosa de ver caer la tiranía de corte religioso que sustituyó en 1979 a la tiranía del sha, el sátrapa Mohamed Reza Pahlevi, aliado de Occidente.

Jordi Llaonart, arabista y periodista que conoce bien la zona, nos ha advertid de que serán precisamente los partidarios de Musavi los que no permitirán que la oposición democrática intente dar un giro de verdadera ruptura a lo que se pretende sólo como una corrección dentro de los estrechos límites del régimen. Cuentan las crónicas que los gritos de los manifestantes airados son contra Ahmadineyad, al que se califica de “dictador”, no contra el guía supremo de la República y jefe del Estado, Ali Jamenei, sucesor de Jomeini. Como si todo el sistema no fuera una dictadura teocrática decorada con pseudocomicios. El mérito de Musavi es haberse convertido en abanderado de las capas de población más cansadas de la crisis económica y los excesos ultraconservadores, a la vez que, de puertas adentro, encarna los intereses de ese sector de dirigentes que, a causa del purismo de Ahmadineyad, se ha visto alejado del pastel del poder, corrupción incluida. Entre la calle y la cúpula, unos y otros se acusan mutuamente de haberse apartado del espíritu de la revolución chií. Fanatismo frente a pragmatismo, es una manera de resumirlo.

Vayamos a lo más importante: ¿Cuánta libertad quieren hoy los iraníes? Es la pregunta del millón. ¿Puede un sistema dictatorial ensayar una apertura controlada que permita alojar dinámicas propias de la sociedad abierta dentro de estructuras totalitarias? No faltará quien, tal vez, saque a colación el caso de China como modelo a imitar, confundiendo los resultados de un singular capitalismo salvaje de Estado con una supuesta democratización, siempre aplazada. También hay quien sigue ponderando el régimen de Franco porque, a partir de los años sesenta, el personal se compró un piso y un Seat 600, y a los que nacimos en esa década no nos faltó ni leche ni vacunas. Pero, ¿es reformable la tiranía? Hacer la tortilla sin romper los huevos parece imposible, sobre todo cuando hablamos de un país donde la modernidad no es algo nuevo, al contrario. La refinada cultura de los iraníes siempre ha mirado hacia el Oeste.

Además, existe una separación muy clara entre la vida en Teherán, con unas élites informadas y dinámicas, y lo que ocurre en el resto del país, marcado por el peso de normas religiosas y fuertes tradiciones. ¿Puede un orden tiránico sobrevivir a su apertura?

En realidad, hay otra pregunta, menos teórica y más realista, me temo: ¿A cuánta libertad pueden aspirar los iraníes dentro del actual sistema, lo gobierne Ahmadineyad o Musavi? Los ayatolás que fundaron esta República Islámica, con el apoyo de unas masas que buscaban justicia, establecieron que el pueblo puede decidir algunas – pocas-cosas. Sólo algunas. Lo importante – lo dejaron muy claro-es decisión de Dios. Y Dios se comunica a través de los clérigos más sabios, cuyo juicio y mando está por encima del pueblo y de las mismas instituciones. No nos engañemos: los iraníes viven dentro de esto. Si tratan de cambiarlo, les persiguen, les encarcelan, les torturan y les asesinan. ¿Cómo no habrá fraude electoral si todo el régimen es un monumental fraude? Así que, una vez hemos analizado los sofisticados matices entre azules, tecnócratas, falangistas auténticos y aperturistas (por decirlo a nuestra manera), hay que devolver el debate allí donde es preciso: ¿Hasta cuándo un pueblo puede vivir sin libertad?

En una obra deslumbrante, El Sha o la desmesura del poder,Kapuscinski escribe algo que hoy podría volver a ser cierto. Basta con sustituir la palabra sha por el nombre de Ali Jamenei: “Al sha lo perdió su vanidad. Se consideraba padre del pueblo y el pueblo se le enfrentó. Esto le dolió mucho, se sintió herido en lo más profundo de su ser (…) Pero olvidó que en los tiempos en que vivimos los pueblos exigen derechos, no gracia”. Y, para no perder la esperanza, nos quedan las profecías. Raymond Aron, en noviembre de 1979, con Jomeini estrenando poder, observa que la revolución iraní “terminará por autodestruirse, arrastrada por su propia locura; sin embargo no sabemos qué hombres la acabarán y quiénes administrarán su herencia”. Tal vez lo hagan algunos jóvenes anónimos que, a día de hoy y al margen de los cálculos de Musavi, se juegan la vida plantando cara a los policías y a los milicianos Basij. Ojalá tengan esa oportunidad.

Francesc-Marc Álvaro